Nuestras palabras revelan lo que traemos dentro, la riqueza o la pobreza de nuestra vida espiritual. Es fácil identificar a una persona “tóxica”, esa que se queja de todo y habla mal de todos. Lo que no es fácil es reconocer que podemos también ser “tóxicos”, pues naturalmente tendemos a mirar a los demás antes que a nosotros mismos.
Jesús nos dice que “un ciego no puede guiar a otro ciego” (Cf. Lc 6, 39) refiriéndose precisamente a esa incapacidad de ver hacia adentro. No se puede pretender dar un consejo a alguien sin antes tener la certeza de que ese consejo es bueno, habiendo experimentado con la propia vida eso que deseamos compartir con otros. No se puede ir por el mundo buscando que los demás acepten todo lo que digo cuando en realidad no lo vivo con convicción, bien dice el dicho “la palabra convence pero el ejemplo arrastra”.
Apoco no les ha pasado escuchar a alguien que se la pasa criticando a todos y de repente te preguntas ¿así se expresará de mí también cuando no estoy? Pues sí, así mismo sucede, ya que el desorden interno escapa a través de nuestra boca, como dice el libro del Eclesiástico “la palabra revela el corazón de la persona” (Cf. Eclo 27, 6). El que es bueno ofrece cosas buenas, el que no sólo puede ofrecer miseria y pudrición porque “la boca habla de lo que está lleno el corazón” (Cf. Lc 6, 45).
No significa que quien habla mal de otro es malo, sino que el fruto que está ofreciendo está podrido. Si a ti te ha pasado, es urgente que revises tu interior para encontrar eso que está causando tu amargura. Controla tu lengua y aprende a reconocer las virtudes y dones de los demás para así contribuir a crear un ambiente de paz y fraternidad, donde Dios se regocije por encontrar frutos nutritivos y exquisitos.