
Homilía Dominical: “Verdaderamente tú eres el Hijo de Dios”
XIX Domingo ordinario A
“Verdaderamente tú eres el Hijo de Dios”
Estimados hermanos y hermanas, las lecturas de este domingo nos invitan a proclamar nuestra fe en Cristo, el Hijo de Dios en medio de nosotros, a pesar de las situaciones difíciles y “los vientos contrarios” que nos acechan y nos hacen caer en el miedo, en la angustia.
Todo ser humano tiene miedo, nos espanta el fracaso, la enfermedad, la muerte, la violencia, la soledad… Ante estos miedos contamos con la presencia del Señor, eh ahí la grande verdad que la Palabra de Dios nos quiere hacer entender. No es que el Señor nos solucionará todos nuestros problemas como si fuera un mago, sin embargo, podemos estar seguros de que siempre contaremos con su presencia solidaria que nos sigue diciendo: “¡Animo! Soy yo, no teman”.
Hermanos, estamos viviendo momentos muy difíciles en nuestra historia, la pandemia, la crisis económica, la “otra pandemia” la de la violencia, la corrupción, la crisis de las instituciones, la misma situación de nuestra Iglesia, en fin, “vientos contrarios” que azotan con violencia extrema nuestra fe, nuestra vida. Ante ello podemos caer en el miedo, en la angustia, en la desesperación. El miedo es lo único que impide ser libres, es el auténtico enemigo de la fe, es la fuerza paralizadora que mantiene a los hombres en esclavitud. Por miedo nos quedamos atrincherados tras nuestras propias seguridades, por miedo nos resistimos a perdonar a quienes nos han lastimado, por miedo rechazamos a los que son diferentes, por miedo nos aferramos a nuestros bienes materiales y a nuestras ideas preconcebidas, a nuestros prejuicios, a nuestra manera de ver la vida, aunque ello no nos haya servido para ser felices. El miedo nos impide enfrentar las estructuras opresoras y denunciar a los tiranos de la historia. El miedo nos hace pequeños, vulnerables y cobardes.
Ante nuestros miedos Jesús nos dice hoy: “Tranquilícense y no teman. Soy yo”. Ademas nos hace una invitación, la misma que le hizo a Pedro: “Ven”. “Atraviesa la tempestad en la que estas, fija tu mirada en mí, ven, no mires las olas, SOY YO, deja a un lado la fuerza del viento contrario, fija tu mirada en mi y ven, vamos a la otra orilla”. Como resuenan aún en mi corazón las palabras del grande papa Juan Pablo II al inicio de su pontificado: “¡No tengáis miedo! ¡Abrid, abrid de par en par las puertas a Cristo!... ¡No tengáis miedo! Cristo sabe lo que hay dentro del hombre. ¡Sólo ÉL lo sabe!”.
El miedo no asumido ni comprendido y enfrentado adecuadamente es uno de los principales obstáculos para seguir a Jesús. Hoy quizá mas que nunca, la Iglesia se ve urgida de lanzar ese grito de Pedro, “¡Sálvame Señor!”, hoy que peligra por su falta de congruencia, hoy que se ve amenazada no sólo por los signos de secularismo y de indiferencia religiosa que la rodean, sino, sobre todo por su propia cobardía, por la mediocridad de algunos de sus miembros, por su infidelidad. Sólo ese grito profundo, que nace de la conciencia de la propia incapacidad para ser fiel nos permitirá subir de nuevo a la barca y continuar la fatigosa travesía “hacia el otro lado del mar” y finalmente poder postrarnos frente a Él y proclamar con fuerza, ante nuestra sociedad, “Verdaderamente tú eres el Hijo de Dios”.
Las tres lecturas de este domingo nos hablan de la misma experiencia, hecha por diferentes personajes y que hoy estamos llamados a vivir y proclamar nosotros, los hombres y mujeres de este siglo tan difícil y trágico: descubrir la presencia de Dios en medio de nuestras tempestades, reconocerlo y proclamarlo como el “verdadero Hijo de Dios”, Salvador del mundo.
En la primera lectura (1 Re 19,9.11-13), el profeta Elías huye de la reina Jezabel, que quería imponer el culto de Baal, ídolo fenicio, huye también del pueblo de Israel que no es capaz de enfrentarla y se deja manipular por tal reina. Temeroso sube al monte del Horeb. Elías marcha en busca de Dios, lo busca con toda el alma y todo el corazón, porque el pueblo no quiere oponerse con todas sus fuerzas a la tiranía de la reina. Casi sin fuerzas, se refugia en una cueva lleno de miedo y se le anuncia el "paso" de Yahvé. Porque Dios siempre pasa por la vida de las personas y de los pueblos, sobre todo en los momentos de gran dificultad, pero no lo hace de cualquier forma y manera. Elías es invitado a reconocerlo y proclamarlo; sube al monte y lo descubre en medio de la “brisa suave”, esa brisa que le quita todo miedo y, con la certeza del Dios que lo acompaña, baja y enfrenta a la reina y al pueblo infiel.
En la segunda lectura (Rm 9, 1-5) es San Pablo, que ante las dificultades que vive al anunciar el evangelio proclama sin titubeos: estoy dispuesto a todo con tal de proclamar la verdad de Cristo “el cual está por encima de todo y es Dios bendito por los siglos de los siglos”.
En el evangelio (Mt 14, 22-33) los apóstoles se debaten contra vientos contrarios que azotan la barca y, en la oscuridad de la noche ven a Jesús caminar hacia ellos, sobre el agua; sumidos por el miedo piensan ver un fantasma. Jesús les invita a creer y tranquilizarse: “Soy yo”. Jesús, que nunca abandona a los suyos por más que ellos lo abandonen a Él, se dirige hacia la barca caminando sobre el agua. Porque Dios siempre va hacia el hombre para salvarlo, como en el caso de Elías, Dios “pasa” frente a él para salvarlo, en el evangelio, El Dios que Jesús nos revela es un Dios que toma la iniciativa, que va, incluso “caminado sobre las aguas” para “tenderle la mano, sostenerlo y llevarlo a la otra orilla”. Ante este Dios en favor de nuestra salvación estamos llamados a proclamar: “Verdaderamente tú eres el Hijo de Dios”.
Hermanos, la Palabra de Jesús nos saca de la parálisis del miedo y, si confiamos en él, nos hace capaces de caminar sobre las dificultades, por grandes que estas sean. Siempre escucha nuestra oración y nos auxilia, aunque nos ahoguen las dudas y solo nos quede fe para pedir ayuda. Vivamos pues, estos tiempos difíciles de pandemia, de crisis económica y estructural con la confianza puesta en Jesús que nos salva, osemos, como Pedro, ir hacia Jesús en medio de la tempestad, fijando nuestra mirada en Él y alcanzando la otra orilla, esa de una nueva sociedad construida sobre la fe en Jesucristo. Caminar sobre el agua es un símbolo de la victoria de Jesús sobre las “fuerzas demoníacas”. Él camina sobre el agua con la potencia invencible de su palabra, con la fuerza seductora del amor, con la victoria definitiva de la resurrección, he ahí lo que necesitamos para caminar, también nosotros, sobre las aguas turbulentas de nuestro tiempo. “Ven” nos dice Jesús. Vayamos pues y venzamos nuestros miedos, él es verdaderamente el Hijo de Dios”

