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14 Junio 2020
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La Palabra

P. Rubén Antonio Macías Sapién

Homilía Dominical: Jesús se compadece de las multitudes

XI Domingo ordinario “A”

“Al ver Jesús a las multitudes, se compadecía de ellas” (Mt 9, 36)

Estimados hermanos y hermanas, retomamos al tiempo ordinario después de haber vivido celebraciones llenas de sentido, de simbolismo y de fuerza en nuestra vida cristiana y en nuestra fe. La liturgia de hoy nos sitúa en el domingo decimoprimero del Tiempo Ordinario. ¡Qué importante escuchar que también en la liturgia retomamos ¡“el tiempo ordinario” !; que motivante escuchar que es tiempo de volver a una vida normal, pero no para repetir lo mismo; que triste sería que todo lo vivido en esta pandemia finalmente no nos haya dejado ninguna enseñanza, ningún cambio, ninguna novedad en nuestro estilo de vida.

Las lecturas de hoy, sobre todo el evangelio de san Mateo (Mt 9,36-10,8) nos presenta a Jesús que envía a sus discípulos a su primera misión; pero antes de esta acción, Mateo nos revela algo fundamental para entender esta misión de los doce y de todo cristiano enviado, de todo cristiano que “retoma la normalidad” pero sintiéndose enviado por Jesús, Buen Pastor. Mateo nos narra la sensibilidad de Jesús al contemplar a las multitudes, de las que se compadecía porque “estaban extenuadas y desamparadas, andaban como ovejas sin pastor”. Creo importante explicar esas dos palabras que describen lo que Jesús vio y cómo lo vio: el término griego que se traduce por “extenuadas” (eskulménoi) significa literalmente: explotadas, torturadas, acosadas; de igual manera, el término “desamparadas” (enripménoi) significa: estar postrado, derribado. Ante este espectáculo, Jesús experimenta una auténtica conmoción interior, expresada por un término fuerte: “se compadeció de ellas (splagnizomai), que es literalmente la sacudida de las propias entrañas ante una visión o experiencia impactante y desestabilizadora. Así es hermanos, como esa “sacudida interior” que sentimos ante las situaciones que esta pandemia está generando aquí y allá. Hermanos, el Dios de los cristianos no es un dios impasible, indiferente, que pudiese permanecer impávido ante los sufrimientos humanos. Todo lo contrario, el dolor de los pobres lo “conmociona”. Y Él mismo se siente interpelado por dicho sufrimiento.

Hermanos, creo que es importante hacer una trasposición a nuestro presente, al hoy de nuestra historia, porque Jesús sigue vivo en ella; preguntémonos: ¿Qué sentirá el Señor ante las multitudes de hoy? ¿Qué pasa en el interior de Jesús ante nuestro pueblo “extenuado” por esta pandemia, “desamparado” ante la crisis económica y social? Ciertamente Jesús sigue sintiendo compasión y sigue dando su vida para que tengamos vida en él (Segunda lectura: Romanos 5,6-11). Y así como lo hizo frente a los doce, conmoviéndose y enviándolos a la misión, hoy Jesús nos envía a nosotros pidiéndonos mostrar esa misma “conmoción” y ese mismo compromiso por el bien de los demás. Hermanos es importante hoy hacernos esta pregunta: ¿Y cómo vemos nosotros a las multitudes hoy en día? ¿Qué sentimos en nuestro interior ante las multitudes “extenuadas y desamparadas” de nuestro México enfermo y postrado por esta situación?

Quizá en algunos de nosotros haya una esperanza en la post pandemia o en la “nueva normalidad” y comencemos a movernos, pero reflexionemos hermanos. La verdad es que no podemos volver a ser los mismos de antes, no se vale, esto ha sido demasiado fuerte como para ignorarlo. No se vale retomar el mismo estilo de vida egoísta, individualista, incapaz de “conmoverse” ante las multitudes, como lo hacíamos antes de la pandemia. Creo que Dios nos ha llamado a una vida nueva por medio de esta pandemia del coronavirus. En todo caso, es necesario sentir con Jesús, y que las multitudes extenuadas y desamparadas nos muevan el corazón a todos los que pretendemos ser cercanos a los sentimientos del Señor. Es indispensable huir del individualismo que nos lleva a encerrarnos en nuestro pequeño mundo. El Señor nos llama a ensanchar nuestro corazón y a sentir junto con él atendiendo a las multitudes.

Me llama mucho la atención las palabras que Jesús dirige a sus discípulos al enviarlos a ser misioneros compasivos, pastores que dan la vida por el pueblo. En primer lugar, Jesús comparte con sus doce discípulos, y también con nosotros, sus discípulos de hoy, su solicitud por los que andan como ovejas sin pastor, diciéndonos: “La cosecha es mucha y los trabajadores, pocos. Rueguen, por lo tanto, al dueño de la mies que envíe trabajadores a sus campos” (Mt 9, 37-38). Además de sumarnos todos a los sentimientos de Jesús el Buen Pastor, él nos invita a sumarnos a la oración dirigida al Dueño de la mies, para que envíe trabajadores a la misma. Pidamos para que nuevamente nuestras casas de formación en Arandas, San Juan del Río, Torreón o Salamanca para nosotros los xaverianos, o en las casas de las demás congregaciones, estén llenas de jóvenes enamorados de Cristo y de su Iglesia.

Ademas de la oración, primer deber de todo cristiano y de todo misionero, Jesús añade: “Vayan y proclamen por el camino que ya se acerca el Reino de los cielos” (v. 7). No se vale que sigamos siendo cristianos “mudos”, “temerosos” incapaces de dar esperanza a estas multitudes extenuadas, agobiadas, somos enviados como “misioneros de la esperanza”, como “portadores de la consolación de Dios” (Papa Francisco); ante tanta miseria proclama, anuncia la cercanía de Dios. “Curen a los leprosos y demás enfermos” (v. 8), no se vale mas indiferencia ante esta pandemia, cientos de miles están enfermos, decenas de miles mueren, no podemos seguir solo cuidándonos de no enfermarnos. El cristiano esta llamado a mirar de frente las situaciones de miseria e injusticia imperantes en la sociedad y a empeñar sus propios talentos, su riqueza personal y su creatividad para aliviar esos sufrimientos y para contribuir a la transformación de la sociedad. ¡Que hermoso testimonio el de tantos cristianos que están “aliviando” los sufrimientos de sus hermanos en estos tiempos de pandemia! “Resuciten a los muertos y echen fuera a los demonios” (v.8). El discípulo tiene la capacidad y está obligado a expulsar de la historia toda realidad “endemoniada”, es decir expulsar el “espíritu inmundo” de la indiferencia y la insolidaridad; el que comparte sus bienes con los pobres arroja lejos el demonio de la avaricia y del egoísmo; quien opta por la verdad, aunque la verdad a veces cueste alto y obligue a enfrentar las consecuencias de los propios actos, vence al demonio de la mentira; quien denuncia los atropellos de los poderosos y se pronuncia a favor de los pequeños, exorciza al demonio del poder tiránico y de la injusticia. No se vale regresar a la normalidad permitiendo que ella sea nuevamente “poseída” por tales demonios. Hemos ya sufrido tanto por tales demonios.

Hermanos las palabras de Jesús hoy son por demás fuertes para nosotros, enviados a dar testimonio en este tiempo de apertura a la “nueva normalidad”: “Llamando a sus doce discípulos, les dio poder para expulsar a los espíritus impuros y curar toda clase de enfermedades y dolencias” (v 10,1). Nada más necesario que exorcistas y médicos para un mundo endemoniado y enfermo: auténticos discípulos cristianos, discípulos misioneros. Vayamos pues hermanos, como Moisés al bajar del monte (primera lectura, Éxodo 19,2-6) a cumplir nuestra misión, recordando lo que Dios nos dice: “ustedes serán para mi un reino de sacerdotes y una nación consagrada”. Somos enviados a “desdemonizar” el mundo y a sanar todo dolor. Que Dios nos ayude a “aliviar” los sufrimientos de tantas personas y a “expulsar” todo aquello que no viene de Dios, que no refleja su corazón, que no nos lleva al amor fraterno y universal.

¡Buena misión!

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