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25 Enero 2020
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La Palabra

P. Humberto Mauro Marsich

Homilía Dominical: "Síganme"

“SÍGANME”

(Mt 4, 12-23)

La muerte de Juan el Bautista, misteriosamente, conduce a Jesús hacia la ciudad de Cafarnaúm, junto al lago de Tiberíades, para iniciar su vida pública. La llegada de Jesús, nos dice la Escritura, se convirtió en ‘torrente de luz’ para la ciudad ‘que yacía en tinieblas’. Bien profetizó Isaías, en este sentido, cuando decía: “El pueblo que yacía en tinieblas vio una gran luz. Sobre los que vivían en tierra de sombras una luz resplandeció”. La simbología de la luz, aplicada a Jesús, revela con precisión el ‘efecto luminoso’ de su presencia en su propia tierra y en el mundo entero. Este contraste, entre la luz de Cristo y las tinieblas del mundo, nos acompañará a lo largo de todo el Evangelio. Significativo es también el hecho de que el inicio del ministerio de Jesús tenga lugar en Galilea, tierra de los paganos con su epicentro en Cafarnaúm.

Jesús el predicador.

Una forma concreta, con la que Jesús ilumina, es indudablemente la ‘predicación’. En efecto, después de haber llegado a Cafarnaúm, nos dice el evangelista que Jesús “desde entonces comenzó a predicar” y, en obediencia al Padre, en su primer mensaje pide conversión al Reino que, gracias a Él, ha llegado ya para todos los hombres: “conviértanse –dice Jesús- porque el Reino de los cielos ha llegado”. Reino de los cielos es el ‘proyecto’ que Dios quiere llevar a cabo en la historia a través de su Hijo y con la colaboración humana. Para asociarse a la obra del Reino la condición es que cada quien se ‘convierta’, o sea, se desprenda de su manera de pensar y actuar para construir la historia con Dios. Convertirse al Reino significa transformarse en hombres ‘nuevos’, más aun, en hijos de Dios que viven como tales.

Jesús invita a sus primeros colaboradores.

Queda claro que el objetivo principal de Jesús es anunciar y establecer, aquí y hoy, el Reino de su Padre, pero, no lo quiere realizar a solas. En efecto, “caminando Jesús por la ribera del mar de Galilea –nos relata el evangelista- vio a dos hermanos, Simón, llamado después Pedro, y Andrés, los cuales estaban echando las redes al mar” y les dijo: “Síganme”. La metodología del Señor, también en esta ocasión, es la de pedir colaboración a gente sencilla y humilde. En efecto, sea Simón que Andrés eran simplemente pescadores. Bien: Jesús, llamándolos a su seguimiento, los transforma en ‘pescadores de hombres’. Lo más sorprendente del relato, sin embargo, parece ser la respuesta de los dos hombres: ‘inmediata y radical’. De hecho, el evangelista comenta: “ellos inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron”. En esas ‘redes’ no es difícil ver el símbolo del pasado y de lo que los hermanos eran antes del llamado de Jesús. En la ‘prontitud’ de la respuesta, además, percibimos el entusiasmo y el convencimiento de los hermanos en aceptar la propuesta de vida de Jesús. En efecto, cuando se conoce profundamente a Jesús no se puede no seguirle.

A diferencia de los discípulos hebreos, que escogían a su maestro, aquí, es Jesús el que decide quienes deben seguirlo. Aún hoy, es Él quien sigue llamando a sus discípulos y discípulas. Dios necesita de la colaboración humana y, por tanto, sigue llamando operarios. Hay colaboraciones, además, que no son privilegio de unos cuantos: el llamado, por cierto, es para todos aquellos que se reconocen cristianos.

En el desprendimiento del pasado y en la determinación entusiasta encontramos la condición imprescindible para que también nosotros experimentemos la aventura de seguir a Jesús. La capacidad de dejar las ‘redes’, o sea, la vida pasada y de liberarnos, aun de los afectos sanos para seguir al Maestro, nos favorecerá en el proyecto. También Santiago y Juan, los hijos de Zebedeo, llamados por el Señor a seguirlo, nos han dado otro óptimo ejemplo: “ellos –nos dice el evangelista- dejando en seguida la barca y a su padre, lo siguieron”. La petición que Jesús hace a aquellos, que deciden seguirlo, es que no lo consideren, emocionalmente, menos de sus familiares y que se desprendan de los bienes materiales, no porque sean malos, sino porque pueden alejar el corazón del Señor. Los afectos y los bienes, en fin, no pueden constituir el principal centro de interés de los discípulos de Jesús.

Seguir al Señor, desde luego, significa asumir también la ‘misión’ de anunciar el Reino. Misión que, a ejemplo de Jesús, incluye la proclamación de la buena nueva y el ejercicio de la caridad. El evangelista, en efecto, termina el relato evangélico describiéndonos a un Jesús que: “andaba por toda Galilea, enseñando en las sinagogas y proclamando la buena nueva del Reino de Dios y curando a la gente de toda enfermedad y dolencia”. Lo que aquí se relata es la síntesis de lo que Jesús hará durante toda su vida pública y es, a su vez, un ‘programa apostólico’ para los discípulos que decidimos seguirlo. Proclamación y acción; anuncio del Evangelio y compromisos sociales deberán sentar las bases de nuestro seguimiento de Jesús.

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