En esta ocasión reflexionamos sobre uno de los momentos más emblemáticos narrados en el Nuevo Testamento: Jesús y la mujer adúltera (Jn 8, 1-11). Cabe destacar que este fragmento solamente se encuentra en el Evangelio según san Juan y que, en mi opinión, debería llevar por título “la mujer perdonada”. Y es que el mensaje principal es precisamente el perdón, ese que solamente a Dios corresponde otorgarlo.
Jesús se ve envuelto en una trampa tendida nuevamente por los escribas y fariseos, gente muy culta y preparada, luchando por preservar su estatus cómodo y lleno de apariencia y falsedad. Notemos que antes de esto, Jesús había ido a meditar, en el silencio de la noche, entre los olivos, y se dispone a enseñar y compartir el fruto de su oración.
Varias preguntas surgen entorno a la situación presentada, como por ejemplo ¿dónde está la otra persona con la que sorprendieron a la mujer pecadora? ¿por qué si no quieren ni aceptan a Jesús, hipócritamente lo llaman maestro? ¿qué fue lo que escribió Jesús en el suelo? ¿por qué los ancianos fueron los primeros en reconocerse pecadores?
Desafortunadamente solo fue presentada la mujer “sorprendida en flagrante adulterio”, exhibida y colocada frente a Jesús y en medio de la gente, todos la estaban viendo. Esa palabra “flagrante” es importante porque está asegurando firmemente que la falta es cierta, que fue evidente. Sin embargo, la trampa consiste en que, si Jesús apoyaba la condena, los acusadores podían lanzar las piedras sobre la mujer, pero si después se descubría que era inocente, entonces los acusadores se convertían en asesinos. Es una decisión muy compleja y el evangelista enfatiza el actuar de Jesús relatando que escribe en el suelo, reflexionando y dando tiempo.
Desde la antigüedad muchos biblistas se han cuestionado sobre lo que Jesús escribió, algunos piensan que escribió los diez mandamientos, posiblemente haciendo referencia a Moisés. Recordemos que Moisés recibió el decálogo escrito en piedra (Cf Éx 31, 18), por la perpetuidad e importancia que sigue teniendo en nuestra vida, no solo como cristianos, sino porque son universales, es decir, para toda la humanidad.
El hecho de que Jesús haya escrito sobre arena o tierra en lugar de piedra, me lleva a argumentar que eso que escribió en realidad no es relativo ni importante, de lo contrario el evangelista no lo hubiera omitido. Significa entonces que lo escrito no es mayor al valor y dignidad de la persona, y más aún a la persona de Jesús, que es la misma Ley hecha carne.
Para Jesús es más grave el pecado de la hipocresía que el pecado de adulterio, pues la doble cara es división, es el diablo (διάβολος "diábolos" en griego expresa la idea de enfrentar una persona contra otra, dividir) que crea cizaña y rompe la unidad, es la causa de la guerra, es contrario al proyecto de Dios que quiere que seamos uno con Él. Por eso, al tocar la conciencia diciendo “el que esté libre de pecado que arroje la primera piedra”, los ancianos son los primeros en reconocer que tiene razón.
Las personas falsas son las que preocupan a Jesús, los publicanos y pecadores al menos ya saben que lo son, pero los que se creen dignos ante Dios usurpan el lugar que no les corresponde y se convierten en jueces. Seamos íntegros, sinceros y misericordiosos, pues Jesús con su transparencia e integridad venció la trampa que le habían puesto logrando mostrar el rostro amoroso de Dios, concluyendo: “tampoco yo te condeno”.
N.B. Por cierto, esta mujer perdonada no es María Magdalena, pues el texto no dice su nombre. La Iglesia aclaró esto desde 1969 y además en el 2016 el Papa Francisco nombró a María Magdalena “apóstol de los apóstoles, por haber sido la primera testigo de la resurrección (Cf Jn 20, 11-18).


