Homilía Dominical: "Este es el Cordero de Dios"
“ESTE ES EL CORDERO DE DIOS”
(Jn 1, 29-34)
El encuentro de Juan el Bautista con Jesús.
Juan, frente a los enviados del Sanedrín, había ya negado ser el Mesías y se había identificado, en cambio, como su ‘precursor’. Ahora, que finalmente se encuentra con él, testifica a favor suyo, declarando públicamente y a voz alta quién es: “Éste es el Cordero de Dios, el que quita el pecado del mundo”. La declaración de Juan está finalizada a evidenciar la identidad ‘mesiánica’ de Jesús. En efecto, únicamente el Hijo de Dios puede rescatar a la humanidad, redimiéndola de los pecados. Por ser simultáneamente humano y divino Jesús asocia, en sí, plena autoridad para redimir y reconciliar al ‘mundo’ con el Padre.
En el concepto del ‘cordero’ se concentra el ‘misterio pascual’ de Jesús; el misterio de quien, obedeciendo al Padre hasta la muerte en cruz, nos ha salvado. Fue con la sangre del cordero, por cierto, que los israelitas salpicaron las puertas de sus casas salvándose de la muerte. En Isaías también, bajo la imagen del cordero conducido al matadero, se anuncia la pasión y la muerte futura del Mesías en expiación de los pecados humanos.
Es indudable, por tanto, que el Bautista, con su declaración, estuviera haciendo referencia al cordero que cada año los israelitas inmolaban, para las fiestas de Pascua, en memoria de la liberación de Egipto. Por eso, señalando a Jesús con el dedo, lo llama ‘el cordero de Dios’. Es, en efecto, el cordero escogido por Dios para borrar los pecados del mundo.
El pecado del mundo.
En el concepto de ‘pecado del mundo’ se concentra la pecaminosidad humana de todos los tiempos. Es la categoría teológica que, de hecho, refleja el ambiente de pecado avivado, desde siempre, por la perversa solidaridad en el mal de los hombres. Sólo Cristo, en cuanto encarnación humana de la misericordia del Padre, rompe la cadena del pecado humano y nos otorga la salvación. Jesús, en efecto, es aquel que expía los pecados de los hombres y trae la esperada salvación. La verdad es, entonces, que el perdón de nuestros pecados se ha hecho realidad desde cuando Jesús asumió, sobre sí, todos los pecados de la humanidad, ofreciéndose como víctima de expiación.
“Vio Juan el Bautista a Jesús que venía hacia él”: de dónde viene y por qué, no se dice. Al evangelista sólo le interesa consignar el testimonio de Juan acerca del valor expiatorio de la muerte de Cristo, cordero de Dios, sacrificado en la cruz para la redención de la humanidad entera.
Jesús más grande del Bautista.
El precursor, con afán de dar testimonio de la magnitud de la persona de Jesús, lo reconoce, explícitamente, superior y anterior a él: “Éste –afirma el Bautista- es aquel de quien he dicho…que tiene precedencia sobre mí, porque ya existía antes que yo”. Además, admite que su bautismo de conversión ha sido superado por el Bautismo en el Espíritu Santo de Jesús mismo: “Ese es el que ha de bautizar con el Espíritu Santo”. Pues bien, en presencia de los que lo escuchan, confiesa solemnemente que, de hecho, él mismo ha sido testigo de cómo el Espíritu Santo, en forma de paloma, se posó sobre él: “Vi al Espíritu –declara Juan- descender del cielo en forma de paloma y posarse sobre él”.
Esta presencia permanente del Espíritu en Jesús lo coloca, según Juan, por encima de los profetas. La cosa es que Jesús, de veras, es el ‘Hijo de Dios’ y Juan lo ratifica con decisión y convicción: “Pues bien yo lo vi y doy testimonio de que éste es el Hijo de Dios”.
Conclusión.
Para que no tengamos dudas, el centro del testimonio del Bautista es, efectivamente, Cristo en la plenitud de su divinidad: cordero pascual, lleno del Espíritu Santo, Mesías anunciado y esperado, Hijo elegido de Dios.
Recorriendo el Evangelio nos damos cuenta, en efecto, de cómo la vida de Jesús está movida por el Espíritu, que lo habita, y que él transmite a sus discípulos y a quienes se lo pidan. Por el Espíritu Santo, por tanto, también nosotros podemos dar testimonio de Él en la tierra.

