
Homilía dominical: "Amen a sus enemigos"
DOMINGO VII TIEMPO ORDINARIO A
“AMEN A SUS ENEMIGOS”
(Mt 5, 38-48)
“Ustedes han oído que se dijo: ojo por ojo, diente por diente; pero yo les digo…”: es la quinta de las antítesis con las que Jesús, contradiciendo el legalismo judío, perfecciona la ley antigua, que él no ha venido a abolir, sino a cumplir y perfeccionar.
Amar es perdonar.
Precedentemente, Jesús había ya señalado los mandamientos del no matar, no cometer adulterio, no divorciar, etc. solicitando, de alguna forma, comportamientos más exigentes. En esta ocasión, insiste especialmente acerca de la ‘no violencia’. En el pensamiento de Jesús, de facto, la violencia se vence con el amor y el perdón: “si alguno te golpea la mejilla derecha – nos dice paradójicamente Jesús - preséntale también la izquierda”. La ley antigua del ‘talión’, que consistía en pagar con la misma moneda al culpable de una lesión devolviéndole el mismo mal, en Jesús es substituida por propuestas de amor y paz.
Mientras la venganza y el desquite envenenan el corazón y producen más sufrimientos en una cadena de nunca acabar, el amor todo lo sana. Lo novedoso de Jesús, en esta ocasión, es el llamado a romper el ‘círculo vicioso’ del odio porque, únicamente, amarga la vida y condena a la infelicidad. Además, la violencia produce siempre más violencia. El saber que no es fácil perdonar a los enemigos, como Jesús nos ha pedido, no debe de ser impedimento para no intentarlo. Pagar odio con odio y mal con mal es revolcarse en el mismo lodo que los enemigos y contradice la identidad de los hijos de Dios. Para los no creyentes, perdonar a los enemigos puede resultar absurdo; para el discípulo de Jesús, por lo contrario, es precepto innegociable. Acerca del mandamiento del amor, Jesús, poco a poco, va elevando sus exigencias, proponiendo otra forma más de amar: la de ‘dar y prestar’, con generosidad, a los pobres que nos lo pidan: “al que te pide, dale; y al que quiere que le prestes, no le vuelvas la espalda”.
Amar a los enemigos.
“Han oído ustedes que se dijo: ama a tu prójimo y odia a tu enemigo; pero yo les digo…”: a través de esta sexta ‘antítesis’, Jesús dilata aún más el círculo del amor. Por cierto, el amor es auténtico cuando va más allá de una formal retribución a los que nos aman y nos hace capaces de amar también a los enemigos. Amar a los enemigos, en la enseñanza de Jesús, significa hacerles el bien y orar por ellos: “hagan el bien a los que los odian y rueguen por los que los persiguen y calumnian”. La motivación, para lograrlo, es la ‘filiación divina’: amar porque somos todos ‘hijos del mismo Padre’.
Si Dios “hace salir el sol sobre los buenos y los malos y manda su lluvia sobre los justos y los injustos”, con mayor razón, debemos aprender a amar sin exclusiones. Amar a los enemigos, además, nos hará distintos de aquellos que no creen: “si ustedes aman a los que los aman” -nos da a entender Jesús- “¿Qué recompensa merecen? ¿No hacen eso mismo los publicanos?”. El verdadero amor, por tanto, no se limita al propio ambiente, a los hermanos de fe y a los miembros de la comunidad, sino que pide extenderse a los desconocidos del camino y a los que no comparten la fe. Amar a los enemigos, inclusive, nos acercará a la perfección del Padre Celestial. No se trata, por cierto, de una utopía, sino, más bien, de la manera de amar de Dios.

