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8 Febrero 2020
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La Palabra

P. Humberto Mauro Marsich

Homilía Dominical: "Que brille la luz de ustedes"

“QUE BRILLE LA LUZ DE USTEDES”

(Mt 5, 13-16)

Después de haber iluminado el mundo con su presencia, enseñanza y acciones, Jesús pasa la estafeta a sus discípulos, pidiéndoles que sean ellos, ahora, ‘luz y sal’. En efecto, les dice: “Ustedes son la sal de la tierra…Ustedes son la luz del mundo”. Hermosa, pero difícil misión. Este discurso de la sal y la luz es parte de las bienaventuranzas. Jesús, en efecto, acaba de proclamarlas solemnemente y, por lógica, aquellos que las asumen de verdad se trasforman en sal de la tierra y luz del mundo. Aquellos que no ponen sus esperanzas ni sus corazones en las cosas pasajeras; aquellos que construyen la paz, que son de corazón puro y padecen persecución por causa del Reino, se insertan en el mundo como faros que iluminan los caminos y como sal que da sabor a la vida humana.  

La misión de ser sal de la tierra y luz del mundo.

Vocación del discípulo de Jesús es, por tanto, la de ser sal y luz. La sal y la luz, o sea, el ‘sabor’ y la ‘luminosidad’ trasforman respectivamente la masa amorfa del alimento y la inmensidad de las tinieblas. La tierra en que vivimos, sin la presencia del Señor, pierde sentido: le urge la sal; el mundo que habitamos, sin el Señor, es desorden y confusión: le urge la luz. Si los discípulos de Jesús se vuelven insípidos y desabridos, o sea, no dan testimonio de Jesús, toda la masa se vuelve agria y sin sabor; si los discípulos de Jesús ocultan la luz de sus obras buenas ‘debajo de una olla’, toda la humanidad se encontrará perdida en la oscuridad. Por esta razón, Jesús suplica a los discípulos para que no dejen de ser lo que Él les ha indicado porque: “Si la sal se vuelve insípida –les pregunta Jesús a los discípulos- ¿con qué se le devolverá el sabor a la tierra?”. En seguida, añade: “Cuando se enciende una vela, no se esconde debajo de una olla, sino que se pone sobre un candelero”.

Luz y sal son las ‘buenas obras’.

La cosa es que la humanidad, hoy en día, necesita más testigos que maestros; más testimonios que discursos. En fin, necesita de profetas, de hombres de Dios, de discípulos coherentes con la fe que profesan, para que la humanidad no deje de tener sabor y siga el camino de la luz de Nuestro Señor. Sal y luz son las obras de caridad y amor. La luz de las buenas obras la observan todos, incluso los enemigos y escépticos de la religión, mientras las palabras van y vienen y no dejan rastro. El cristiano y la comunidad deben ser, en la sociedad, lo que es la sal para la comida y deben cumplir en el mundo la misión de alumbrar el camino de la salvación como velas puestas en el candelabro. Para ser luz, desde luego, hay que dejarse encender por Cristo.

Brille la luz de ustedes.

La metáfora de la vela, que debe alumbrar a las gentes desde el candelero, bien reproduce la función del discípulo de Jesús. Por nuestras ‘obras buenas’ de fidelidad al Señor, de servicio a los hermanos, de obediencia a la voluntad del Padre y de testimonio de fe, serán alumbrados todos los ‘de la casa’ y, consecuentemente, darán gloria a Dios: “Que…brille la luz de ustedes –nos encomienda el Señor- ante los hombres, para que viendo las buenas obras que ustedes hacen, den gloria a su Padre, que está en los cielos”.  

El desafío, por tanto, es transformar las palabras en hechos concretos que nos haga brillar como luz: “Que vuestra luz brille ante los hombres”. Ésta es la amonestación que el Señor nos hace hoy porque tiene miedo que perdamos la capacidad de ser testigos eficaces del amor de Dios. Él quiere que demos continuidad a su obra y nos pide de ser su mente, sus brazos y su corazón. Sólo así continuaremos los milagros de Jesús: dar la vista a los ciegos, el oído a los sordos, el alimento a los hambrientos y vida a quienes no la tienen y seremos revelación de la bondad de Dios. Ser ‘luz’ y ‘sal’ del mundo significa, sobre todo, vivir en la caridad.

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