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16 Agosto 2020
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La Palabra

P. Rubén Antonio Macías Sapién

Homilía Dominical: Vencer a Dios con la fe: “Mujer, ¡qué grande es tu fe!”

XX Domingo Ordinario

Queridos hermanos y hermanas, dejémonos contagiar por la fe de una mujer, considerada “pagana”, ajena al grupo de creyentes, pero por su grande fe, como dijo Jesús en una ocasión, ella ha sido capaz de mover una montaña, la montaña de Dios y obtener de él, el milagro que deseaba, es decir la salud para su hija. Esta mujer “pagana” ha “vencido a Dios” con su fe.

Una primera reflexión que quisiera compartir tiene relación con la salvación universal, concedida a todos los que oyen y aceptan la llamada de Dios. Un tema que recorre las tres lecturas de este domingo es la salvación extendida a todas las naciones y no solo a un determinado pueblo, a un determinado grupo. El relato de hoy (Mt 15,21-28) nos lleva “fuera” de los confines geográficos e históricos de Palestina, hablando de los textos litúrgicos, pero también “fuera” de nuestra Iglesia y de todos aquellos parámetros que hemos creado para subrayar una “identidad cristiana excluyente”. El Dios de Jesucristo no es Padre y Salvador únicamente del pueblo hebreo, heredero de la Alianza Antigua (1ª Lectura: Is 56,1,6-7), sino que es Dios de todos los hombres y de todos los pueblos; no es solo Padre y Salvador de quienes nos consideramos cristianos, lo es de todo aquel que se acerca a él y clama su ayuda. El evangelio de hoy nos invita a una conversión, a un cambio de mentalidad, a “dejarnos vencer” por la fe de esta mujer “excluida” de nuestros parámetros eclesiales o de conducta, esta mujer pagana que grita “Señor, Hijo de David, ten compasión de mí”, y que, gracias a su grande fe, “vence” la aparente indiferencia de Jesús.

Que importante es, en estos tiempos difíciles, poner en práctica lo que el Papa Francisco nos ha venido pidiendo desde el inicio de su pontificado: ser una “Iglesia en salida”, una Iglesia acogedora y dialogante con el mundo que lo rodea, una Iglesia dispuesta a "salir de la propia comodidad y atreverse a llegar a todas las periferias que necesitan la luz del Evangelio" (EG 20), asumiendo "la dinámica del éxodo y del don, del salir de sí, del caminar y sembrar siempre de nuevo, siempre más allá" (EG 21). Una Iglesia en salida nunca se encierra, nunca se repliega en sus seguridades, nunca opta por la rigidez autodefensiva. Una Iglesia en salida busca ser la casa abierta del Padre que muestra una actitud acogedora y comprensiva con los que se acercan a nuestras parroquias, a nuestros grupos. Una Iglesia en salida no es una aduana, sino la casa paterna donde hay lugar para cada uno (Cf. EG 47), especialmente para los olvidados, los pobres, los que no cuentan (Cf. EG 48).

Recordemos hermanos que en distintos momentos de la historia de Israel y de la Iglesia, se ha optado por la opción de cerrar filas, cuidar la ortodoxia, subrayar los signos de identidad... El tiempo ha mostrado que todo esto no sirvió más que para alargar la crisis. Y al final tuvieron que llegar los cambios, las nuevas visiones, los nuevos caminos. Lo que hoy parece urgente y necesario es dialogar en todos los ámbitos y escuchar todas las voces. Como nos ha enseñado esta pandemia: "o nos salvamos todos juntos, o no se salva nadie". La Iglesia nunca debe dejar de ser casa abierta, lugar de encuentro, espacio de acogida, servicio de comunión y diálogo, de atención a los descartados y sufrientes. Una Iglesia «más humilde y evangélica», como tantas veces pide el Papa Francisco, para que algún día “todos los pueblos puedan llamarla y reconocerla como su propia casa”. Una Iglesia que no ofrezca «migajas», porque si hay un solo Padre de todos, «el pan de los hijos» ha de llegar a todos los hijos. Ni pretenda quitarse de encima (ni consentir que otros lo hagan) a los que «molestan» y gritan y sufren, como es el caso de la mujer Cananea del Evangelio, sino que reconozca y acoja y celebre la fe de los más sencillos, incluidos los “paganos”, los que no “pertenecen” a los esquemas institucionales requeridos.

Hablando de la fe de los sencillos, es el caso de la mujer cananea del evangelio de hoy, les invito a “dejarse contagiar por su fe”, decía al inicio de mi reflexión. Son tres acciones que señalan lo que debe ser la fe. Una es que “se acercó entonces a Jesús”, lo que implica distanciarse de todo otro criterio de salvación, de cualquier otro “salvador” u ofrecedor de soluciones. Acercarse a Jesús significa, en el fondo, reconocer que yo no tengo la salvación en mis manos, que no está en mí garantizar mi futuro, que el sentido de mi historia no está en lo que yo pueda lograr, soñar o proyectar, sino en lo que Él quiera hacer con ella. Es, en última instancia, ponerse en marcha hacia Él, hacia su Palabra, hacia su Evangelio. “Y postrada ante él…” La postración es la segunda acción de la cananea, la cual expresa reconocimiento de la propia pequeñez, de la insuficiencia radical de los propios esfuerzos, de la poquedad de los logros adquiridos a lo largo de la vida, expresa total acatamiento frente al Misterio de Dios en medio de nosotros que desborda, que supera todo, del Dios misericordioso presente y activo en nuestra historia. (Segunda lectura Rm 11,13-15,29-32). Finalmente, en su tercera acción la cananea le dijo: “¡Señor, ayúdame!”. La oración es, así, resumen de una vida asumida en su auténtica dimensión: fragilidad que se hace fuerza en la confianza, en la referencia al Otro, en el abandono. ¡Ayúdame! Es la palabra que sintetiza todas las oraciones de la historia, todos los gritos del mundo, todos los movimientos del corazón hacia el poder de Dios, todos los ojos que se elevan al cielo implorando salvación.

¡Que necesario es, para el hombre de este siglo, aprender de estas acciones, adquirir estas acciones para afrontar con fe las adversidades! Junto con estas tres acciones: “acercarse a Jesús”, “postrarse”, “orar”, es necesaria una actitud fundamental: la humildad. A pesar de estas tres acciones de la mujer cananea, Jesús sigue resistiéndose. “No está bien quitarles el pan a los hijos para echárselo a los perritos”. Ella lo acepta, no dice no lo soy; al contrario, su humildad la lleva a “conquistar” el corazón de Jesús. La fe y la humildad van así unidas y atraen las gracias divinas. La fe de la mujer cananea sorprende a Jesús y, podríamos decir, le “arranca” el milagro. Dios es vencido por la fe, como si nada pudiese ante un hombre realmente creyente que lo espera todo de él y nada de sí. La fe genera vida. En el fondo, me parece que la mujer cananea representa en efecto la actitud fundamental del creyente delante del absurdo de la existencia y de la necesidad de acudir insistentemente a Dios para encontrar auxilio.

“Mujer, ¡qué grande es tu fe! Que se cumpla lo que deseas. Y en aquel mismo instante quedó curada su hija”. Que la fe de esta mujer “pagana” nos ayude a crecer en nuestra fe.

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