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13 Marzo 2020
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La Palabra

P. Humberto Mauro Marsich

Homilía Dominical: "Mujer dame de beber"

TERCER DOMINGO DE CUARESMA A

“MUJER, DAME DE BEBER” 

(Jn 4, 5-42)

En su caminar hacia la región de Cananea, Jesús pasa por la tierra de los samaritanos, tradicionales enemigos de los judíos, y se detiene para tomar agua del pozo de Siquem: “Llegó Jesús –relata el evangelista Juan- a un pueblo de Samaria, llamado Sicar, cerca del campo que dio Jacob a su hijo José”. Ahí se encuentra con una mujer del pueblo y le pide de beber: “¡dame de beber!”. La mujer samaritana se asombra. En primer lugar, porque Jesús es judío, enemigo de los samaritanos y, en segundo lugar, porque las costumbres judías no permitían, a una mujer sola, hablar con desconocidos. Sin embargo, Jesús rompe esquemas, cuestionando las tradiciones judías, injustas y discriminatorias. A Jesús, de hecho, lo que más le importa es el ‘bien’ de la persona. Entre Jesús y la mujer se establece, en seguida, un diálogo profundo y transformador.

La oferta de Jesús: el ‘agua viva’.

La oferta, que Jesús hace a la samaritana, de un ‘agua viva’, que quita la sed para siempre, le provoca sorpresa y suscita su interés. Luego, Jesús le da a entender que su agua es “don de Dios”, capaz de calmar la sed para siempre: “el que beba del agua que yo le daré –le ratifica a la mujer- nunca más tendrá sed”. La metáfora del ‘agua viva’, que Jesús utiliza, poco a poco conduce a la mujer hacia el descubrimiento del don del Espíritu Santo y de su gracia santificadora. En efecto, como el agua es indispensable para la vida natural, así lo es el Espíritu para alcanzar la vida eterna. Benedicto XVI, en el mensaje de la cuaresma de 2011, así reforzaba el significado del ‘agua viva’ de Jesús: “la petición de Jesús a la samaritana, “dame de beber”, que se lee en la liturgia del tercer domingo de cuaresma, expresa la ‘pasión’ de Dios por todo hombre y quiere suscitar en nuestro corazón el deseo del don del “agua que brota para la vida eterna”: es el don del Espíritu Santo”.   

La samaritana reconoce el profetismo de Jesús.

La Samaritana, según el relato, no llega a comprender de inmediato las misteriosas palabras de Jesús y, desde luego, continúa pensando en el agua que apaga la sed del cuerpo y la pide a Jesús: “Señor, dame de esa agua para que no vuelva a tener sed…” Jesús, entonces, para poderle llegar al corazón y despertar su fe, intenta el camino de la clarividencia. En efecto le descubre la vida anterior y le clarifica el presente escandaloso de concubina: “has tenido cinco maridos y el de ahora no es tu marido”. A este punto, la mujer reacciona y cree: “veo que eres un Profeta” y en seguida, le hace preguntas.

A Dios se le adora en espíritu y verdad.

Jesús, contestando a su manera, le anuncia que, en el nuevo tiempo mesiánico, que ya ha iniciado con su presencia, a Dios se le adora en “espíritu y verdad”, más que en determinados lugares. Luego, confirma que el Salvador y la salvación sí vienen del pueblo judío, por serlo Él mismo, y que adoradores verdaderos son aquellos que han nacido del Espíritu y han sido santificados por la Palabra. Sólo es digna de Dios, en efecto, la adoración que hinca sus raíces en la novedad de vida de Jesús, y que él mismo otorga, por medio del Espíritu y el agua. Con la fuerza de su palabra, en fin, Jesús convence a la mujer, quien termina su diálogo creyendo: “Señor, ya veo que eres Profeta”. Con su testimonio, a su vez, contagia a los demás samaritanos, induciéndolos a creer en Jesús.  

El cántaro olvidado…

A este punto, el evangelista relata el detalle del ‘cántaro olvidado’. El entusiasmo, por cierto, tanto impulsa a la mujer a correr hacia el pueblo para anunciar su descubrimiento que olvida el cántaro en el brocal del pozo. Ese cántaro, en realidad, es el ‘testigo silencioso’ de la conversión de la mujer y el ‘símbolo involuntario’ del corte con su pasado pecaminoso ‘olvidado’. Alejándose de ese pasado, gracias a Jesús, la samaritana inicia una vida nueva.

El alimento de Jesús: hacer la voluntad del Padre.

En el lapso de tiempo en que la mujer, en una explosión espontánea de júbilo, corre al pueblo, los discípulos regresan, adonde Jesús estaba, y lo invitan a comer. Jesús los tranquiliza y les responde de manera inédita: “mi alimento es hacer la voluntad de mi Padre”. En efecto, para Él, el cumplimiento de la voluntad del Padre es necesario como lo es, para el hombre, el alimento natural. La historia de esa mujer es, de alguna forma, de todos. De hecho, sólo el encuentro con Jesús podrá cambiárnosla como cambió la de la Samaritana. Haciendo nuestra, en fin, la reflexión del Papa Benedicto, aceptamos que “sólo el agua, que nos da el Hijo, irriga los desiertos del alma, inquieta e insatisfecha, hasta que descanse en Dios” (S. Agustín).

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