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4 Julio 2020
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La Palabra

P. Rubén Macías Sapién

Homilía Dominical: "Vengan a mí..."

XIV Domingo ordinario “A”

“Vengan, todos los que están fatigados y agobiados…, yo les daré alivio. Vengan a mi”

Queridos hermanos y hermanas, dejemos resonar fuertemente en nuestros corazones las palabras que Jesus nos dirige hoy, a nosotros: “Vengan, todos los que están fatigados y agobiados…, yo les daré alivio. Vengan a mi” (Mt 11,25-30). ¡Vamos hermanos hacia él!, ¿Por qué esperar si somos exactamente nosotros que vivimos en esta zozobra, en esta fatiga? Estar fatigado según la Biblia, tiene que ver con estar rendido, desalentado, desanimado por un esfuerzo excesivo, emocionalmente desmoralizado y debilitado (Mt 6,28; Lc 5,5; 1 Cor 15,10). Hermanos, nuestro México de hoy, nuestra sociedad, nosotros mismos experimentamos esta realidad, ante la pandemia del coronavirus, aquella otra “pandemia”, aún más fuerte, la de la violencia y la inseguridad, la crisis económica y tantas otras cosas que nos agobian y nos fatigan, estas palabras de Jesús van dirigidas a nosotros, vayamos pues a él, aceptemos su invitación, aceptemos su “yugo” que no es otro que la fe en el Dios que él, Jesús, ha venido a revelarnos, aprendamos de él, de su estilo de vida, pues es exactamente su estilo de vida que nos puede traer esa paz, esa vida plena que tanto añoramos.

Vayamos a Jesús y descubramos en él al verdadero rostro de Dios, primer consuelo que necesitamos para poder salir de nuestra zozobra y nuestro agobio. Recuerdo a uno de mis padres espirituales que me citaba esta máxima de vida espiritual: «Dime cómo es tu Dios -tu experiencia de Dios-, y te diré cómo es tu comportamiento con los hombres». Ciertamente, si la imagen que tengo de Dios es el de un ser exigente, controlador, castigador, alejado de mi vida y lleno de normas y leyes, pues así mismo seré yo con los demás: crítico, rápido a juzgar y condenar, indiferente ante el sufrimiento del otro. Si, por el contrario, el Dios en quien creo y experimento es el Dios que siempre me perdona, aunque mis fragilidades me hagan caer, pero en él encuentro misericordia, un Dios que se alegra con mis alegrías, que se solidariza con mis sufrimientos y que combate conmigo para superar las dificultades de mi vida; si es ese mi Dios, pues mi conducta estará iluminada por todos esos rasgos y mi comportamiento con los demás será de la misma manera.

Hoy, Jesús en el evangelio, antes que nada, nos invita a descubrir el verdadero rostro de Dios, pasando por él y viendo en él ese rostro de Dios: “Nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar”. Pues bien: El rostro de Dios que ha experimentado, del que vive y habla Jesucristo es alguien cercano, a quien, en cualquier momento del día, y en cualquier lugar, en medio de las cosas cotidianas, le dirige espontánea y sencillamente lo que siente y lleva en el corazón. Y este modo de sentir y vivir a Dios, le lleva a descubrirse y actuar como una persona pendiente de «los cansados y agobiados». El Dios de Jesús es un Dios cercano, sencillo, abierto, un Dios acogedor que nos invita a ir hacia él. Su Padre se conmueve ante los perdidos y abandonados de la sociedad y de las estructuras religiosas, ante los que no tienen esperanza, ante quienes se ven sobrecargados de preceptos, normas, condiciones, ritos minuciosos, prohibiciones, condenas... incluso «en el nombre de Dios». Por eso mismo Jesús se siente llamado a salir de los esquemas tradicionales y convocar a todos aquellos que necesitan experimentar el rostro de un Dios misericordia, consuelo, descanso, liberación: ¡Vengan a mí!

Jesús es un profeta sobre todo «acogedor», y que ha formado un grupo de discípulos acogedores, para que salgan a buscar, como él, a quienes se sienten señalados, juzgados, rechazados, marginados, olvidados... Y los acojan con gestos, palabras, actitudes y hechos... A su lado, tienen que sentirse incondicionalmente queridos y aceptados. Por eso hoy nosotros, la Iglesia -cada bautizado-, tú y yo, tenemos que ser capaces de proclamar con mucha fuerza y claridad a los hombres de hoy y de todos los tiempos: «Venid a mí... ven a mí tú que...»

Que hermosos serían nuestros grupos eclesiales, nuestras congregaciones, nuestras Iglesias si los que las componemos comenzáramos a mostrar gestos de acogida, de cercanía, de solidaridad; que nuestras palabras y nuestros actos dijeran:

“Ven a mí tú que vives “oprimido” por tantas normas y prescripciones religiosas que te marginan de la comunidad por no estar en regla, cuando una sola norma es importante: la ley del amor. Ven para vivir la fraternidad.”

“Ven a mí, tú que estas cansado y empobrecido por tanta corrupción, por quienes usan el poder público para enriquecerse y saquear al pueblo. Ven, que te voy a enseñar la felicidad que brota de servir y cuidar a los otros, ven que te voy a mostrar quiénes son los favoritos de mi Padre del cielo, y lo que está dispuesto a hacer por ellos, por ti, por ustedes”.

“Ven a mí, tú que te esfuerzas por superarte, pero tus fragilidades te mantienen una y otra vez en el error. Ven que quiero ser tu fuerza y mostrarte lo que es la misericordia y la esperanza”.

“Ven a mí, tú que has recorrido los caminos del mal, del odio, de la corrupción, del egoísmo. Ven y haré de ti una persona nueva, con corazón nuevo donde exista la solidaridad, la justicia y el compromiso por el otro”.

¡Vengan a mí! La invitación es ir a Él, a refugiarse en Él, a fundirse con Él, a asumir su Espíritu porque es en él que tendremos vida. Una vez más, es la practica del Evangelio la clave ofrecida por Jesús a todos los hombres para transformar completamente sus vidas. Para poder vivir el evangelio, llevar “ese yugo” se requiere aceptar el Espíritu de Jesús, dejarnos habitar por el espíritu de Jesus (Segunda lectura: Rm 8, 9,11-13). ¿Quién tiene de verdad el Espíritu de Dios y de Cristo? En realidad, quien no vive en su "yo" soberbio y carnal que engendra muerte, es decir, el egoísmo puro. Por "carnal" no entendemos algo sexual, sino más bien todo aquello que es contrario al Espíritu, a su libertad, a su entrega, a su magnanimidad. Todo aquello que nos encierra en nosotros mismos y nos aleja de ese Dios acogedor que dice al pobre, al desvalido, al agobiado: Ven a mí. La presencia del Espíritu en nosotros no puede ser distinta de la que experimentó Cristo. Por tanto, vivir, ser habitados por el Espíritu, es sentir sobre uno mismo y sobre Dios, lo que se nos ha descrito en el evangelio de hoy.

Queridos hermanos, la primera lectura comenzaba con esta proclamación: “Alégrate sobremanera, hija de Sión”, mira a tu rey que viene a ti, justo y victorioso, humilde y montado en un burrito” (Zac 9.9-10), alegrémonos pues y vayamos a él, Jesús, nuestro rey, manso y humilde de corazón; vayamos a él y aprendamos pues su Evangelio de amor y solidaridad nos trae consuelo y alivio.

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