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7 Junio 2020
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La Palabra

P. Rubén Antonio Macías Sapién

Homilía Dominical: La Santísima Trinidad

Santísima Trinidad   “A”

“Tanto amó Dios al mundo”

Queridos hermanos, la semana pasada el Señor “sopló” en nuestros corazones la fuerza de su Espíritu y nos envió en su nombre anunciar a nuestro mundo la verdad de un Dios presente en nuestra humanidad, comprometido con nosotros en la reconstrucción de nuestra sociedad, de la así llamada nueva normalidad. Hoy, las lecturas bíblicas de este domingo, fiesta de la Santísima Trinidad, nos ayudan a entrar en el misterio de la identidad de Dios. Iluminados por el Espíritu Santo, que nos fue dado para que nos revelara la verdad sobre todas las cosas, acerquémonos a ese grande misterio que estamos llamados a experimentar y testimoniar en el mundo de hoy: la presencia de Dios en medio de nosotros. De hecho, la segunda lectura así lo manifiesta en la boca de San Pablo saludando a la comunidad de Corinto: «La gracia de nuestro Señor Jesucristo, el amor del Padre y la comunión del Espíritu Santo estén con todos ustedes» (2 Corintios 13, 13).

Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo, he ahí el Dios en medio de nosotros. No es cuestión de entrar en discusiones teológicas. Pero sí de dejar que llegue a nuestro corazón un mensaje claro: Dios es amor. Y no es otra cosa. Padre, Hijo y Espíritu Santo son relación de amor entre ellos. Y en ese amor viven en la más perfecta unidad que imaginarse pueda, una vida de comunión y de amor perfecto, origen y meta de todo el universo y de toda criatura. ¡Dios!

Pero ese Dios, dinamismo de amor, no vive para sí; las lecturas de hoy nos ayudan a comprender la identidad de ese Dios amor en sus obras, y lo que vemos es algo maravilloso: ese amor se vuelve hacia nosotros. En la primera lectura (Ex 34,4-6,8-9) Moisés testimonia que “el Señor descendió en una nube y se le hizo presente” y que al “pasar delante de él” le revela su identidad: “Yo soy el Señor, compasivo y clemente, paciente, misericordioso y fiel”. Dios Trinidad no es pues un Dios lejano, incomprensible, un misterio difícil a descifrar; no, no es así, es mas bien un Dios que desciende a nuestra realidad, que pasa en medio de nosotros. Aún más, Moisés hace una súplica que creo puede resumir nuestra oración en este momento, ante nuestra realidad de regreso a una “nueva normalidad”, tan llena de incertidumbre, de obscuridad; “Si de veras he hallado gracia a tus ojos, dígnate venir ahora con nosotros…” (v. 9). Hermanos meditar y celebrar la Santísima Trinidad significa hacer esa experiencia de un Dios presente en nuestra vida, un Dios misericordioso, compasivo, dispuesto a darse, a comunicarse con nosotros, a comprometerse con nosotros; a ese Dios nuestra oración no puede ser otra en este momento tan dramático de nuestra historia: “Señor dígnate venir ahora con nosotros”.

En Jesús se nos revela de manera perfecta y total el amor del Padre y el Espíritu nos ayuda a reconocerlo en todo su esplendor. El evangelio de hoy (Juan 3,16-18) nos lo dice tan claro: “Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único”. Es decir, se entregó a sí mismo. Se dio totalmente por nosotros. Sin medida. Sin condiciones. Esa es la verdad de Dios revelado en Jesucristo, hermanos. ¿Cómo es posible que haya gente que todavía piense que Dios anda persiguiéndonos para castigarnos, para ponernos dificultades y piedras en el camino, para condenarnos incluso? Hay que repetir muchas veces ese texto: “Tanto amó Dios al mundo...” Y dejar que nos llegue adentro ese cariño inmenso de Dios y darnos cuenta de la incongruencia que supone pensar que Dios pueda estar planificando nuestra condenación o que pueda tener pensada la destrucción de este mundo y de sus hijos. Dios, lo dice también el evangelio de hoy, quiere que “el mundo se salve”. El misterio de hoy nos pone de frente a esta realidad de Dios: Es un dios que por amor se entrega puesto que quiere comunicarse dándonos salvación.

Insisto hermanos, la Trinidad no es un concepto a entender sino una realidad a vivir, a experimentar en nuestro encuentro con Dios y a reproducir en el encuentro con el hermano, a reflejar en nuestras relaciones y en nuestros compromisos. Es la experiencia del Dios que se entrega por ti para amarte y para traerte salvación, un Dios que pasa frente a ti, que entra en ti para que tu hagas lo mismo, es decir comunicarte con amor con el prójimo, dejar toda actitud de condenación y luchar por amar al prójimo. San Juan de la Cruz ha podido escribir: «Pon amor donde no hay amor, y encontrarás amor». Y esto es cierto, porque es lo que Dios hace siempre. Pon amor donde no hay amor y encontrarás a la Trinidad, y manifestarás al Dios amor. Él «ha enviado a su Hijo al mundo (…) para que se salve» (Jn 3,17) gracias a la vida y al amor hasta la muerte en cruz de Jesucristo. Hoy le contemplamos como el único que nos revela el auténtico amor.

Se habla tanto del amor, que quizá pierde su originalidad. Amor es lo que Dios nos tiene. ¡Ama y serás feliz! Porque amor es dar la vida por aquellos que amamos y por aquellos que son excluidos, marginalizados, como lo hizo Jesús. Amor es gratuidad y sencillez. Amor es vaciarse de uno mismo, para esperarlo todo de Dios. Amor es acudir con diligencia al servicio del otro que nos necesita. Amor es perder para recobrarlo al ciento por uno. Amor es vivir sin pasar cuentas de lo que uno va haciendo. Amor es lo que hace que nos parezcamos a Dios. Amor —y sólo el amor— es la ¡eternidad ya en medio de nosotros! Es Dios Trinidad en medio de nosotros.

Me viene a la mente esa hermosa invitación que Papa Francisco nos hacía en esta misma festividad, pero en el año 2014: “El Espíritu Santo, don de Jesús Resucitado, nos comunica la vida divina y de este modo nos hace entrar en el dinamismo de la Trinidad, que es un dinamismo de amor, de comunión, de servicio recíproco, de compartir. Una persona que ama a los demás por la alegría misma de amar es reflejo de la Trinidad. Una familia en la que se ama y se ayudan unos a otros es un reflejo de la Trinidad. Una parroquia en la que se quiere y se comparten los bienes espirituales y materiales es un reflejo de la Trinidad”. (Papa Francisco, homilía Santísima Trinidad 2014)

Al celebrar esta festividad, en este contexto de regreso a la normalidad qué importante es entrar en este dinamismo de la Trinidad, comprometernos a ser “reflejo de la Trinidad” como nos dice el Papa, en nuestras relaciones, en nuestros compromisos, en nuestras luchas por una sociedad mejor. Un reflejo de ese Dios, que no nos envía para condenar sino para salvar y esto siguiendo una sola ley: “Tanto amó Dios al mundo”, la ley del amor total, al extremo; que no es otro que dar la vida para que el mundo tenga vida.

Queridos hermanos, la Trinidad no es una mera teoría teológica sino algo muy real que experimentamos interiormente y compartimos comunitariamente, pues al vivir en el dinamismo de la Trinidad, al ser “reflejo” de ella manifestamos lo que San Pablo afirma propio de cada comunidad de creyentes y de cada cristiano: “Estén alegres, trabajen por su perfección, anímense mutuamente, vivan en paz y armonía”. Que, en nuestro regreso a la normalidad, llevemos en nuestro corazón ese dinamismo de la Trinidad y nos comprometamos a salvar el mundo por medio del amor, la justicia, la paz y la entrega total.

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