Homilía Dominical: SANTIDAD, esa obra de Dios en aquellos que se reconocen hijos suyos
Estimados hermanos y hermanas, la liturgia de hoy nos invita a celebrar aquello que proclamamos cada domingo en nuestro Credo cuando afirmamos: «Creo en la comunión de los santos». Celebramos pues a Todos los santos, desde la Virgen María hasta aquellos de nuestros días, los “santos de la puerta de al lado”, como dice el Papa Francisco; son aquellos que han pasado ya a la vida eterna y que forman una unidad: son la Iglesia de los bienaventurados, a quienes Jesús felicita: «Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios» (Mt 5,8); pero al mismo tiempo, son aquellos que día a día tratan de vivir ese camino de las bienaventuranzas y que lo hacen, quizá tan cerca de nosotros, en nuestros barrios, en nuestras iglesias, en nuestras familias. Todos ellos también están en comunión con nosotros.
La santidad es una palabra que hoy en día no entusiasma a muchas personas porque quizá, durante muchos años hemos pensado equivocadamente que ello pertenece al ámbito de perfectos, héroes y superdotados, de los cuales nosotros nos sentimos muy distantes. Ciertamente que no, como nos dice el Papa Francisco, “Todos estamos llamados a ser santos viviendo con amor y ofreciendo el propio testimonio en las ocupaciones de cada día, allí donde cada uno se encuentra” (Exhortación apostólica “Gaudete et exsultate”). Me ha llamado siempre la atención esta visión de una santidad de lo ordinario, vivida y alcanzada en el actuar de cada día; de hecho, nuestro fundador San Guido Maria Conforti también así la concebía, ya desde su tiempo, de hecho, no es solo un pensamiento, sino que él lo vivió en su persona y así alcanzó la santidad, él dice: “La santidad no consiste en llevar a cabo obras grandes, obras heroicas; si consistiera en eso, no sería posible sino para unos cuantos. Se compone de pequeñas acciones, como lo son las acciones que componen la jornada. Y ¿de qué manera? Haciéndolo todo con la intención de dar gloria a Dios y de hacer su voluntad”. (San Guido Maria Conforti, 1923, Parma)
La santidad, queridos hermanos es en pocas palabras la vocación de todo cristiano, de toda alma que está dispuesta a aprender a ser Hijo feliz de Dios, acogiendo en sí la Obra de Dios en su vida. La verdadera santidad es una gracia, es la obra que Dios hace gratuitamente en mí que unida al esfuerzo que realizo en las pequeñas cosas me lleva a esa felicidad, a esa vida bienaventurada. Muchas veces nos equivocamos al hablar de la santidad desde la perspectiva de lo que nosotros debemos hacer; la consideramos como una meta nuestra y por lo tanto la vemos lejana y no es así, la santidad es, antes que nada, la obra de Dios en el corazón de quien está dispuesto a dejarse trabajar por él y con él, es la obra de Dios en todo aquel que se reconoce hijo suyo. Monseñor Conforti nos enseña algo muy importante: “En la creación como en la formación de la santidad, concurren siempre dos elementos: la gracia y la naturaleza. La gracia mediante sus carismas, la naturaleza mediante su respuesta libre y generosa. Estos dos elementos actúan ordinariamente juntos”. Y Dios nunca deja de colmarnos de su gracia, vive continuamente enviándonos los dones del Espíritu exactamente para que vivamos en santidad, en el día a día y eso se consigue viviendo las Bienaventuranza, concretizando en el día a día lo que allí se reconoce como motivo de felicidad, de bienaventuranza. Hace pocos días el papa Francisco a beatificado a un jovencito italiano, Carlo Acutis, verdadero ejemplo de esto que estamos reflexionando, un joven que en lo ordinario de su vida dejó que la gracia de Dios lo transformara y lo hiciera un santo en lo ordinario, en él vimos una existencia vivida con mucha fe y mucha humanidad. Una vida que expresa sentimientos y actitudes de bondad y compasión, que se concreta en obras de justicia, caridad y solidaridad, una vida donde las bienaventuranzas se hacen realidad.
Hermanos, démonos cuenta que nuestra santidad es el resultado de la benevolencia de Dios hacia nosotros. No hallamos gracia a sus ojos por nuestros méritos, sino por su benevolencia y mirada misericordiosa. Esta mirada es lo que pone en nosotros santidad. Y lo más que nosotros podemos hacer es dejar que esa bondad de Dios se refleje y actúe en nosotros. Pero en todo caso, la santidad es gratuita, como don de Dios, y obra del Espíritu Santo en las personas dispuestas a vivir en la lógica de Dios manifestada claramente en las Bienaventuranzas.
Concluyo esta reflexión parafraseando al Papa Francisco quien hace esta exhortación dirigida a ti, a mí, a todo aquel que desee responder a su llamado a la santidad: “Deja que la gracia de tu Bautismo fructifique en un camino de santidad. Deja que todo esté abierto a Dios y para ello opta por él, elige a Dios una y otra vez. No te desalientes, porque tienes la fuerza del Espíritu Santo para que sea posible, y la santidad, en el fondo, es el fruto del Espíritu Santo en tu vida (cf. Ga 5,22-23)” (Exhortación apostólica “Gaudete et exsultate”).

