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P. Rafael Aguilar Flores sx

Espíritu Santo fuente de luz: ilumínanos (desde dentro)

En la fiesta de pentecostés invocamos a la tercera persona de la Santísima Trinidad diciendo “Ven Espíritu Santo”, anhelando, tal vez, que se manifieste como nos lo narran los hechos de los apóstoles: con un ruido estremecedor, como un viento que viene del cielo, como una paloma con lenguas de fuego, que llega para inundarnos con su fuerza (Cf Hech 2, 1-11). Sin embargo, la gran fiesta del Espíritu Santo nos debe empujar a tener presente a Dios que habita en nosotros, pues es también la fiesta de la Iglesia, de todos los bautizados que hemos ya recibido ese mismo Espíritu.

Es común invocar la venida del Espíritu, pero es necesario invocar también su salida. El Espíritu de Dios vive en cada uno y sigue creando a través de nosotros, siempre y cuando lo dejemos habitar en nuestro interior. Mi párroco René Palomares (q.e.p.d.) me dejó una riqueza espiritual a través de sus homilías, en ellas repetía una frase que me sigue acompañando: “no ahuyentéis con el pecado a un huésped de tanta dignidad”. Esta frase encierra todo el misterio de nuestra relación con Dios, Él vive en nosotros cuando le abrimos nuestra vida. El pecado, lo que nos separa de Dios (egoísmo, rencor, ambición, poder…) ahuyenta a nuestro huésped, que aunque nunca se va, de alguna manera lastima nuestra amistad con Él. La dignidad de Dios nos ha sido compartida, si perdemos nuestra dignidad ofendemos la dignidad de Dios, por ello, es preciso atender a nuestro huésped para que nuestra vida refleje su presencia.

El Espíritu de Dios llena nuestros corazones y enciende en ellos el fuego de Su amor. Es el mismo Espíritu que por amor creó todo cuanto existe (Cf Gen 1,2), el mismo Espíritu que devolvió la carne a los huesos secos (Cf Ez 37, 1-14), el mismo Espíritu que nos prometió Jesús para estar siempre con nosotros (Cf Jn 14, 15). La creación fue confiada a la humanidad para que la cuidara y la disfrutara, quien tiene presente esto aún conserva el Espíritu de Dios. Quien se ama y acepta como es, se devuelve su dignidad y se infunde carne para revivir su vida, dejando de sobrevivir y reconstruyendo su esencia humana.

En el evangelio de Juan Jesús nos dice “Si me aman, cumplirán mis mandamientos y yo le rogaré al Padre para que les dé otro Consolador que esté para siempre con ustedes, el Espíritu de la verdad… que ustedes conocen porque habita en ustedes y está en ustedes” (Cf Jn 14, 15-17). Hay una condición para que el Espíritu de Dios permanezca en nosotros: amar. Por lo que no es necesario exagerar en nuestras oraciones, esperando recibir dones extraordinarios como el de lenguas que nadie entiende y que no hacen más que causar confusión y división. El Espíritu de la verdad se manifiesta en las cosas ordinarias, en el lenguaje del amor que hasta la creatura más sencilla puede comprender, como sonreírle a un niño, acariciar un perro o recoger la basura… y así ir logrando cosas más complejas en las relaciones humanas como el ser capaz de perdonar, de ayudar al que lo necesita, de escuchar al que tengo enfrente… lo mismo que hizo Jesús en su caminar por este mundo.

Invoquemos al Espíritu Santo rogando que desde el fondo de nuestra alma ilumine a todos los que encontremos, convirtiéndonos en el amor que abraza, consuela, acoge y guía, que sana los corazones enfermos y llena el vacío de la humanidad. También pidamos que nos ilumine en los momentos de discernimiento, especialmente en las decisiones importantes de nuestra vida, que ese Espíritu de la verdad ilumine sobre todo a nuestros pastores y gobernantes para que tomen las mejores decisiones teniendo siempre presente el bien común y no el bien particular. Espíritu Santo fuente de luz: ilumínanos (desde dentro).

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