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María Magdalena, Juana y María la madre de Santiago se dirigen muy temprano al sepulcro sin haber pensado siquiera en pedir ayuda para que alguien les mueva la piedra que lo tapaba, sólo les interesa llegar y embalsamar ese cuerpo que ha sufrido tanto (Cf Lc 24, 1-12). La piedra ha sido quitada, es la piedra del egoísmo que ellas mismas han movido desde el momento en que se ponen en camino.

Se presentan ante ellas dos varones que les dicen “No está aquí ha resucitado”, es importante considerar este dato, ya que garantiza que el acontecimiento es verdadero, pues para que un suceso sea confirmado se requiere al menos el testimonio de dos testigos (Cf Dt 19, 15), además de que son varones, pues las mujeres carecían de credibilidad en el contexto histórico en el que Jesús fue asesinado.

Las palabras “No está aquí, ha resucitado”, son una de las frases más bellas de la Sagrada Escritura, pues son el signo de la victoria de Dios, la victoria del Amor, y leerlas y escucharlas proporcionan paz y consuelo a los que experimentamos rabia, dolor e indignación ante la injusticia que Jesús padeció. El sepulcro vacío es la prueba de que la muerte no tiene la última palabra y nosotros debemos, como esas mujeres, ponernos a caminar hacia Jesús.

El Señor nos invita a ponernos en camino también como Pedro, con la firme convicción de que Cristo Vive y podemos encontrarlo en los que sufren, en los que no se rinden ante las dificultades de la vida, en los niños que sonríen, en las obras de misericordia y especialmente en nosotros mismos. Sólo necesitamos remover la piedra que nos impide comprobar que Él está vivo, esa grande piedra sólo se remueve con amor y servicio.  

En el día de la resurrección de Jesús comprometámonos a ser signo vivo de este gran regalo de Dios, buscando tener una actitud de esperanza y alegría para dar consuelo a los que sufren. Empezando con sonreír y tratar de evitar hacer complejas las cosas sencillas, es decir, no creando problemas donde no existen.

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