
Homilía Dominical: “Dios conoce profundamente los corazones…”
XVI Domingo ordinario “A”
“Dios conoce profundamente los corazones…”
Estimados hermanos y hermanas, el domingo pasado, al meditar la parábola del sembrador, descubríamos con agrado la invitación del Señor a convertirnos en ese “campo de cultivo” donde él, con su gran bondad, sembrase la semilla de su Palabra, de su vida en nosotros. Nos comprometíamos también a ser esa tierra buena donde la semilla diera fruto abundante, quien el cien por uno, el sesenta o el treinta por uno.
Hoy nuevamente Jesús nos habla en parábolas y nos lleva a meditar sobre nuestra vida espiritual utilizando ejemplos relacionados con ese “campo de cultivo”, pues nuestra vida espiritual, nuestra vida interior, decíamos el domingo pasado, se parece a un campo donde Dios, a través de su espíritu siembra buena semilla, pero “mientras los trabajadores duermen, llegó el enemigo del dueño, sembró cizaña entre el trigo y se marchó” -nos dice el evangelio de hoy- (Mt 13,24-43). Que importante verdad estamos llamados a meditar hoy. Es la verdad de nuestra humanidad, llamada a la santidad, pero expuesta a la fragilidad; la verdad de nuestra vida espiritual donde, a pesar de nuestros esfuerzos por cumplir la palabra de Dios y sus mandamientos, nos encontramos también sujetos a nuestras fragilidades que nos llevan a hacer el mal que no deseamos, como dice San Pablo.
El evangelio nos recuerda que no es solamente Dios quien siembra, sino que hay otros que también lo hacen metiendo en ese campo de cultivo, que es nuestra alma, la mala semilla, la cizaña. Esta parábola de la cizaña y el trigo es ciertamente una descripción de nuestra propia vida personal. En nuestra vida espiritual conviven realidades muchas veces contrapuestas. Somos creyentes, sentimos que amamos a Jesús, deseamos ser santos, pero en la vida cotidiana muchas veces triunfan nuestros egoísmos y nuestras fragilidades. La conversión, lejos de ser un suceso puntual en la trayectoria de nuestra vida, es, más bien, un fatigoso proceso en el que sólo paulatinamente se va abriendo camino la gracia y se va venciendo la tendencia al mal. Jesús lo sabe, Dios lo sabe, nos entiende, Dios se muestra paciente y pide que la plantita de trigo sea cuidada a pesar de la cizaña. Dice la primera lectura (Sabiduría 12,13.16-19): “Con todo esto has enseñado a tu pueblo que el justo debe ser humano…”; Dios respeta nuestra humanidad, sabe lo que somos y nos propone “trabajar nuestro campo de cultivo”, es decir nuestra vida espiritual con la paciencia y el esmero, el cuidado y aceptando los procesos, los tiempos, “dejen que crezcan juntos hasta el tiempo de la cosecha”. Que hermosa es la “religión evangélica” planteada por Jesús, donde toda persona tiene sus oportunidades desde sus experiencias de gracia y también de miseria. Hermanos, una religión no se mide por la enjundia de su “perfección”, sino por la entraña de su humanidad y de su misericordia. Jesús nos invita a descubrir nuestra humanidad, las realidades que envuelven nuestra humanidad, y a partir de ellas, ponernos a trabajar para hacer madurar “el trigo”, la semilla buena en nuestro corazón. Como bien lo dice San Pablo en la segunda lectura (Rom 8,26-27): “Dios conoce profundamente los corazones, sabe lo que el Espíritu quiere decir por los que le pertenecen”.
Tanto la parábola del trigo y la cizaña como la segunda parábola, la de la semilla de mostaza, nos invitan a la paciencia, no a la inactividad, al contrario, nos invitan a permanecer en la firme determinación de seguir creciendo. Ésta es una imagen sumamente importante para la vida espiritual. El crecimiento implica, en primer lugar, el convencimiento de que no es suficiente ser lo que soy hoy, ni seguir haciendo lo que hasta ahora he hecho. Necesito crecer, madurar. Para dar fruto no puedo permanecer siendo semilla, debo germinar, crecer, aún si creo ser tan frágil, tan pequeño. Puedo concebir que en mi vida espiritual lo bueno es tan poco como la semilla de mostaza, pensar que soy lo más pequeño, que mi deseo de santidad y mis acciones buenas son tan pequeñas ante tanta cizaña que a diario es sembrada en mi vida espiritual, pero, recordemos que la semilla que Dios ha sembrado en mí, “ciertamente es la más pequeña de todas las semillas, pero cuando crece, llega a ser mas grande…, y hasta los pájaros vienen y hacen su nido”. Lo importante es vivir en lógica de crecimiento, mantener una vida espiritual en línea de maduración, de trabajo interior, aún si nuestra fragilidad humana, nuestra “cizaña” esta presente en nosotros. La gracia recibida del Señor, la semilla que Dios siembra en nuestros corazones no es infecunda, ni frágil, ella contiene la fuerza para superar a la cizaña y convertirse en una planta llena de vitalidad y de fruto. Lo importante es hacerla crecer, cuidarla, trabajarla con paciencia, hasta el día de la cosecha. Dios nos tiene esa paciencia porque conoce profundamente los corazones.
Por último, la parábola de la levadura en la masa nos invita a trabajar dos actitudes fundamentales de la vida cristiana, de la vida espiritual: la separación y la acción “subversiva”, “transformante”. La primera, el cristiano autentico debe ser distinto, no se puede confundir con el mundo, con sus criterios, con sus modas, con sus valores. La levadura tiene el poder de fermentar la masa precisamente por ser levadura; si fuera masa no sería capaz de fermentar nada. La masa es inactiva, inoperante, inerme. ¡No somos masa!, no debemos ser masa en el mundo de hoy, ¡somos levadura! Debemos recordarlo y vivirlo, y aquí entra la segunda actitud, ser cristiano es ser “subversivo, es ser inconforme, crítico, piedra molesta en el zapato de los poderosos, de los satisfechos y de los orgullosos, es vivir para la transformación, para el cambio, para la justicia, para el triunfo del amor, que no es otro que el triunfo de la cruz. Ser cristiano es cambiar el mundo a través de la propia derrota, del fracaso del amor, del absurdo de la fe. Como la levadura que, aparentemente desaparece en medio de la masa. Estamos llamados a ser ese “poco de levadura” que Dios mezcla en la “masa de nuestro mundo moderno” llamado a fermentar, a sufrir un proceso de cambio y convertirse en una sociedad nueva, útil para nutrir, para alimentar, para ser cocida y llevada a la mesa del hombre de hoy, hambriento de paz, de justicia, de igualdad, de humanidad.
Que el Señor nos de la gracia de ser ese campo de cultivo, cuidado, trabajado, donde la pequeña semilla de la gracia de Dios crece y llega a dar frutos de vida nueva, a pesar de nuestras cizañas. Que seamos “levadura” ahí donde vivimos, donde trabajamos, donde estudiamos; que no pasemos desapercibidos, al contrario, que nuestro testimonio de vida transforme las realidades de nuestro contorno.

