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P. Rafael Aguilar Flores sx

Hay que mirar también al suelo

Para hablar de la ascensión del Señor se requiere apertura de mente y corazón porque debemos adentrarnos en nuestra fe, y la fe no siempre se explica con la razón, aunque se apoya en ella. Jesús siempre se ocupó de que nos cuestionáramos y diéramos razón de nuestra fe, no significa que debemos dar razón a la fe, sino saber explicar y compartir a los demás aquello en lo que creemos.

Recordemos que ascensión significa “subir” como el ascensor de los edificios, a diferencia de que éste requiere la energía eléctrica. Sin embargo, Jesús no requirió una energía o fuerza externa, sino que sube por sí mismo, por la fuerza que es Él mismo, por su poder divino. En la Sagrada Escritura encontramos un relato similar que se narra como “asunción”, ser elevado o llevado, pues, en el Antiguo Testamento el profeta Elías fue llevado al cielo por un torbellino en un carro de fuego (2Re 2, 1-17). En la doctrina de la Iglesia tenemos el dogma de la asunción de la Virgen María llevada al cielo por el poder de Dios.

Si Jesús fue comparado con el profeta Elías no nos sorprende que mínimo fuera también asunto al cielo. Pero recordemos que Jesús es mayor que Elías y que Juan el Bautista representó a éste como precursor. Por eso la subida de Jesús no puede ser igual a la de Elías. Su madre fue llevada al cielo pero ella no es Dios, sino la madre de Dios y su ida al cielo no es igual que la de su Hijo. La subida de Jesús es única e irrepetible, es ascensión y no asunción, pues así como una vez bajó por su poder y voluntad, ahora sube, no para alejarse, sino para quedarse de una manera más plena. Antes lo teníamos en cuerpo humano, ahora lo tenemos en cuerpo glorioso, un cuerpo que puede atravesar barreras físicas y hacer arder los corazones de los que creen en él.

Este domingo, quisiera compartirles algunas palabras que escucharemos y que, a mi parecer, son esenciales y de mucha profundidad:

Teófilo (Hech 1, 1): San Lucas nos regala esta palabra que significa “amigo de Dios”, puede ser que haya escrito el libro para una persona que llevaba ese nombre o puede ser que lo haya escrito para cada uno de nosotros cuando leyéramos o escucháramos esta narración. Me gusta pensar que su intención fue la segunda. De esta manera nos regala una relación profunda con Dios, una relación de amistad, donde existe confianza y afecto, sobre todo porque, lo que se nos va a contar no es nada fácil de entender: “el día en que ascendió al cielo”. Esto abre la confianza de poder preguntar a Dios directamente: qué significa este acontecimiento, qué me quiere decir o pedir con esto, qué debo hacer para comunicar lo que estoy interiorizando.

Cielo (Hech 1, 2): Muchas veces entendido como un lugar físico que se encuentra arriba de nosotros. Hoy invito a pensar ese concepto como un “estado”, del verbo estar, de esta manera el cielo también tiene que ver con la relación con Dios. Estar en el cielo significa entonces “estar cerca de Dios”, así como el infierno sería lo contrario “estar lejos de Dios”. Por eso podemos estar en el cielo ya desde ahora aquí en la tierra, porque podemos estar cerca de Él y construir su Reino, “el Reino de los cielos”, donde todos podemos tenerlo cerca. Pues Jesús subió a ese cielo, a esa plenitud de estar con el Padre, regresa al lugar de donde vino, la casa del Padre, la relación más íntima con Dios.

Nube (Hech 1, 9): Este fenómeno físico siempre ha tenido relación con Dios, la presencia de nubes es sinónimo de la presencia de Dios. Seguramente por los beneficios que trae su lluvia para las cosechas, pero también por su belleza y misterio, esconden algo que sobrepasa nuestra comprensión. Las nubes esconden el misterio de Dios, eso que da sabor a nuestra fe, pues sin el misterio no existiría la fe. Las nubes son entonces como la envoltura del regalo, hay que abrirlo con la ilusión de encontrar eso que deseamos con toda el alma.

Quedarse parado (cf. 1, 10): La flojera y la estaticidad siempre fueron enemigos de Jesús, a Él le gusta que seamos dinámicos y completemos nuestra fe con las obras. No hay que “quedarse en las nubes”, hay que mirar también al suelo, hay que seguir adelante con la fortaleza que nos infunde el Espíritu de Dios.

Volverá (Hech 1, 11): Dos personas vestidas de blanco, dos para garantizar la veracidad del testimonio, preguntan ¿por qué quedarse mirando al cielo? Si Él dijo que volverá, ¿qué más podemos pedir? Si Él lo dijo es porque así es, Dios es fiel y en su Palabra confiamos, ¿quiénes somos nosotros para no creer en lo que prometió?

Que podamos asemejarnos a esos dos hombres vestidos de blanco que aparecen invitando a los demás a no quedarse parados, estancados en la mediocridad y que Dios nos siga orientando hacia ese cielo, a ese que significa estar y permanecer siempre cerca de Él.

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