
Homilía Dominical: “… y se le dará a un pueblo que produzca sus frutos”
XXVII Domingo ordinario A
“… y se le dará a un pueblo que produzca sus frutos”
Estimados hermanos y hermanas, el evangelio de hoy (Mt 21,33-43) nos propone la parábola de los viñadores homicidas y está en continuidad con los textos del evangelio de Mateo que muestran las polémicas de Jesús con los dirigentes judíos antes de la pasión, viniendo a poner el punto final de una polémica que comenzó en Galilea y que continuará hasta la cruz, ahí donde “la piedra que desecharon los constructores” se convertirá en la piedra angular, la piedra que nos hará conocer la grandeza del amor de Dios y hasta donde llega ese amor por nosotros, la humanidad, “su viña”.
La parábola de este domingo, nuevamente girando alrededor de una viña y su propietario, representa la vida humana y al mismo tiempo y, sobre todo, la acción de Dios que no cesa de ofrecernos todos los medios para que podamos salvarnos, todo, sin escatimar, ni siquiera a su hijo, para que podamos “producir sus frutos”. El propietario de la parábola, evidentemente, es el Señor. Ya esta idea da un sentido absolutamente novedoso a la vida humana: ¡mi vida es del Señor! Esto quiere decir que no me pertenece en absoluto, sino sólo en préstamo, como encomienda, como tarea asignada por otro.
Les invito a dejarnos sorprender por los cuidados que el propietario tiene con su viñedo, antes de marcharse. Retomando el texto, Mateo nos dice que este hombre cavó personalmente su viña. Pudiendo ordenar a otros que lo hicieran, elige hacerlo él. Eso nos habla del amor personal que tiene Dios hacia cada uno de nosotros. Él personalmente se encarga de cada uno, amorosamente. Además, lo rodeó de una cerca, es decir, la protegió, hizo lo posible para que no pudieran entrar los ladrones, los animales que la pisotearan y se comieran los brotes. Dios cuida de su pueblo, de cada uno de nosotros, también alrededor de nosotros el Señor ha edificado una cerca, la cerca de Su amor, de Su gracia, con la que nos rodea siempre, con la que nos protege de mil peligros de los que ni nos damos cuenta y, quizá, ni se lo agradecemos... Además, dice Mateo, cavó un lagar. El lagar era un agujero en la tierra que servía para poner allí la fruta y prensarla, pisarla, para sacar el jugo. ¡Que sorprendente es este propietario! Todavía no está lista la viña y ya el dueño está cavando el lagar donde espera un día poder prensar la fruta. Esto habla de la ilusión que tiene, de su esperanza. Como esos papás que le compran a su recién nacido un balón de futbol. Es obvio que todavía no puede usarlo, pero ese regalo habla de la ilusión, de la esperanza del papá de poder jugar un día con su hijo. Así también este dueño de la viña, espera mucho de ella. Como Dios, espera mucho de nosotros, está convencido de que daremos abundantes buenos frutos. También edificó una torre, para asegurarse de que hubiera alguien que vigilara y la protegiera. Quiere que haya un vigía que esté atento a que nadie la invada, que nadie se meta a pisotearla o a robar los frutos.
Todas estas acciones del propietario nos deben de llevar a pensar que nuestra vida está caracterizada por una multitud de bienes recibidos de parte de Dios. Pero, como sucede en la parábola, seguido caemos en la tentación de decir: “Todo es nuestro. No debemos nada a nadie”. Quizá una de las preguntas que debemos hacernos hoy es esta: ¿Qué es lo que nos impide reconocer el señorío de Dios sobre nuestras vidas? ¿Sobre esta viña (su viña) que nos ha sido confiada?
Retomando la parábola, dice san Mateo, “y alquiló la viña a unos viñadores y se fue de viaje”. Es decir, se las dio a administrar, no se las regaló. Ellos no serían dueños, sólo administradores. Este arrendamiento representa lo que hace Dios con nosotros y los dones y bienes que nos ha concedido. Están en calidad de préstamo, para que los hagamos fructificar, rendir. Pero de ningún modo podemos sentirnos sus dueños... Además, al alquilarla, dice el texto, se va de viaje; El propietario confía en los labradores. No se queda a supervisarlos, no está encima de ellos vigilando cada paso que dan. También Dios nos da un voto de confianza. Nos da la vida, nos colma de dones y bendiciones, nos invita a edificar Su Reino, y nos da libertad de hacerlo como mejor consideremos. Pero también, dice el texto, “llegado el tiempo de la vendimia, envió a sus criados para pedir su parte”, Dios desea recibir los frutos, pide los frutos que, por justicia le corresponden. La paciencia de Dios es infinita, pero nosotros tenemos un límite en este mundo, así que no podemos posponer indefinidamente dar los frutos que Dios espera de nosotros; cuando llega la hora de la vendimia, debemos entregar los frutos. Y Dios envía a sus criados, sabemos lo que siguió, unos fueron maltratados y otros asesinados. Llama la atención que habiendo visto lo que sucedió con sus primeros enviados, todavía envíe a otros. ¿Qué no supone que los tratarán igual o peor? Probablemente sí, pero por encima de eso, está su esperanza en que cambien, en que esta vez actúen distinto. Dios nunca nos da por perdidos... Pero, dice el texto, “por último, les mandó a su propio hijo”, inaudita decisión, enviar al hijo a semejante gente. No cabía esperar que lo trataran bien, y sin embargo el dueño se atreve a esperar contra toda esperanza. ¡Ese es nuestro Dios, hermanos! Un Dios que no pierde esperanza, aún frente a la evidencia mas grande de nuestro pecado.
Al concluir la parábola, Jesús pone una pregunta a los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo: “Cuando vuelva el dueño del viñedo, ¿qué hará con esos viñadores?” La respuesta es aún mas sorprendente; Jesús deja que los sumos sacerdotes den su propia respuesta, basada en su mentalidad lejana de Dios, aún basada en la mentalidad de ‘ojo por ojo, diente por diente’ (ver Ex 21,24). No han entrado al ámbito del amor, del perdón, de la misericordia que Jesús vino a anunciar. Jesús no propone un castigo. Él no ha venido a condenar sino a salvar (ver Jn 3, 17; 12, 47). Nos dice el texto: “les será quitado a ustedes el Reino de Dios y se le dará a un pueblo que produzca fruto”. Los fracasos de la historia religiosa de Israel y bien podemos decirlo que de la entera humanidad no paralizan al «Propietario» de la viña. Después de muchas expediciones para obtener el fruto, envió a su Hijo para que asumiera la misma condición de los operarios de la aventura humana. Ante su muerte a manos de hombres no se bajó el telón de la historia. Por el contrario, en la Cruz comenzó una etapa nueva y definitiva. El Dueño de la viña sigue arrendando su heredad a «labradores que le entreguen los frutos a su tiempo». Dios no renuncia a su proyecto y sigue buscando «labradores que le entreguen los frutos a su tiempo».
Hermanos, hermanas, ante un Dios así, amoroso, atento, comprometido y siempre fiel, que no escatima nada y que quiere “alquilarnos su viña para que le entreguemos los frutos a su tiempo” ¿qué le diríamos? ¿Estamos dispuestos a asumir su viña y entregarle los frutos a su tiempo? ¿Qué estás haciendo con la viña que te ha confiado desde el día de tu bautismo? Pregúntate: Si hoy fuese llamado a cuantas, ¿tendría algunos frutos en mis manos para ofrecer?
¡Que Dios haga de nosotros viñadores que den frutos abundantes según su voluntad!

