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P. Rafael Aguilar Flores sx

¡Gritarán las piedras!

Jesús sigue en camino, no se detiene más que para hacer el bien, sigue haciendo la voluntad del Padre. Es un excelente conocedor de la Sagrada Escritura, es la Viva Palabra presente y real en medio de su pueblo.  Por eso, como verdadero hijo de David, entra a Jerusalén montado en un burrito como el gran Rey Salomón (Cf 1Re 1, 24-44), elegido legítimamente como gran Rey de Israel. La gente lo sabe, esperan al Rey de reyes, humilde y sencillo, uno que esté con ellos para apoyarlos y guiarlos hacia Dios.

La figura del asno, mula o burrito ha sido muy significativa desde los primeros siglos de la Iglesia, la encontramos en nuestros tradicionales nacimientos muy cerquita del niño Jesús. Borrico viene del latín burricus “caballo pequeño” y tiene relación con la humildad, la fortaleza y sencillez, pues, a diferencia de los caballos que en ocasiones se usan para el combate, el burro es generalmente usado para el trabajo y la carga.

Jesús dice a sus discípulos que encontrarán un burrito atado, esperando ser montado, puesto que nadie lo ha montado nunca (Cf Lc 19, 30), refiriéndose al trono de Israel, pues llevan mucho tiempo esperando un verdadero Rey. Desatar al burrito significa entregar el reinado a Jesús que lo monta, es como si por fin liberaran su larga espera y eso provoca el estallar de alegría y gozo porque las promesas de Dios se están cumpliendo.

Los fariseos no están contentos, prefieren que el burrito siga atado, prefieren seguir en su terquedad y se rehúsan a aceptar que Jesús es el Rey de reyes. Simplemente Jesús no cumple sus expectativas, pues el Dios de Jesús que se preocupa más por las personas antes que seguir la ley por la ley, no se parece al Dios que ellos conocían. El Dios retributivo no concuerda con el Dios amoroso, mucho menos con un Dios que es Papá y tiene como Hijo a un verdadero hombre, un verdadero ser humano.

Los discípulos gritan de júbilo “Bendito el que viene como Rey en nombre del Señor” (Cf Lc 19, 38) porque aceptan que realmente este nuevo Rey les trae al verdadero Dios, y por más que los callen lo “gritarán las piedras” (Cf Lc 19, 40) porque toda la creación estalla de regocijo y todo el universo ha sido testigo de las maravillas del Señor.

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