En el camino hacia nuestro crecimiento como seres humanos, como seres capaces de amar y perdonar a imagen y semejanza de Dios, seguramente hemos experimentado injusticias e inevitablemente ese deseo interior que llamamos “sed de venganza”. Es natural a nuestra condición humana sentir emociones que consideramos negativas, como el enojo, la envidia, y esas ganas de que el otro sufra lo que yo he sufrido por su causa. Sin embargo, Dios nos invita a ser sobrenaturales, a convertir esas emociones ordinarias en algo extraordinario, a ser superiores a nuestros instintos y crecer en humanidad para asemejarnos más a Aquel que se hizo hombre para estar entre nosotros.
En el libro de Samuel se nos muestra una vía para actuar con dignidad y justicia (Cf. 1Sam 26), no como la justicia de dar a quien lo que le corresponde sino como la justicia de Dios, que sobrepasa nuestro entendimiento y nos turba la razón. El Rey David tuvo la oportunidad de matar al rey Saúl, quien le había hecho la vida difícil y lo buscaba para asesinarlo, y fue incitado por su acompañante Abisay, quien le pidió el permiso para matarlo diciéndole que Dios se lo había puesto al alcance de su mano. Pero David hizo algo extraordinario: le perdonó la vida diciendo “no lo mates, ¿quién soy yo para atentar contra el ungido del Señor?", reconociendo así que también Saúl es de Dios aunque éste no se haya comportado como tal.
Jesús, verdadero hombre, transformó la ley ordinaria “ojo por ojo, diente por diente” (Cf. Mt 5, 38) en una ley suprema, en una regla de oro: “traten a los demás como quieran que los traten a ustedes” (Cf. Lc 6, 31). El fundamento de esta regla está en el amor y la justicia de Dios, amar como Dios ama, entregando todo sin esperar nada a cambio; vivir la justicia con dignidad, ofreciendo la otra mejilla para suscitar el remordimiento de conciencia en el otro. Pues poner la otra mejilla no significa dejarse humillar o ser un pacifista redimido, en tiempos de Jesús se golpeaba la mejilla derecha con la parte exterior de la mano como signo de desprecio, ofrecer la otra mejilla significa ofrecer la mejilla izquierda provocando que el siguiente golpe sea con la parte interna de la mano, la parte que acaricia y tiene mayor sensibilidad, es ponerse al mismo nivel del que te golpea, porque tenemos la misma dignidad: ser hijos de Dios.
Y si creemos que con no desear el mal y aceptar que todos somos hermanos es suficiente para pertenecer a Dios, pues todavía se nos exige aún más: amar a nuestros enemigos. ¿Cómo es posible amar a quién nos hace el mal? es una locura, es antinatural, no tiene sentido. Solamente aquel que tiene una fuente inagotable de amor, tiene la capacidad de tener amor para sus enemigos. Solamente quien tiene a Dios en su vida, es capaz de hacer el bien a quien le ha hecho el mal. Seamos como Dios, no hay que rendirse, hay que pedirle esa capacidad de amar, teniendo siempre presente que para Él no hay nada imposible (Cf. Lc 1, 37).




