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1 Agosto 2020
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La Palabra

P. Umberto Mauro Marsich

Homilía Dominical: “PAN PARA TODOS…”

DOMINGO XVIII DEL TIEMPO ORDINARIO

“PAN PARA TODOS…”

(Mt 14, 13-21)

 

El milagro de la primera multiplicación de los panes, que Jesús cumple en un momento angustioso de su vida, no puede no provocar en nosotros un profundo sentimiento de estupor, sea por el alimento multiplicado que por sus significados. En efecto, Jesús acababa de enterarse de la injusta muerte de Juan el Bautista e intenta aislarse en oración: “Al enterarse Jesús de la muerte de Juan el Bautista, subió a una barca y se dirigió a un lugar apartado y solitario”. La travesía del lago, llevada a cabo por Jesús y sus discípulos en busca de un lugar retirado, silencioso y solitario, para permanecer en comunión orante con el Padre y antes de tomar decisiones trascendentes, en esta ocasión, no logra su objetivo: “Cuando Jesús recibió esta noticia, se alejó de allí en una barca, a un lugar desierto y apartado. Al saberlo la gente, lo siguió por tierra desde los pueblos”.

Esta vez, el encuentro multitudinario de Jesús con la gente que, como ‘ovejas sin pastor’, suscita compasión en su corazón, tiene un final inédito e inesperado: la ‘multiplicación del pan y de los pescados’ que, juntamente al anuncio de la palabra, complementa, a manera de signo sacramental eucarístico, la obra evangelizadora de Jesús y, desde luego, de la Iglesia. En este contexto, se me hace llamativo el hecho de que Jesús, sensible al hambre de esa multitud de gente que había ido a escucharlo y que se había quedado todo el día con Él, pida a los discípulos que les den ellos de comer: “¡Denles ustedes de comer!”. Una orden que, en el pensamiento de Jesús, ya estaba finalizada al prodigio que iba a realizar. Bastaron, en efecto, únicamente unos cinco panes y dos pescados, que constituían el alimento básico del pueblo galileo, para que Jesús diera de comer a todos los asistentes; cinco panes y dos pescados que, una vez que fueron compartidos y distribuidos, alcanzaron para satisfacer el hambre de todos: “todos comieron hasta saciarse… Los que comieron eran unos cinco mil hombres, sin contar a las mujeres y a los niños”. Ese día, entonces, hubo ‘pan para todos’ como lo habrá en el Reino de Dios. De hecho, la muchedumbre, sentada para comer, es la ‘imagen’ de la humanidad que Jesús reunirá en el banquete mesiánico del Reino.

Lo del compartir los bienes de la tierra, para que alcancen a satisfacer las necesidades fundamentales de la vida de todos, se me hace, hoy en día, políticamente irreal, sin embargo, no deja de ser parte de la ‘doctrina económica’ de Jesús y, desde luego, de la ‘enseñanza social de la Iglesia’. Ésta, en efecto, desea que se superen los egoísmos, desigualdades y privilegios imperantes en las injustas e intolerables estructuras económicas de nuestro tiempo. Por coherencia evangélica los católicos deberíamos dejar de ‘coquetear’ con la globalización económica ‘pecaminosa’ de nuestra época.

Por cierto Jesús, con el milagro de la multiplicación de los panes, quiso dar de comer a los hambrientos asumiendo sobre sí mismo, de esta manera, las urgencias básicas de los hombres. Además, a la luz de todos los gestos descritos por el evangelista Mateo que reproducen perfectamente la secuencia de la ‘última cena’, percibimos con claridad también el objetivo eucarístico de Jesús: “tomó los cinco panes y los dos pescados, y mirando al cielo, pronunció una bendición, partió los panes y se los dio a los discípulos para que los distribuyeran a la gente”. También nosotros, cuando celebramos la Eucaristía, después de haber proclamado la palabra del Señor, tomamos el pan en nuestras manos, miramos hacia Dios, para que intervenga con el poder del Espíritu Santo, pronunciamos las palabras, que consagran el pan y el vino en cuerpo y sangre real de Jesús, y lo distribuimos a los presentes porque, en efecto, Jesús es el ‘pan’ que necesita la humanidad. Un ‘pan’ que sigue siendo el ‘signo eminente’ de la misión mesiánica de Jesús. Desde la última cena del Señor, en efecto, el pan, compartido y distribuido, ha alimentado a muchedumbres y se ha multiplicado hasta lo infinito. A nosotros, los ministros del Señor, se nos pide que seamos los ‘distribuidores’ del pan eucarístico y, también, los surtidores del alimento material que tanta falta hace a los pobres. Urge, entonces, que la Iglesia de Jesús asocie a los ‘sacramentos de la gracia’ los sacramentos de la ‘vida’. Para que haya pan para todos’.

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