Los pobres, los hambrientos, los que lloran y los perseguidos, son los grupos de personas que San Lucas (Cf Lc 6, 17.20-26) presenta como los sufrientes, esos a los que Jesús mira y dirige un mensaje de esperanza.
El sufrimiento puede acercarnos o alejarnos de Dios, según como lo vivamos. Una persona que sufre puede ser capaz de tocar su fragilidad, reconocerse humano y dejarse acompañar por Dios. Es más difícil que un rico, uno que está saciado, uno que goza y uno que es alabado y admirado por los demás pueda dar espacio a Dios, porque está lleno de sí mismo, y donde hay egoísmo, ensimismamiento y soberbia no cabe nada más.
Jesús no está prometiendo que los pobres serán ricos materialmente, pues no se trata de voltear los papeles sino de aceptar que el Bien Supremo es mucho más importante. Así mismo la saciedad y la alegría no son efímeras sino duraderas porque provienen de Dios. Y la incomprensión y el rechazo por buscar hacer la voluntad de Dios no son más que la inevitable consecuencia del seguimiento de Cristo.
Sin embargo, sufrir por seguir a Cristo tiene como mérito la alegría y el regocijo, algo totalmente sobrenatural porque tiene su base en la relación profunda con Dios. Confiar en Dios a pesar de que no comprendamos el por qué o el para qué de eso malo que nos pasa, de esa injusticia que vivimos, poniendo nuestro corazón no en los bienes de esta tierra, evitando la venganza y no ansiando ser más que los demás. Así se obtiene el Reino de Dios: siendo humildes y poniendo toda la confianza en Aquel que nunca falla y es capaz de llenarnos de alegría y regocijo infinitos.