
Homilía Dominical: La aventura del amor al modo de Dios
XXX Domingo ordinario “A”
La aventura del amor al modo de Dios
Estimados hermanos y hermanas, la Palabra de Dios de este domingo nos sitúa en la esencia misma del cristianismo y de toda la historia de la salvación, como nos dice Jesús en el evangelio (Mt 22,34-40), “en esto se funden toda la ley y los profetas”. Hoy Jesús nos invita a asumir de manera novedosa esos dos ejes sobre los cuales se apoya el cristianismo y nuestro ser discípulos de Jesús, es decir: nuestro amor total a Dios vivido en nuestro compromiso de amor por el prójimo, sobre todo por el pobre, el desvalido, el necesitado.
Jesús nos invita a salir de todo legalismo, de toda religiosidad basada en leyes, ritos y formas institucionales, y asumir el reto de amar a su manera en estos tiempos difíciles, en estos tiempos de sombras, exactamente porque la humanidad ha olvidado lo que es amar. De hecho, la misión de Jesús en el mundo no fue dictar o renovar leyes sino mostrarnos un estilo de vida que en verdad nos trajera plenitud de vida y felicidad en el amor dirigido tanto a Dios Padre como al prójimo. Esto lo han entendido los santos de todos los tiempos y lo han vivido de manera particular y sencilla en los contextos donde han vivido. Me viene a la mente una frase de un santo de nuestro tiempo, de nuestro presente, este joven recién beatificado, Carlo Acutis que decía: “Una vida es verdaderamente hermosa si llegamos a amar a Dios, sobre todo, a nuestro prójimo como a nosotros mismos”, y así lo trató de vivir con su sencillez y con su juventud.
El evangelio de hoy pues nos lanza este reto, nos invita a vivir esta aventura del amor al modo de Jesús: “Amarás al Señor tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente”. Es un mandamiento que implica reorientar tu vida, revisar la jerarquía de valores, reposicionar las prioridades y, sobre todo renunciar a todo aquello que se opone o distrae de ese único objetivo de vida: amar a Dios. Sólo el amor de Dios importa; lo demás es secundario, todo es subordinado a ese amor. Al escuchar este reto, parecería difícil, casi imposible para nuestra naturaleza humana necesitada de lo concreto, de hechos, de historia, de tiempos, de personas. ¿Cómo condicionar todo ante una realidad que, después de todo, es invisible e intangible, quizá lejana o incluso impersonal? Es aquí donde entra la novedad que nos trae Jesús y la luz que nos abre caminos y verdaderos horizontes de vida plena. Para Jesús, el amor a Dios es posible solo cuando se ama al prójimo; solamente a través del amor concreto, desinteresado y verdadero al hermano podemos amar de manera total a Dios. Nos los explicaba el papa Francisco con estas palabras: “La novedad consiste justamente en poner juntos estos dos mandamientos --el amor de Dios y el amor por el prójimo-- revelando que estos son inseparables y complementarios, son dos caras de una misma medalla. No se puede amar a Dios sin amar al prójimo, y no se puede amar al prójimo sin amar a Dios”. (S.S. Francisco, Ángelus, 26 de octubre de 2014, en Santa Marta).
Ahora bien, uno podría sentirse tranquilo afirmando que en verdad ama al prójimo, pues ama a su esposa, a sus hijos, o a sus compañeros de trabajo, porque hace lo posible por llevarse bien con todos. Pero no es ése el “prójimo” en el pensamiento de Jesús. Para él, el prójimo que merece ser amado como a uno mismo es el necesitado, el pobre, el último, el miserable, el que no puede pagarme de ningún modo, el explotado, el marginalizado, todos esos que son escuchados por Dios y que claman a él (Primera lectura: Ex 22,20-26). Recordemos el modo como Jesús describe el juicio final (Mt 25,41-45): “Vengan benditos de mi Padre…, porque tuve hambre y me dieron de comer, tuve sed…”
La vida de santidad en el presente y la vida eterna se juegan aquí, en nuestra manera de amar a Dios en el prójimo. Asumamos este reto y vivamos nuestra vida centrada en el amor. Los santos de hoy nos hacen ver que es posible en la “ordinariedad” de la vida. Así nos lo muestra Carlo Acutis. En la homilía de su beatificación se decía de él: “Esta certeza en su vida lo llevó a tener una gran caridad con el prójimo. Sobre todo, hacia los pobres, los ancianos, las personas solas y abandonadas, sin techo, los discapacitados y las personas marginadas. Carlo fue siempre acogedor con los necesitados y cuando iba a la escuela los encontraba en la calle y se detenía a hablar, escuchaba sus problemas y, en la medida de lo posible, los ayudaba. Carlo nunca se centró en sí mismo, sino que fue capaz de comprender las necesidades y los requerimientos de las personas, en quienes veía el rostro de Cristo”. (Cardenal Agostino Vallini, 10 octubre 2020)
Que el amor a Dios sea nuestro objetivo de vida y el amor al prójimo nuestro camino para lograrlo.

