
Homilía Dominical: "Salió el Sembrador a sembrar"
XV Domingo ordinario “A”
“SALIÓ UN SEMBRADOR A SEMBRAR…”
La liturgia nos propone, en este XV domingo ordinario una parábola (Mt 13,1-23) que nos sitúa en algo muy ordinario, pero lleno de profundidad; la realidad de un campo de cultivo. Que interesante poder meditar nuestra vida sintiéndonos así, un campo de cultivo, un espacio de terreno llamado a dar vida, a producir, a florecer, a engendrar vida y a dar vida a los demás con los frutos de las cosechas.
Un primer punto que me llama de esta parábola es la afirmación con la cual Jesús comienza su enseñanza: “Una vez salió el sembrador a sembrar y al ir arrojando la semilla…”. El sembrador que “sale”, como sabemos bien, el sembrador es Jesús, enviado por el Padre desde los comienzos de la historia a sembrar la Palabra en los terrenos de los hombres. Él siempre sale, lo suyo es el movimiento, que tiene siempre un objetivo, los hombres, y un proyecto: volver sus corazones al Padre. La semilla contiene el germen de la auténtica vida humana, la que es plena, inmensamente gozosa, armónica e impulsada hacia la eternidad. Jesús siempre sale, siempre esta en movimiento, siempre lanza la semilla, no importa dónde, él siempre está a la acción. El sembrador no se pone a seleccionar los mejores terrenos, Dios no descarta a nadie, en todas partes espera lograr la vitalidad de su semilla, el desarrollo de su vida, ofrecida a todos gratuitamente. Hermanos, démonos cuenta de esta realidad de un Dios que “sale” diario al encuentro de nuestro campo de cultivo que es nuestro corazón, nuestra fe, nuestra vida cristiana. Jesús no descansa, no está “confinado”, no está bloqueado por nada. En estos días de pandemia podríamos pensar que Jesús no habla más, que su acción está detenida. Es verdad que las Iglesias están cerradas, que añoramos una eucaristía presencial, que los sacerdotes estamos “confinados” en nuestras casas…; es verdad eso, pero…, “el sembrador salió a sembrar” y al sembrar arroja la semilla aquí y allá. Dios sigue actuando, Dios nos sigue hablando, Dios sigue arrojando su semilla en los campos de cultivo que somos nosotros, los cristianos de “oídos atentos”, nosotros los cristianos que teniendo ojos vemos, oídos oímos. Que hermosa bienaventuranza nos lanza hoy: “dichosos ustedes porque sus ojos ven y sus oídos oyen”. La primera actitud que les invito a mostrar hoy es este reconocimiento de un Dios a la acción en nuestras vidas, además un Dios que lanza una semilla que es potente, fecunda, portadora de vida, basta que caiga en terreno bueno, basta que seamos esa tierra buena. Démosle importancia a la lectura de la Palabra de Dios, búsquenos a diario abrir la tierra de nuestro corazón a Dios, aún si las Iglesias están cerradas, que tu corazón no permanezca cerrado ante este sembrador.
La segunda reflexión la tomo de esta llamada de atención que nos hace el evangelista Mateo: Hay gente que aun viendo no ve y oyendo no oye ni entiende y esto sucede porque “han endurecido su corazón, han cerrados sus ojos y tapados sus oídos”. Al escuchar esta frase me pongo a pensar en la sociedad en la que vivimos, de hecho, es una bella descripción de lo que hemos sido en los últimos tiempos: todos estamos viendo la destrucción de la naturaleza y …, preferimos cerrar los ojos, todos sufrimos las consecuencias de la corrupción, de la violencia, de los malos gobiernos y…, cerramos los oídos. Nuestro sistema económico, nuestro sistema de sociedad nos está llevando al colapso y, a pesar de verlo, no lo vemos. Dios nos ofrece caminos de solución y no lo oímos, o como dice Mateo claramente: “porque no quieren convertirse ni que yo los salve”. Valdría la pena preguntarnos: ante el sembrador que sale a sembrar, ante un Dios que quiere salvarnos y una sociedad que nos lleva a una deshumanización cada vez más profunda ¿Qué hacemos? ¿Qué actitud tomamos?
Tercera reflexión o invitación: “Pero dichosos ustedes, porque sus ojos ven y sus oídos oyen”. Hermanos esta bienaventuranza esta dirigida a todos nosotros, a ustedes que aceptan recibir la palabra de Dios, a ustedes que trabajan su corazón para hacer de él un terreno de cultivo donde la semilla de Dios dará su fruto, “unos el ciento por uno, otros sesenta y otros treinta”. El sembrador sale a sembrar, esa es nuestra esperanza, es generoso y esparce a manos llenas la semilla de su Palabra, para que ésta produzca fruto se requieren al menos dos condiciones: que la semilla sea buena y de buena calidad, mucho mejor si es seleccionada; el segundo requisito es sobre el terreno: sea apropiado, fértil, limpio, desyerbado, bien cultivado y abonado, regado. En este caso, sabemos y creemos firmemente que la semilla, la Palabra de Dios, es por sí misma y por su naturaleza, sin duda buena, eficaz, capaz de producir frutos de bien. Eso lo creemos y con esta certitud debemos abrirnos a su acción, con esta esperanza multipliquemos los espacios, los momentos para que esta semilla caiga en nosotros.
Lo que si debemos en este momento cuestionarnos es sobre la calidad del terreno que somos, sobre lo fértil de nuestro campo de cultivo: nuestro corazón. ¿Qué tipo de terreno somos? ¿Qué es lo que lo caracteriza? Podemos ser duros para entender la palabra de Dios, como el camino; o inconstantes en nuestra fe, en nuestra vida espiritual, alegrándonos por unos ratos, pero sin dejar que la semilla eche raíces, o vivir preocupados por otras cosas, centrándonos en lo material, las riquezas o simplemente lo sensible sin darle espacio a nuestra realidad espiritual. ¿Qué terreno somos actualmente? Al responder a esta pregunta Jesús te invita, la Palabra de Dios de hoy te invita a trabajarte, a “desyerbar” tu terreno, a limpiarlo; ¿Por qué esperar si el sembrador ya salió a sembrar? ¿Por qué mantener nuestro terreno infértil si la semilla está siendo lanzada?
Vivamos pues abiertos a su palabra, alimentemos nuestro corazón hasta el grado de hacerlo buena tierra y, unidos al sembrador que sale a sembrar, hagamos fructificar esa semilla pues el mundo en que vivimos necesita alimentarse del pan de nuestra vida cristiana, del pan de nuestra fe. Seamos campo de cultivo al servicio del Reino de Dios y de esta humanidad hambrienta del verdadero pan de vida.

