
Homilía Dominical: "Lázaro sal de ahí"
¡Lázaro, sal de ahí!
Queridos hermanos, henos aquí casi al final de nuestro camino cuaresmal, estamos en el quinto domingo y hoy nuevamente Jesús nos invita a mirar hacia la Pascua, hacia la nueva vida que él nos da, que él nos trae. Los domingos anteriores, Jesús se había presentado a nosotros como aquel que responde al hombre herido por la sed, la insatisfacción y la ceguera. Él, en persona, es el agua que sacia nuestros deseos más profundos y la luz que ilumina nuestras noches. Ante la herida de la muerte y de la vida, hoy nos dirá: “Yo soy la resurrección y la vida. ¿Crees esto?”. (Jn 11, 26). Así pues, los tres momentos del itinerario de la fe -conversión, iluminación, comunión- quedan claramente destacados a través de estos tres domingos. La samaritana es, sobre todo, conversión; el ciego de nacimiento es iluminación; la resurrección de Lázaro destaca la vida nueva que nos viene de la comunión con el Señor muerto y resucitado. Este ha sido nuestro caminito cuaresmal que culmina hoy con esta realidad: Jesús es quien nos da la vida, él es la “resurrección y la vida”.
Este domingo pues estamos llamados a meditar en esa vida nueva que Jesús nos “devuelve” al entrar en comunión con él, al creer en él, porque él es la resurrección y la vida. Queridos hermanos, al leer y meditar el texto de hoy (Jn 11,1-45), en este contexto dramático de la pandemia, de la muerte, de la enfermedad de tantas y tantas personas en el mundo por el coronavirus, no puedo dejar de sentir ese deseo de decirle a Jesús, como Marta y como María: “Señor, si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano”. Al meditar estos textos me viene tanto el deseo de ver salir de la tumba a los “Lazaros” de nuestra familia, a tantos hermanos xaverianos que han muerto en estos días, 17 hasta el día de ayer, a tanta gente que está muriendo en estos días. Siento ese deseo profundo que Jesús, también hoy le diga al hombre de este siglo, hundido en ese sepulcro que él mismo se ha construido: “¡Lázaro, sal de ahí!”.
Hoy nuevamente, como el domingo pasado Jesús nos dice que lo que sufrimos es una ocasión para que su gloria se manifieste. «Esta enfermedad, nos dice hoy, no es para la muerte, sino que servirá para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella». Así es hermanos, estamos llamados a interpretar todo acontecimiento desde la luz de la fe, incluso acontecimientos como los que estamos viviendo y ante ello glorificar a nuestro Dios. Y lo primero que mi fe me hace sentir es la cercanía profunda de Jesús ante nuestra realidad. A Jesús le importamos, como nos decía el Papa Francisco este viernes al darnos la bendición Urbi et Orbi; Jesús no duerme, indiferente en nuestra barca al borde del colapso, Jesús sufre con nosotros, al vernos llorar, impotentes ante esta tragedia, dice el evangelio de hoy “se conmovió hasta lo mas hondo”. El dolor que Jesús experimenta por la muerte de Lázaro y el sentimiento de intima compasión hacia Marta y María, sumidas en profundo desconsuelo, le arrancan lagrimas también a Él; de hecho, dice el evangelista: “Jesús se puso a llorar”. Nuestro Dios es un Dios cercano, compasivo, que asume nuestro dolor y sufre con nosotros, llora con nosotros.
Pero Jesús no solo asume nuestro dolor, lo redime, lo salva porque él ha venido para que tengamos vida. Ante las lagrimas de Marta, ante nuestras lagrimas Jesús nos dice: “Tu hermano resucitará”. Quizá nosotros, igual que Marta diremos: “Ya sé que resucitará en la resurrección del último día”. Pero Jesús hoy, en este contexto del coronavirus, del sufrimiento por esta situación nos quiere decir de modo tajante: «Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees esto?». Nosotros también sabemos que en Cristo resucitaremos en el último día, pero, como Marta y María, queremos que “Lázaro” viva y de hecho éste es el milagro que Jesús hizo y que hoy el evangelio nos narra. Ciertamente, Jesús resucita a Lázaro para invitarnos a creer que él es el Mesías, el Salvador y que, en él, el que haya creído, “aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre”. Eso lo creemos, ciertamente nuestra respuesta es la misma de Marta: “Si, Señor. Creo firmemente que tú eres el Mesías, el hijo de Dios, el que tenia que venir al mundo”.
Junto con esta proclamación de nuestra fe, yo quisiera hacerle a Jesús hoy la misma petición que Marta y María le hicieron a Jesús: que Lázaro viva. Quisiera llevar a Jesús frente al sepulcro donde desde hace varios días nuestra humanidad muere y pedirle a Jesús que llame a Lázaro, que llame a nuestra humanidad sumergida en ese sepulcro y grite: “Lázaro, sal de ahí”. Lázaro representa para mi una segunda oportunidad para vivir. Como sabemos, Jesús le devolvió la vida a Lázaro, pero propiamente, no se trata de una resurrección, como en Jesús, sino de una “reviviscencia”, volver a vivir. Y la reviviscencia solamente supone una vuelta de nuevo a este mundo, y en este mundo necesariamente se ha de morir. Quisiera pedir para nuestra humanidad, condenada al sepulcro, esta nueva oportunidad para vivir en este mundo, de manera nueva, en la espera de esa resurrección a la vida eterna, pero ya desde ahora una nueva posibilidad de vivir, pero bajo la luz de Cristo, bajo la vida que Cristo nos trae, esperando siempre esa vida eterna.
El Papa Francisco, en su mensaje durante la bendición Urbi et Orbi del viernes nos decía esta frase que me ha dado tanto la vuelta en mi corazón: “En nuestro mundo, que Tú amas más que nosotros, hemos avanzado rápidamente, sintiéndonos fuertes y capaces de todo. Codiciosos de ganancias, nos hemos dejado absorber por lo material y trastornar por la prisa. No nos hemos detenido ante tus llamadas, no nos hemos despertado ante guerras e injusticias del mundo, no hemos escuchado el grito de los pobres y de nuestro planeta gravemente enfermo. Hemos continuado imperturbables, pensando en mantenernos siempre sanos en un mundo enfermo”. Así es, hermanos, el egoísmo que invade al hombre de este siglo, a ese Lázaro que Jesús ama, lo ha llevado hasta la enfermedad, hasta el sepulcro. Lázaro es el hombre de este siglo que necesita revenir a la vida, que necesita una nueva oportunidad para “salir” de ese sepulcro y recomenzar de nuevo, teniendo a Cristo y su Palabra como guía en esta nueva vida, aquí, en nuestro mundo, en espera de la resurrección final.
“Lázaro, sal de ahí”; hombre de este siglo, sal de ahí, sal de ese sepulcro, retoma la vida que Jesús te da; Jesús nos invita a salir de la cueva, de la fosa, en que nos hemos metido nosotros mismos. Nos invita a reconocer que no tenemos fuerzas para salir nosotros solos. Nos tiende la mano y nos saca a la luz. Jesús manda: «Desatadlo y dejadle andar» (Jn 11,34). La redención nos ha liberado de las cadenas del pecado, que todos padecíamos. Los cristianos estamos llamados, ya en esta tierra, a vivir esta nueva vida sobrenatural que nos hace capaces de dar crédito de nuestra suerte: ¡siempre dispuestos a dar respuesta a todo el que nos pida razón de nuestra esperanza! (cf. 1Pe 3,1).
¡Vivamos pues de la vida nueva que Cristo nos da!

