
Homilía Dominical: "Yo soy la luz del mundo"
4º Domingo de Cuaresma “A”
“Mientras esté en el mundo, yo soy la luz del mundo”
Estimados hermanos, muchos de ustedes estarán leyendo este comentario desde sus casas, sin tener la posibilidad de escucharlo de manera presencial en una Eucaristía; a todos ustedes me dirijo en primer lugar, animándolos a permanecer en casa y, desde ahí, acercarse al Dios que está en todo lugar y que, desde su corazón quiere hacerles sentir su palabra y su bendición. Como diremos mas adelante, el Dios de Jesucristo es el Dios que “ve”, que nos ve, que no pasa de largo sino se acerca y nos salva. Nada pasa desapercibido a su amorosa y penetrante mirada. En estos días de contingencia sanitaria, sintamos la mirada de Dios que nos alienta, nos purifica y nos recrea.
La liturgia del 4º domingo de Cuaresma nos presenta el relato del ciego de nacimiento (Jn 9, 1-41); en este relato, San Juan nos invita a reflexionar sobre nuestra fe a partir de esta realidad tan natural como lo es el “ver”. Para San Juan, “ver” y “creer” son dos condiciones esenciales para el seguimiento de Cristo y el discipulado. La primera invitación de la Palabra es la de aprender a ver la realidad, los acontecimientos y las personas como las ve Dios, a partir de la “mirada” de Dios puesto que, como dice el escritor sagrado, “el hombre ve las apariencias, pero Dios ve el corazón” (1Sam 16,7). Una segunda invitación es a aprender a no perder la fe ante la realidad, los acontecimientos y las personas, por muy difíciles y negativas que ellas se nos presenten; ante toda realidad hay que comprometerse, como Jesús, hay que reaccionar viviendo “como hijos de la luz” (Segunda lectura: Ef 5,8).
En el primer versículo del Evangelio de hoy, San Juan afirma: “Jesús vio al pasar a un ciego de nacimiento” (Jn 9,1); quiero llamar la atención sobre esta acción pues es, desde ahí, que parte mi reflexión y es el corazón de la primera invitación de esta pagina del Evangelio. Jesús, al pasar, en su acción salvadora, ve a esta persona en dificultad, lo ve y actúa. No sólo él lo ve, nos dice el texto que también sus discípulos, pero ellos sólo pueden ver a un pecador. Ademas de ellos, los vecinos del hombre ciego, que desde siempre “lo conocían”, sólo ven a un mendigo que pide limosnas y los fariseos “no ven” al ciego, ellos ni lo consideran, sino que centran la mirada en aquel que le devuelve la vista transgrediendo el sábado, ellos sólo ven la ley “transgredida”. Incluso los padres del ciego, ante la amenaza de ser expulsados de la sinagoga, prefieren no comprometerse y hacer como si no vieran lo que ha pasado. Hermanos, esta es nuestra realidad, la realidad del “mirar” del hombre, esclavo de su egoísmo, de sus leyes, de sus religiones “vacías” de la mirada de Dios, de sus compromisos, cada uno mirando de acuerdo con las claves de lectura que lleva en el corazón. Es triste, pero esa es nuestra realidad. Pero no quiero entretenerme en ello, sino mas bien en el “mirar” de Jesús. Pues esa es la invitación que la Palabra nos hace: aprender a mirar como Jesús nos mira.
Entre todos esos personajes, sólo Jesús reconoce en el ciego una persona. Sólo Jesús ve en el ciego a alguien en quien se pueden manifestar “las obras de Dios” (cf. Jn 9, 3b). A través de la humanidad de su mirada, Jesús revela la mirada de un Dios que “ve el corazón” (1Sam 16,7). Un Dios que no juzga, como lo hicieron los discípulos, o que vive de prejuicios, como los vecinos, o que antepone la ley, como hicieron los fariseos, o que no se compromete, como los padres del ciego; Jesús ve la persona, en su totalidad, con sus conflictos y miserias, y descubre en él una oportunidad para que Dios se manifieste en él, para que sus obras se realicen en él, porque es un Dios que se compromete con el débil, con la persona en dificultad; es un Dios que ve y salva.
Esta primera afirmación nos debe llenar de esperanza, sobre todo en estos días de angustia por la pandemia que nos acecha. Mucha gente, en estos días se pregunta, ¿y Dios donde está? Parece que no ve, que está ciego o que es indiferente a nuestros dolores. No, hermanos, sobre el mundo y sobre nuestra historia personal hay una mirada, unos ojos que no dejan de vernos: los de Dios. No creamos que Dios es como nosotros, que seguido nos hacemos “de la vista gorda” ante el grotesco espectáculo de caos imperante. Nada pasa inadvertido a su amorosa y penetrante mirada.
Hay otro detalle del evangelio que quiero sacar a la luz para entender la profundidad del mensaje de hoy. Dice el evangelio que Jesús “escupió en el suelo, hizo lodo con la saliva, se lo puso en los ojos y le dijo: Ve a lavarte…, él fue, se lavó y volvió con vista”. Esto es un gesto profético, me recuerda a la creación, a ese gesto de Dios en la primera mañana del mundo, (Gen 2) en el que las “manos” divinas hacen al hombre con barro de la tierra (con polvo). Jesús escupe en el suelo y con el “barro” resultante unta lo ojos del ciego. El polvo es la imagen de la debilidad del hombre, de nuestra naturaleza, que cuando se une a la “saliva” de Dios, a su fuerza, nos regenera, nos recrea. Hermanos, ante lo que estamos viviendo, necesitamos pedirle a Dios que toque nuestro “polvo” con la saliva de su misericordia y haga de nosotros, de nuestro mundo una nueva creación. Necesitamos que nuestra humanidad sea “recreada”, que nuestro mundo sea “recreado”. Estamos viendo como nuestro mundo entra en un caos, esta pandemia esta mostrando la fragilidad de nuestro sistema económico, la perversidad de nuestro modo de vivir que destruye la naturaleza, la fragilidad de nuestra salud y de nuestra humanidad. Necesitamos que Dios toque nuevamente el polvo de nuestra humanidad y le devuelva la posibilidad de ver, de descubrir la luz, de existir. Nos dice el evangelio, que después de tocar con barro los ojos del ciego, le pidió que fuera a lavarse. Hermanos, es necesario elevar nuestra oración a Dios para que nos regenere, nos recree, nos devuelva la posibilidad de existir, pero también tenemos que poner de nuestra parte; necesitamos “ir a lavarnos”; necesitamos “quitar” de nuestro modo de vivir, todo aquello que nos mantiene en la obscuridad, en la muerte, en el caos. Necesitamos recuperar la fe en Jesús y darle nuevamente su lugar en nuestro mundo, en nuestra sociedad, en nuestra manera de vivir. Jesús nos dice hoy algo esencial, indispensable: “Mientras esté en el mundo, yo soy la luz del mundo”. Podemos tener los ojos bien abiertos, pero sin luz, no veremos nada, seguiremos en la obscuridad más profunda. Es lo que nos pasa, la naturaleza está siendo destruida por nuestro modo de vivir y “no lo vemos”; la sociedad que hemos creado nos está matando “y no lo vemos” a pesar de tener los ojos abiertos. Nuestro mundo está viviendo este caos, esta realidad porque ha querido sacar a Jesús de su estilo de vida; he ahí nuestro compromiso: “ve a lavarte a la piscina de Siloé”. Ese mandato que Jesús hace a los cristianos significa: ir, llevando a toda la humanidad, a lavarse en la piscina de la fe en Jesús. Siloé significa “enviado”; Jesús es esa piscina, es esa agua que nos purifica, es esa luz que nos puede salvar. El hombre debe ir a lavarse a la piscina del «enviado», quien es el mismo Jesús. Podemos decir que aquel hombre ciego no es curado = salvado, por la saliva y el barro, sino por lavarse, es decir por sumergirse en el misterio de la vida del Señor, por sumergirse en el agua de la Fe en Jesús. Es un juego de imágenes llenas de sentido.
Hermanos, en este domingo de cuaresma, en medio de la incertidumbre que estamos viviendo Jesús se alza como la luz del mundo, es necesario creer en él. Es necesario proclamar nuestra fe en él. La fe ayuda a ver más allá de lo evidente, de lo inmediato y de lo superficial. La fe ilumina la inteligencia y los sentidos para descubrir y reconocer lo bueno, lo bello y lo verdadero. La fe le permite al ciego de nacimiento reconocer que Jesús viene de Dios y puede realizar sus obras. Pero también le permite, junto con la capacidad biológica de ver, contemplar el rostro de Jesús y confesar: “Creo, Señor” (cf. Jn 9,38). Que este domingo de cuaresma seamos capaces de ver con claridad y proclamar como el ciego de nacimiento: “Creo Señor”, y postrándonos, lo adoremos.

