Luego de haber sido asesinado y abandonado, Jesús regresa con sus amigos de una manera totalmente distinta, transformado aún más en un ser de amor y compasión, sin rencores, sin historias, sólo con el deseo de estar con ellos. Sus amigos están llenos de miedo, seguramente también con remordimientos y culpabilidad, inseguridades e incertezas sobre el futuro, en fin, desesperados (sin esperanza).
Por eso la primera palabra de Jesús hacia ellos es “shalom” (שָׁלוֹם), paz, bienestar, bendiciones, el saludo que abre la relación, la tranquilidad de que todo estará bien, que Jesús está bien, está vivo y sin rencores, a pesar de que lo habían traicionado, Él está ahí, para volver a empezar (cf. Jn 20, 19).
Tomás, uno de sus amigos, es muy importante en el texto bíblico porque su actitud representa nuestra fragilidad humana ante lo incomprensible y misterioso que es Dios. De hecho, Jesús, verdadero Dios, lo sabe muy bien, y con todo su amor y paciencia accede a su petición y se le presenta para dejarse tocar (cf. Jn 20, 27).
Tomás nos regaló la confesión de fe más profunda y sincera que seguimos repitiendo en cada Eucaristía “Señor mío y Dios mío” (cf. 20, 28) y aunque el Evangelio no nos dice si tocó o no a Jesús, si nos dice que el resucitado muestra su costado con disposición, como un ofrecimiento para creer.
Es por ello que este segundo domingo de pascua es llamado el Domingo de la Divina Misericordia, divina porque se refiere a una cualidad de Dios y miserere-cordis como ese corazón (cordis) piadoso (miserere) capaz de sentir compasión, humilde, humano, noble, blando, libre de rencores y capaz de dar amor. Esa imagen que la fe y la relación profunda de una religiosa polaca (Santa Faustina Kowalska) con Jesús nos regala la manifestación hermosa de un Dios que se sigue donando, emanando de su costado sangre y agua como rayos que purifican y salvan a los que creemos en Él.
Muchas cosas seguimos aprendiendo en nuestro caminar cristiano, esta vez aprendamos a amar y perdonar como Jesús y ofrezcamos nuestro corazón con humildad, aún a aquellos que nos han lastimado y nos han dañado. Pues si Jesús, verdadero hombre, fue capaz de amar y perdonar a los que lo mataron y abandonaron, ¿quiénes somos nosotros para no perdonar a los que nos ofenden?




