Dentro de las expresiones artísticas que reflejan puramente el alma de las personas, sin lugar a dudas, una de las mejores y más elocuentes es la danza. No solamente por las formas y movimientos de gran atractivo visual, sino porque estas integran, simultáneamente, la música y en muchas ocasiones, el canto y juntas elevan su belleza hasta tocar los niveles más profundos del ser humano. La danza penetra, transversalmente, todas las esferas de nuestra realidad humana desde nuestra cultura, nuestra psicología, nuestros sentimientos, nuestros impulsos, hasta adentrarse en lo espiritual, aquello que es nuestra esencia y que genera nuestro actuar, pero también, aquello que nos une a Dios y muestra nuestros orígenes, creencias y trascendencia.
En la zona Huasteca, en donde actualmente vivo, existe una hermosa tradición que concentra todos estos aspectos mencionados con anterioridad. Las “inditas”, como se les conoce, son grupos de mujeres, principalmente adolescentes o jóvenes, aunque en ocasiones, puede haber algunas personas adultas que han crecido con esta linda tradición o niñas hasta de 4 o 5 años que, al lado de sus mayores, van descubriendo el sentido y la profundidad de dicha danza.
Esta danza no es un simple baile folclórico de la zona. Es mucho más que eso. Son mujeres que, acompañadas de la música tradicional de la región: el trio y con cantos, en gran parte de las ocasiones en lengua náhuatl, con una voz aguda, relatan fragmentos de la historia de sus comunidades uniéndolas a sus propias raíces étnicas y a su fe, lo que la hace, aún más sublime. Son cantos que manifiestan el agradecimiento a Dios por cuanto existe en el mundo como bendición a través de una preciosa cosmovisión en donde los elementos cobran una vida personificada y mantienen una relación íntimamente unida con el ser humano. Cantos que recuerdan las alegrías y las penas, los retos y las ilusiones de una cultura desde los tiempos prehispánicos y subsecuentemente pasando por la época de la colonia, el mestizaje, hasta llegar a los tiempos actuales. Cantos que reflejan la confianza y el consuelo que encuentran los oriundos de esta tierra, ante la imagen del “Totata Jesús” (Nuestro padre Jesús) y en un sin fin de ocasiones, ante la Virgencita María de Guadalupe a quienes dedican sus voces, el sonido de sus sonajas y sus constantes movimientos que provocan el ondeo de sus vestidos preciosamente adornados con coloridos bordados, principalmente de flores que representan, no solamente la belleza sino el culto que se le rinde a lo sagrado. Todo esto, unido al multicolor de los listones que, entrelazados en sus largas trenzas vuelan por el aire y hacen juego con las diferentes tonalidades de los pétalos de flores que delicadamente llevan contenidos en canastitos típicos de la región y que sostienen con sus delicadas manos de piel morena. Todo este cuadro, define un códice pictórico que nos habla del valor y la riqueza ancestral de la cultura náhuatl que, quienes vivimos en este tiempo, es imperativo descubrir, conocer y apreciar.
La modernidad, de cierta manera, nos ha arrancado parte del aspecto de la contemplación y del asombro. La danza de “las inditas” es una de las ventanas que se nos abre para su recuperación y la vivencia de todos esos valores, ecológicos, humanos, fraternales y espirituales que tanta falta nos hacen en nuestros días. Te reto a que escuches Xochipitzahua y percibas, en tu propio ser, cuanto aquí te he descrito.




