Skip to main content
30 Agosto 2026
33 vistas

La Palabra

XXII Domingo del Tiempo Ordinario - Ciclo A
P. Rubén A. Macías Sapien s.x.

“Me sedujiste Señor, y me dejé seducir”

Mt 16, 21-27

Queridos hermanos y hermanas, el diálogo entre Jesús y Pedro que acabamos de escuchar nos recuerda una de esas maneras tan sutiles en las que caemos muchos cristianos, es decir la incoherencia. Recordemos que el domingo pasado Pedro había hecho una confesión extraordinaria ante Jesús: “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo”. Él mismo lo llamó dichoso y le confió las llaves del Reino. Pero hoy, apenas unos versículos después, Jesús lo reprende con una de las correcciones más duras del Evangelio: “¡Apártate de mí, Satanás!”. 

¿Cómo puede pasar tan rápidamente de ser llamado Pedro, a convertirse en piedra de tropiezo? Porque Pedro reconoce correctamente quién es Jesús, si es cierto, pero todavía no acepta el camino por el cual él realizará su misión. Acepta al Mesías glorioso; pero rechaza al Mesías crucificado. He ahí una de las realidades de tantos de nosotros cristianos de hoy. Porque es tan fácil profesar la fe correcta con los labios y continuar pensando según los criterios del mundo. Esa es la reprimenda de Jesús a Pedro y a quienes nos comportamos así: “Tu modo de pensar no es el de Dios, sino el de los hombres”. Hermanos, la conversión cristiana no consiste únicamente en modificar algunas conductas exteriores. Exige aprender una nueva manera de pensar. No basta hacer prácticas religiosas justas, Jesús nos pide un cambio profundo, como dice la segunda lectura (Rm 12,1-2): “dejen que una nueva manera de pensar los transforme interiormente, para que sepan distinguir cuál es la voluntad de Dios, es decir, lo que es bueno, lo que le agrada, lo perfecto”.

Retomando el diálogo entre Jesús y Pedro, Jesús comienza a explicar que debe ir a Jerusalén, padecer, ser condenado a muerte y resucitar al tercer día. Pedro escucha eso del sufrimiento y la muerte, pero parece no escuchar la resurrección. Se lleva a Jesús aparte y comienza a reprenderlo: «Eso no te puede suceder a ti». Pudiéramos decir que Pedro lo hace por afecto a Jesús; Pedro ama al Maestro y no quiere verlo sufrir. Sin embargo, sin darse cuenta está intentando apartarlo de la misión recibida del Padre. Esta tentación Jesús ya la había enfrentado en el desierto: alcanzar el triunfo evitando la obediencia, la entrega y la cruz. Por eso llama a Pedro «Satanás», que significa adversario. No afirma que Pedro sea el demonio, sino representa una nueva tentación que repite lo mismo: “Salva al mundo sin entregar la vida”.

¿Qué aprendemos de este diálogo? Hermanos, es fácil para nosotros caer en esa tentación, querer un cristianismo sin cruz: una fe que proporcione consuelo, pero que nunca cuestione; que nos prometa bendiciones, pero no pida renuncias; que nos permita admirar a Jesús, pero sin seguirlo hasta Jerusalén. Muchos quisiéramos que Dios cumpliese todos nuestros deseos, pero nos cuesta aceptar a un Dios que nos pide conversión, transformación interior, vida de entrega y de servicio.

Jesús le pide a Pedro “ponerse detrás de él”. Jesús, como lo constatamos no expulsa a Pedro del grupo, solo le pide retomar su lugar como discípulo. Pedro se había puesto delante de Jesús para señalarle el camino. El Señor le dice: “Tu lugar está detrás de mí. No eres tú quien debe conducirme; soy yo quien debe conducirte”. Así es hermanos, ser discípulo significa caminar detrás de Cristo, incluso cuando no comprendemos completamente el sendero. Aprendamos de ello, hermanos, porque muchos cristianos terminamos abandonando nuestra fe cuando los caminos de Dios no coinciden con nuestros planes, o incluso pensamos que Dios nos ha abandonado. Valdría la pena preguntarnos hoy: ¿Quién va delante en mi vida? ¿Jesucristo o mis ambiciones? ¿Le pido al Señor que me muestre su voluntad o únicamente que apruebe la mía?

Una afirmación más de este profundo diálogo entre Jesús y Pedro nos enseña otra cosa más importante en la vida cristiana: “El que quiera venir conmigo, que renuncie a sí mismo, que tome su cruz y me siga”. Una primera cosa que resalto, Jesús dice: “El que quiera”. Es decir, Jesús no impone el seguimiento por la fuerza. El amor solo puede recibirse y responderse libremente. Una segunda cosa: quien decida seguirlo debe renunciar a sí mismo. Esto no significa despreciarse, negar la propia dignidad o eliminar la personalidad. Dios no quiere destruirnos, sino liberarnos del falso yo que pretende ocupar el centro de todo. Seguir a Jesús implica renunciar al orgullo que no pide perdón, al deseo de tener siempre la razón, a la comodidad que nos vuelve indiferentes y a la necesidad de controlar a los demás. Tomar la cruz no es masoquismo, búsqueda de sufrimiento, la cruz en Cristo es la consecuencia de vivir amando hasta el extremo, es el camino de entrega total por amor. 

En nosotros, tomar la cruz puede significar cuidar con paciencia a un enfermo, permanecer fiel en el matrimonio, educar responsablemente a los hijos, rechazar una ganancia corrupta, defender la verdad aun perdiendo aceptación o continuar sirviendo cuando no recibimos agradecimiento. 

Una última afirmación que meditar de este profundo diálogo es: “El que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mí, la encontrará”. Una imagen me viene a la mente; la imagen de la semilla. Una semilla guardada cuidadosamente nunca produce fruto, queda sola. Solamente cuando cae en la tierra y se rompe manifiesta la vida que llevaba dentro. Solamente dándose se multiplica, se convierte en fruto, en vida. Esto me hace pensar también en ese modo de vivir y pensar que genera vida. Los padres encuentran su vida cuando se entregan por sus hijos. Los esposos crecen cuando dejan de buscar solamente su propia satisfacción. El sacerdote encuentra el sentido de su vocación cuando deja de reservarse y se convierte en alimento para el pueblo. El misionero descubre una familia más grande cuando sale de sus seguridades para anunciar a Cristo. Esta es la lógica evangélica. Además, Jesús añade una clave importantísima que le da calidad a nuestras entregas; añade una precisión: “perderla por mí”. No se trata de perder la vida por cualquier causa, ideología o relación destructiva. Se trata de entregarla unidos a Cristo y según su Evangelio. Hacer todo por Cristo, con Cristo y en él, como decimos siempre en la misa, eso hace de nosotros verdaderos discípulos misioneros pues en Cristo encontramos “Camino, Verdad y Vida”; en él todo encuentra sentido.

Queridos hermanos, no tengamos miedo de desgastarnos por el Reino, al final de nuestros días no nos presentaremos ante Dios con las manos llenas de lo que logramos acumular, sino con el corazón lleno de todo aquello que fuimos capaces de entregar por amor. Dejémonos “seducir”, como Jeremías, como San Francisco Xavier y tantos más, “dejen que una nueva manera de pensar los transforme internamente -dice San Pablo en la segunda lectura- para que sepan distinguir cuál es la voluntad de Dios, es decir, lo que es bueno, lo que agrada, lo perfecto”.  Vivamos hermanos siempre de ese amor de Dios y vayamos a anunciarlo a todo el mundo.

P. Rubén Antonio Macias Sapien sx

Misionero Xaveriano

¿Te ha gustado este artículo?
¡Compártelo!