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9 Agosto 2026
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La Palabra

XIX Domingo del Tiempo Ordinario - Ciclo A
P. Rubén A. Macías Sapien sx

“Tranquilícense y no teman. Soy yo”

Mt 14,22-33

Estimados hermanos y hermanas, las lecturas de este domingo nos ayudan a reflexionar sobre nuestra vida y nuestros miedos, sobre todo cuando las preocupaciones, los problemas, las tormentas nos acechan y nos preguntamos ¿Señor dónde estás¿por qué permites esta tormenta?La Palabra de Dios de este domingo no nos promete una vida sin tempestades. Jesús nunca prometió eso. Lo que nos revela es algo mucho más profundo: que Dios puede estar extraordinariamente cerca precisamente cuando nosotros pensamos que está ausente.

Esta es la experiencia de Elías en la primera lectura (Reyes 19,9.11-13); él  estátambién atravesando su propia tormenta. Había defendido apasionadamente la alianza con Dios, había enfrentado a los profetas de Baal, había luchado por mantener viva la fe de Israel, pero ahora está cansado, perseguido y escondido en una cueva. Y Dios le dice: «Sal de la cueva y quédate en el monte para ver al Señor, porque el Señor va a pasar». Esperaba algo impresionante y, ya lo escuchamos, ni en el viento huracanado, ni en el fuego sino en «el murmullo de una brisa suave». Elías se cubre el rostro con el manto. Ha comprendido que Dios está pasando.

Qué difícil nos resulta aprender esto. Nosotros buscamos fácilmente a Dios en lo extraordinario. Quisiéramos que resolviera espectacularmente nuestros problemas, que hiciera desaparecer inmediatamente aquello que nos hace sufrir, que respondiera nuestras preguntas con señales inequívocas. Y Dios ciertamente puede intervenir poderosamente. Pero muchas veces pasa por nuestra vida como aquella brisa suave: discretamente, silenciosamente, sin espectáculo.

Meditando sobre el evangelio de hoy (Mt 14,22-33) Jesús hace exactamente lo mismo. Después de multiplicar los panes y despedir a la multitud, «subió al monte a solas para orar». La gente lo buscaba, los discípulos lo necesitaban, había mucho trabajo pastoral que realizar, y Jesús se retira para estar a solas con el Padre. Hermanos, esto tendría que cuestionarnos. Podemos estar haciendo muchas cosas para Dios y dedicar muy poco tiempo a estar con Dios. Podemos predicar sobre Él, enseñar catequesis, organizar actividades, participar en apostolados, pertenecer a grupos parroquiales y, sin embargo, descuidar nuestra intimidad con el Señor. Podemos incluso hablar constantemente de Dios y hablar muy poco con Dios. Jesús nos recuerda que quien no aprende a detenerse delante del Padre termina vacío, aunque esté haciendo muchas cosas buenas.

Retomando el texto, mientras Jesús ora en el monte, los discípulos están luchando en el mar. Mateo nos dice que «la barca iba ya muy lejos de la costa y las olas la sacudían, porque el viento era contrario».Aplicándolo a nuestra iglesia; También hoy la Iglesia atraviesa vientos contrarios. Hay indiferencia religiosa, pérdida de la fe, divisiones, escándalos, abusos, polarizaciones, crisis familiares, disminución de vocaciones y comunidades donde cada vez participan menos jóvenes. Y a esto se añaden nuestras propias infidelidades. Porque no todas las tormentas vienen de fuera; algunas las provocamos nosotros mismos con nuestros pecados, nuestras rivalidades, nuestra búsqueda de poder, nuestras divisiones y nuestra falta de caridad. Incluso hay quienes hoy se preguntan y ¿qué va a pasar con la Iglesia?

El Evangelio nos responde con una imagen extraordinaria: la barca puede ser sacudida, pero no está abandonada. Aquí me detengo en algo muy hermoso e importante para nuestros días. Jesús viene hacia sus discípulos caminando sobre el agua.No se trata simplemente de un milagro espectacular. Sabemos lo que en la mentalidad judía significa este hecho, el mar, las olas. Cuando Mateo presenta a Jesús caminando sobre las aguas, nos está revelando quién es realmente aquel que se aproxima a la barca.Desgraciadamente, cuando Jesús se acerca, los discípulos no lo reconocen.Gritan aterrorizados: «¡Es un fantasma!».Aquel que viene a salvarlos les produce más bien miedo.

Preguntémonos, ¿No sucede a veces también en nuestra vida? Dios se acerca de una manera que no esperábamos y nosotros no lo reconocemos. Habíamos imaginado que Dios tenía que actuar de determinada manera, y cuando actúa de otra forma pensamos que nos ha abandonado Habíamos pedido que quitara la cruz y, en cambio, nos dio fuerza para cargarla. Habíamos pedido que desapareciera la noche y nos enseñó a caminar dentro de ella.Entonces. Jesús pronuncia unas palabras que deberían quedarse grabadas en nuestro corazón: «Tranquilícense y no teman. Soy yo».

He aquí la enseñanza principal para nosotros hoy: Jesús Antes de calmar el mar, calma el corazón.Esto es muy importante. Nosotros queremos que Dios cambie primero las circunstancias para poder recuperar después la paz. Pensamos: cuando se resuelva este problema, estaré tranquilo; cuando mejore mi economía, tendré paz; cuando cambie aquella persona, seré feliz; cuando termine esta enfermedad, podré confiar nuevamente.Jesús propone otro camino: primero reconoce mi presencia y después enfrenta conmigo la tormenta.La paz cristiana no consiste en que todo esté bajo nuestro control. Consiste en saber quién está con nosotros cuando hemos perdido el control.

Un último punto de meditación. Pedro. Pedro es maravilloso porque se parece mucho a nosotros. Es generoso y temeroso, valiente y frágil, creyente y dubitativo. Dice: «Señor, si eres tú, mándame ir a ti caminando sobre el agua». “Ven» le dice JesúsDurante unos instantes sucede lo imposible: un hombre camina sobre las aguas hacia Jesús. Pero, «Al sentir la fuerza del viento, le entró miedo».El viento no comenzó en ese momento. Ya estaba soplando. Las olas ya estaban golpeando la barca. El peligro ya existía. ¿Qué cambió entonces?Cambió la atención de Pedro.Mientras camina hacia Jesús puede avanzar sobre aquello que humanamente debería hundirlo. Cuando concentra su atención en el viento, comienza a hundirse. Preguntémonos hermanos ante nuestras realidades: ¿qué estamos mirando más, a Cristo o al viento?

Retomando a nuestro Pedro, entonces, al sentir hundirse pronuncia una de las oraciones más breves y más sinceras de toda la Biblia: «¡Sálvame, Señor!». No más. Y el Evangelio dice algo precioso: «Inmediatamente Jesús le tendió la mano».Inmediatamente.Esta es quizá la imagen que deberíamos llevarnos hoy: la mano de Cristo extendida hacia un hombre que se hunde.

La fe no significa que nunca tendremos miedo. Pedro tuvo miedo. La fe significa que, incluso cuando tenemos miedo, sabemos hacia dónde gritar.Finalmente, Jesús sube a la barca y el viento se calma. Entonces los discípulos se postran delante de Él y dicen: «Verdaderamente tú eres el Hijo de Dios».La tormenta terminó convirtiéndose en una revelación. ¡Buen Domingo!

P. Rubén A. Macías Sapien sx

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