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10 Octubre 2020
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La Palabra

P. Rubén Macías Sapién

Homilía Dominical: “Todo está listo. Vengan a la boda”.

Hermanos y hermanas, la liturgia de la Palabra de este domingo esta pintada de un tono alegre y festivo, nos habla de un “festín, preparado por el Señor, con platillos suculentos para todos los pueblos” (1ª lectura: Is 25,6-10), pero sobre todo de una invitación, es Dios, en el personaje del Rey que nos invita a compartir su alegría y su alianza, pues su hijo se casa (Evangelio Mt 22, 1-14).

 Lo primero que resalta es la iniciativa de Dios, en la persona del Rey, quien prepara la boda, “he hecho matar mis terneras y los otros animales gordos; TODO ESTÁ LISTO”; nos habla de un Dios que toma la iniciativa, un Dios que quiere compartirnos la alegría de su vida, que nos invita a su felicidad. En este tipo de eventos están muy presentes la alegría, la convivencia, el encuentro, la amistad con quien nos ha invitado, pero también la comunión que va surgiendo entre todos los asistentes, incluso aunque muchos no se conozcan. «VENID A MI FIESTA», dice el rey, es como si Dios nos dijera: “quiero celebrar la salvación, que ustedes son mis amigos, que me da gusto que nos acompañen en un momento tan gozoso y especial, porque la fiesta de mi hijo no sería tal fiesta si faltan ustedes, que el proyecto, que mi hijo está por comenzar, no puede realizarse sin ustedes”. Porque el motivo del banquete es el proyecto del hijo que implica una nueva vida, esperanza para el Rey y su reino, un proyecto que implica vida, salvación, esperanza para todos. “En aquel día se dirá: Aquí está nuestro Dios, de quien esperábamos que nos salvara. Alegrémonos y gocemos con la salvación que nos trae” (Primera lectura). Y ese proyecto Dios lo quiere cumplir contando contigo, conmigo, con todos.

Un segundo aspecto a meditar es la insistencia del Rey a que “la sala del banquete esté llena de convidados”; es una invitación de la cual ninguna persona debiera sentirse excluida, pues la invitación es incondicional, para “buenos y malos”, es decir, para todos. Dios quiere que todos puedan sentarse a compartir su alegría: el proyecto de salvación de su hijo. Todos están invitados, todos, tú, yo, nadie debe sentirse excluido, “vayan incluso a los cruces de los caminos y conviden al banquete de bodas a todos los que encuentren”. Incluso ante los rechazos de algunos invitados, Dios no renuncia, el desaire de los convidados no ha sido razón suficiente para suspender el banquete, y la parábola evangélica cuenta que Dios se sale siempre con la suya, puesto que «la sala se llenó de comensales». Dios no se rinde ante los rechazos de nadie. Ante la invitación de Dios no debemos jamás sentirnos excluidos, ni mucho menos debemos excluir o hacer sentir a alguien excluido. Tú, yo, los demás, todos deben sentirse invitados a compartir la alegría de la salvación que Jesús nos trae. Esta simple constatación, que se desprende de la página evangélica, reclama una toma de posición por nuestra parte, pues todos, “buenos y malos”, estamos invitados al mismo banquete, sin distinción alguna.

Aquí viene un tercer aspecto: nuestra toma de posición. En la parábola unos “no quisieron ir”, otros “no hicieron caso”, incluso hubo quienes reaccionaron violentamente contra los enviados del rey. Valdría la pena preguntarnos cual es nuestra manera de optar ante la invitación de Dios. ¿Qué actitud mostramos ante el proyecto del cual Dios quiere hacernos participes? ¿Rechazo? ¿Indiferencia? ¿Violencia contra su voluntad? Quizá aceptamos decir que sí e ir, pero con una respuesta mediocre, superficial, sin corresponder al esfuerzo del rey, sin corresponder a la importancia del evento, es decir “sin traje de fiesta”. Para un cristiano, «el traje de fiesta» y «el vestido de bodas» se suelen identificar con las virtudes propias de la vida cristiana, comenzando por la fe y concluyendo con la caridad, el amor. Pues como dice San Pablo “si no tengo amor no soy nada” (cf. 1 Cor 13). Vestirse “el traje de fiesta” significa llevar puesta tu fe y tu amor al prójimo, tus acciones concretas que muestran la caridad a los demás y la fe que te hace actuar. Me viene a la mente una frase de Madre Teresa de Calcuta quien salía todas las noches, a las calles de Calcuta a recoger moribundos para darles, con amor, un buen morir: limpios, bien arropados y, si era posible, bautizados. Cierta vez comentó: «No tengo miedo de morir, porque cuando esté delante del Padre, habrá tantos pobres que le entregué con el traje de bodas que sabrán defenderme». ¡Bienaventurada ella!

Y tú, ¿cómo respondes a la invitación de Dios?

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