El último de los profetas, Juan, apodado el bautista, es primo de Jesús, es el que prepara el camino del Ungido. El anuncio de su nacimiento muestra la grandeza de la bondad de Dios, por eso se llama Juan: “Dios es misericordioso”.
Hijo de un sacerdote de la tribu de Leví, bien podía haber escogido ser uno de ellos para rendir culto en el Templo. Tal vez por su linaje se esperaba que él fuera el Cristo, por eso los sacerdotes y levitas le preguntaron si era él el Mesías (cf Jn 1,19). Sin embargo, a pesar de su preciada condición, escogió ser un profeta, escogió ser “la voz que grita en el desierto” (cf Jn 1,23), para llevar el mensaje de Aquel que lo ha enviado, anunciando la Buena Noticia y denunciando lo que está mal ante los ojos del Señor.
En el desierto que atraviesa el pueblo de Dios, Juan es el grito misericordioso del Padre, que dice: preparen el camino. ¿Cómo se puede preparar la venida del Salvador cuando el sufrimiento ahoga la esperanza en tiempos mejores? Precisamente, el anuncio de Juan no es sólo de conversión hacia el camino recto, es también una invitación a tener la capacidad de volver a creer. El desierto no es sólo sequedad, hambre, soledad, angustia, muerte… es también lugar de oportunidades, es terreno virgen que espera la lluvia para hacer brotar la vida (cf Is 55,10).
El amor de Dios está por renacer en el desierto de nuestro corazón, es preciso dejar que el mensaje del Señor humedezca nuestra sequedad para germinar una nueva vida: la nuestra. Juan el Bautista sigue gritándonos para que recibamos ese amor que viene y toca a nuestra puerta. Somos invitados a ser como él y preparar el camino para el nacimiento de nuestro Dios, quien sigue gritándonos su amor a través de muchos juanes que encontramos día a día: en la sonrisa de un niño, en los padres que se desviven por sus hijos, en los enfermos que rezan por los que sufren, en aquellos que luchan por la paz y la justicia. Así como ellos, hagamos presente el Dios con nosotros y gritemos jubilosos:¡Ven Señor Jesús a renacer en nuestras vidas!