
“¿Quién dicen ustedes que soy yo?”
Estimados hermanos y hermanas, hay preguntas que no buscan información, que no quieren palabras como respuesta, sino que buscan que quien es interrogado tome una decisión y responda no desde lo que cree conocer, sino desde el corazón y desde su vida. Preguntas que nos sitúan ante nosotros mismos y nos obligan a tomar postura. En el Evangelio de este domingo, Jesús formula una de esas preguntas decisivas: «Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?». (Mt 16,13-20)
No es una cuestión dirigida solo a los doce apóstoles. Es una pregunta que atraviesa los siglos y llega también a cada uno de nosotros creyentes. Podemos conocer dónde nació, recordar sus milagros, repetir sus enseñanzas y reconocer que es una figura decisiva de la historia. Pero hoy Jesús no nos somete a un examen de conocimientos religiosos. Nos mira personalmente y pregunta: «Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?». Porque llega un momento en que no basta con repetir respuestas aprendidas. Es necesario dar una respuesta personal.
No basta incluso decir lo que los otros piensan; como le dijeron los apóstoles, dicen que eres Juan el Bautista, o Elías o algún profeta. También hoy, muchos piensan de manera positiva sobre Jesús, pero sin que esto implique nada en sus vidas. Algunos lo consideran un maestro de moral, un profeta de la justicia, un defensor de los pobres, un líder espiritual o un admirable ejemplo de fraternidad. Todo eso contiene algo verdadero, pero no llega al centro de su identidad. Jesús no es solamente alguien que nos enseña cómo vivir; es el Hijo de Dios vivo que vino a salvarnos.
Podemos admirarlo sin seguirlo, citar sus palabras sin obedecerlo y conservar una imagen de Él que nunca cuestione nuestras decisiones. El peligro consiste en reducirlo a un Jesús construido según nuestras preferencias: uno que confirme nuestras ideas, bendiga nuestros proyectos y nunca nos pida convertirnos. Por eso Jesús deja de preguntar por la opinión pública y se dirige a sus discípulos: «Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?».
Pedro responde con una confesión admirable: «Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo». Esta respuesta no nace simplemente de su inteligencia ni de sus capacidades; Pedro no era el “chico listo de la clase”; Jesús se lo hace ver: «Eso no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos». Así es hermanos, aprendamos de Pedro, la respuesta nace de la fe, nace del corazón, ahí donde Dios quiere entrar para darle sentido a todo. Recordemos, la fe es siempre gracia. No es el resultado de un razonamiento perfecto ni la conquista de un esfuerzo humano. Es Dios quien sale a nuestro encuentro y abre nuestros ojos para reconocer a Cristo. La fe atraviesa no sólo la mente y las creencias, sino también el corazón. Porqué es desde el corazón desde donde se responde esta pregunta existencial, esta pregunta que define el tipo de creyente que eres. La primera lectura presenta la imagen de la llave confiada a Eliaquín (Is 22,19-23); la fe es esa llave que abre tu corazón para que Dios lo llene de su sabiduría, de su luz y puedas reconocer a Cristo como tu salvador y entonces, responder a esa pregunta, pero desde tu corazón, afirmando “Tú eres el Mesías, el hijo del Dios vivo”.
Esta respuesta de Pedro me hace pensar en esos enamorados, que al mirarse a los ojos se dicen “tú eres…” y en esa mirada, dos existencias se entrelazan, asumen la consciencia de vivir el uno para el otro; al afirmarlo, ese “tú” puede significar todo para ellos: el sentido de la vida encontrado, el interés prioritario, la felicidad alcanzada finalmente, el gozo de estar vivos porque se está precisamente con ese “tú”. Es el caso de Pedro ante Jesús, o de ti, o de mí, de cada uno de nosotros creyentes ante Jesús que nos interroga mirándonos a los ojos y nos pide una respuesta existencial, comprometedora, una respuesta misionera.
¡Tú, tú, tú eres! A veces sólo esas dos palabras bastarían para decirlo todo. La respuesta de Simón va acompañada de dos calificativos, “tú eres el MESÍAS, el Hijo de Dios VIVO”; el primer calificativo apunta a aquellas expectativas por las cuales me acerco a Jesús; decir, “tú eres el Mesías” significa reconocer que mi historia, mi pasado finalmente encuentra sentido, luz, paz; el Mesías es el esperado, en Jesús encuentro un Salvador, aquel que viene a darle plenitud a mi presente y esperanza a mi futuro, él es el Dios VIVO; segundo calificativo que utiliza Pedro. Llamar a Jesús de esta manera significa reconocer que él actúa de manera única en el hoy del discípulo, en el hoy de mi vida; que es el Dios verdadero, calificado como vivo, no como teoría, o concepto, sino como realidad, como experiencia. Ser vivo significa poder actuar. Esa es la diferencia de los dioses paganos que no son más que “hechuras de manos humanas”, dioses que no actúan. Jesús es el hijo de Dios vivo porque actúa eficazmente en nuestra historia trayendo salvación, es decir caminos de crecimiento, de plenitud. Por eso Pedro lo llama así, su respuesta no es pues teórica, es toda una experiencia vivida, actual y que da sentido a su presente y a su futuro.
Cuando Pedro logra vivir esta experiencia y afirmar “tú eres”, entonces Jesús lo invita a la dicha, al gozo: ¡Dichoso tú, Simón, porque esto no te lo ha revelado ningún hombre, ¡sino mi Padre! Las bases están sentadas para comenzar un seguimiento verdadero, Pedro comienza finalmente una vida nueva que lo llevará a asumir la misión: “¡Desde ahora te llamaras Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia!” Vivir esta experiencia de encuentro con Cristo, nos convierte en misioneros, nos hace capaces de recibir una misión. Solo desde esta experiencia profunda de Cristo seremos capaces de proclamarlo y convertirnos en verdaderos misioneros. Sin ello, solo seremos predicadores de palabras vacías.
Queridos hermanos y hermanas, ante la pregunta de Jesús ¿Qué respuesta vamos a dar? La respuesta más verdadera no se da únicamente con palabras. Se expresa en la manera de vivir, de amar, de servir, de perdonar y de confiar. Porque al final, la cuestión no es solo quién es Jesús para nosotros, sino si estamos dispuestos a vivir como discípulos suyos.
¡Buen domingo!
P. Rubén Antonio Macias Sapién sx
Misionero Xaveriano

