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15 Febrero 2020
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La Palabra

P. Humberto Mauro Marsich

Homilía Dominical: "No crean que he venido a abolir la Ley"

DOMINGO VI TIEMPO ORDINARIO

“NO CREAN QUE HE VENIDO A ABOLIR LA LEY”

(Mt 5, 17-37)

Introducción

En una sociedad donde se relativiza todo y se exalta la libertad total de la persona en nombre de supuestos derechos de las minorías; donde, en contradicción, se siguen legislando montones de leyes injustas coartando, incluso, la libertad de expresión y acción de los ciudadanos la lección de derecho, que nos imparte hoy Jesús, nos cae muy bien. “No crean que he venido a abolir la ley” es, en efecto, la declaración inesperada que Jesús hace a los discípulos para darles a entender que Él no ha venido para anular la enseñanza de los patriarcas y de los profetas, sino para “perfeccionarla”, en clara polémica con los doctores de la ley, escribas y fariseos que le recriminaban su incumplimiento.

Cumplir siempre la voluntad de Dios

En ocasiones precedentes, por cierto, Jesús había criticado y cuestionado rotundamente la selva de normas, leyes e imposiciones que los fariseos, escribas y dirigentes del judaísmo imponían a la gente sencilla y profundamente religiosa del pueblo. Severamente, también, había condenado esa falsa obediencia a la ‘ley sabatina’, que prohibía hasta la posibilidad de hacer el bien, de sanar a los enfermos, ayudar a los necesitados y dar de comer a los hambrientos. Al decir que ha venido a “cumplir y a llevar a su cumplimiento” la ley, Jesús expresa claramente su conciencia mesiánica y su voluntad de hacer que la Ley alcance el objetivo por el cual fue promulgada: se ha dado, en efecto, para que tengamos vida en plenitud. A la voluntad de Dios y a las Sagradas Escrituras, en fin, se le debe dar ‘cumplimiento’ siempre, porque son expresiones de la sabiduría divina en vista del bien personal y social de cada ser humano. Además, la ley bíblica tiene carácter de eternidad. Por esta razón, Jesús, en seguida, afirma: “Les aseguro que antes se acabarán el cielo y la tierra, que deje de cumplirse hasta la más pequeña letra o coma de la ley”.

La justa valoración de la ley.

A pesar de la severa crítica que Jesús hace al ‘legalismo’ judío, en esta ocasión, no sólo proclama la validez de la ley antigua, o sea, de los “mandamientos de Dios”, sino que declara que ha venido a perfeccionarla y, con su persona, a darle plenitud: “He venido a darle plenitud”. En seguida, pide a los discípulos de cumplir la ley de Dios, cabalmente, porque sobre ello serán juzgados para entrar en el ‘Reino de los cielos’ o quedar excluidos si practican la justicia a la manera insuficiente y legalista de los escribas y fariseos: “Les aseguro –afirma Jesús- que, si su justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, ciertamente no entrarán ustedes en el Reino de los cielos”. De esta manera, Jesús hace un llamado a obedecer los mandamientos sí, pero, ‘con el corazón’. Es en el corazón, en efecto, donde se fraguan las actitudes más auténticas y certeras del hombre. Para poder pertenecer al Reino, entonces, parece indispensable vivir en fidelidad y coherencia total a la voluntad de Dios como Jesús hizo y ejemplificó a lo largo de toda su vida.

La ley de Jesús se revela mucho más exigente que la antigua.

La novedad, a este punto, es constatar que la ley de Jesús es mucho más exigente y perfeccionada de cómo la proponían los mismos fariseos. En el ‘maximalismo moral’ de Jesús, por ejemplo, no sólo se pide de ‘no matar’, sino de ‘no enojarse’, de no ofender nunca a nadie: “Han oído ustedes que se dijo a los antiguos de no matar…pero yo les digo: todo el que se enoje con su hermano…el que insulte a su hermano…el que lo desprecie… será llevado ante el tribunal”.

A través de varias ‘antítesis’, seis por la precisión, o sea, a través del ‘pero yo les digo’, Jesús nos da a entender que no se limita, únicamente, a repetir los mandamientos antiguos, sino que ha venido para complementarlos con su nueva ley. En efecto, empieza ratificando que no ha venido para condenar sólo al que ‘mata’ de verdad, sino también al que mata ‘desde el corazón’, con el enojo y la indiferencia, tratando al hermano como si no existiera: “Han oído ustedes que se dijo a los antiguos ‘No matarás’…ahora yo les digo todo el que se enoje con su hermano, será llevado también ante el tribunal”. Otro ‘plus’ de la ética evangélica lo encontramos en la obligación moral de vivir siempre reconciliados con los demás hasta el punto de pedir a sus discípulos el abandono de toda ofrenda a Dios si, desde el corazón, sienten que algún hermano les nutre algún resentimiento: “Deja tu ofrenda sobre el altar–nos repite el Señor-y ve primero a reconciliarte con tu hermano, y vuelve luego a presentar tu ofrenda”.  

Lo más sobresaliente de la enseñanza de Jesús se refiere a las ‘disposiciones interiores’ de alto nivel que nos exige el espíritu de Jesús. Es éste tan exigente hasta abarcar la calidad moral del pensamiento, por ejemplo, respecto al ‘adulterio’. Jesús, en efecto, no lo considera tal únicamente cuando se comete de facto, sino, también cuando es ‘realizado con el pensamiento’. Acerca de este ‘adulterio del corazón’ Jesús así se expresa: “Han oído ustedes que se dijo a los antiguos ‘No cometerás adulterio’. Pero yo les digo que quien mire con malos deseos a una mujer, ya cometió adulterio en su corazón”.

De esta manera, por cierto, la ley antigua ha encontrado, en las palabras y en el ejemplo de Jesús, el cumplimiento y la plenitud que le faltaba. En la sociedad judía, donde la mujer era tratada y considerada como ‘objeto de propiedad’ del marido, Jesús, con esta antítesis, quiere rehabilitarla, viéndola como persona libre y no como posesión de alguien. Inmediatamente después, Jesús sentencia también la maldad de los pecados de impureza porque promotores de escándalo y causa de condenación eterna. Puesto que se cometen ‘físicamente’, Jesús los condena recurriendo a un lenguaje paradójico: “Si tu ojo derecho es para ti ocasión de pecado arráncatelo y tíralo lejos…más te vale perder una parte de tu cuerpo y no que todo él sea arrojado al lugar de castigo…”

Acerca del ‘divorcio’, tolerado por Moisés sólo para el hombre, en caso de flagrante adulterio de la mujer, Jesús vuelve a proponer el designio originario del Padre y atribuye la permisividad de la ley de Moisés a la dureza del corazón de los judíos. Por lo tanto, declara adúlteros aquellos que, después de haberse divorciado, toman otra esposa u otro esposo. La cláusula de Mateo, que aparece en esta ocasión, o sea, ese ‘salvo el caso de que vivan en unión ilegítima’ (19, 9), ratifica la absoluta indisolubilidad del vínculo conyugal que, desde luego, existe únicamente cuando el matrimonio no ha sido ni simulado y tampoco realizado con algún impedimento natural o legal.  

La última antítesis del evangelio de hoy y conclusión.

La última ‘antítesis’ evangélica de hoy se refiere a la práctica judía del juramento falso. Jesús lo condena rotundamente e invita a sus discípulos a expresarse con sinceridad y sobriamente: “No juren de ninguna manera…–les reitera con firmeza- y digan simplemente sí, cuando es sí; y no, cuando es no”. De ahora en adelante, además, no se obedecerá la ley por imposición, desde afuera, sino con la exquisita motivación de imitar la perfección con la cual Jesús la cumplió.  

En conclusión, el ‘discípulo’ de Jesús está llamado a discernir y cumplir, en el amor, la voluntad de Dios; a actuar siempre con justicia y, en su vida cristiana, a alcanzar la máxima perfección. En efecto, éste es el camino de santidad que nos conduce, progresivamente, a la beatitud del Reino.

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