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26 Julio 2026
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La Palabra

XVII Domingo del Tiempo Ordinario - Ciclo A
P. Rubén A. Macías Sapien sx

“EL REINO DE LOS CIELOS SE PARECE…”

Mt 13,44-52

Estimados hermanos y hermanas, en el centro de la enseñanza de Jesús se encuentra el misterio del Reino de Dios, que el Evangelio de hoy compara con una perla y un tesoro (cf. Mt 13,44-52). Las parábolas dan a entender la sorpresa de quien encuentra lo que ni siquiera podía esperar, hasta el punto de que vender o dejar todo ya no parece una renuncia, sino una ganancia. De hecho, desde las primeras páginas, los evangelistas describen el llamado de Jesús a seguirlo como algo irresistible: libre, sin duda, pero urgente y capaz de suscitar una respuesta inmediata y movida por el deseo. Este es un primer aspecto importante de la forma en que Dios está cerca y se deja encontrar: el encuentro con su Reino es un punto de inflexión que no limita, sino que amplía la vida. Si algo debe cambiar ahora, es para tener más posibilidades, no menos.   

Profundizando en las dos primeras parábolas, encontramos a dos personajes, que, más que individuos nos presentan dos formas de encontrar a Dios, dos formas de hacerse de eso valioso, como son las “cosas de Dios”. El primer personaje encuentra un tesoro en un campo. Imaginando la escena, no es que el tesoro le haya caído, así no más, delante de los pies, ni estaba por ahí medio tapado detrás de unos arbustos. Nuestro personaje estaba, seguramente, trabajando como jornalero, sudando, cavando, «profundizando» en la tierra. Dijo el papa León hoy, en el Ángelus, “es probablemente un campesino”. ¿Qué nos enseña? Reflexionemos. Pudiéramos aplicarlo a nuestra vida espiritual: aquellos que llevan una vida superficial, sin “remover” la tierra endurecida de cada día, sin profundizar en su vida interior, sin orar, sin entrar dentro, cierto, es muy probable que no encuentren nada, que nunca encuentren “ese tesoro escondido”. Este jornalero no dice que estuviera buscando nada, simplemente cumplía con sus actividades de cada día, pero trabajando con profundidad, con esmero. Y de pronto se da cuenta de que tiene allí delante lo que le resolverá toda la vida. Este personaje representa a todos los que, de una manera u otra, con más o menos esfuerzo trabajan para encontrarse con Dios, para conocer a Cristo; aquellos que escuchan sus palabras de vida y las llevan al fondo de su corazón.

El otro personaje de las parábolas es un comerciante que encuentra una perla valiosa. Lo que me llama la atención; él, siendo comerciante ya tenía otras muchas perlas... pero seguía buscando. Ninguna de ellas, ni todas juntas, le llenaban del todo. Aquello no era suficiente para él. Este personaje es un buscador, como tantos que ha habido en la historia, y también en el día de hoy: No se sienten satisfechos con lo conseguido, aunque pueda ser valioso: ¡Tiene que haber algo más! Están convencidos y buscan…, hasta que... un día encuentran algo que merece la pena... Tanto, como para deshacerse de todo lo conseguido y apostar por aquello que acaba de encontrar, para hacerlo realmente suyo. Hermanos, hermanas, en la vida espiritual no debemos jamás contentarnos, somos buscadores por el Reino de Dios.

Las parábolas de hoy nos recuerdan la necesidad de profundizar en nuestra fe, de buscar siempre sin desfallecer, pero también nos recuerdan aquel requisito para apropiarse de tal tesoro, de tal perla: “arriesgarlo todo”, “vender todo”.  Es la única manera en la que un ser humano puede atreverse a lo imposible, incluso desafiando los convencionalismos sociales y las prudencias establecidas por la sociedad. Hagamos un poco de historia; estamos celebrando los 75 años de la llegada de los primeros xaverianos a México; ayer P. Chuy nos contaba esas anécdotas repitiendo una y otra vez la osadía de los primeros, su capacidad a enfrentar tantas dificultades, pero capaces de dar “saltos de calidad”, de ir siempre de menos a más. Así es, porque trabajar por el Reino no empobrece, no denigra, no te hace menos, al contrario, aún si dejas todo por el Reino. 

Me viene a la mente el día en que mi superior me pedía la disponibilidad de ir a Burundi, comenzó diciéndome que el país donde quería enviarme estaba en guerra civil, que tenían años sin enviar sacerdotes jóvenes, que años antes habían perseguido y expulsado a nuestros hermanos, que la lengua era muy difícil, que sería el primer mexicano en incorporarse a la comunidad y otras cosas más. Al oírlo, cualquiera hubiera dicho no, además estaba viviendo muy a gusto en mi país, desarrollando positivamente mi labor sacerdotal, pero, Burundi era ese “tesoro” que desde niño deseaba poseer, era ese país donde siempre había soñado ir a misión, era el país que buscaba desde lo profundo de mi ser; al oír que llegaba el momento de partir, aunque el costo parecía alto, dije: “Padre heme aquí, cuando lo dispongas saldré a Burundi”. Dejando todo, familia, país, costumbres, dispuesto a todo por poseer ese “tesoro” de mi vida misionera.

Retomando las parábolas del evangelio de hoy, “frente al descubrimiento inesperado, -aquí cito al papa Francisco- tanto el campesino como el mercader se dan cuenta de que tienen delante una ocasión única que no pueden dejar escapar, por lo tanto, venden todo lo que poseen. La percepción del valor inestimable del tesoro lleva a una decisión que implica también sacrificio, desapegos y renuncias. Cuando el tesoro y la perla son descubiertos, es decir cuando encontramos al Señor, es necesario no dejar estéril este descubrimiento, sino sacrificar por ello cualquier otra cosa”. (Papa Francisco, Angelus, 30 julio 2017)

Estimados hermanos y hermanas, que importante es, para nuestra vida cristiana, trabajar, profundizar, buscar “todo aquello que pertenece a Dios”, anhelarlo como un tesoro, una perla preciosa. “Para responder adecuadamente a ese don, aceptándolo y haciéndolo suyo, el ser humano ha de estar convencido de que el Reino es lo más valioso que se le puede ofrecer y, en consecuencia, ha de estar dispuesto a anteponerlo a cualquier otro bien» (cf. F. Camacho Acosta, Las parábolas del tesoro y la perla, Isidorianum, 2002).

“Hermanos y hermanas, no nos queda más que pedir un don, decía hoy papa León, el mismo que pidió el joven rey Salomón (cf. 1 R 3,5.7-12). Es el don de identificar la perla de gran valor, de saber reconocer el tesoro por el que vale la pena venderlo todo. Mientras que la industria del consumo nos altera el gusto, creando siempre nuevas necesidades para luego vendernos respuestas que no sacian y, a veces, envenenan el corazón, debemos aprender a captar lo que realmente importa: el tesoro de la relación con Dios, que nos abre a la alegría y nos ayuda a vivir mejor las relaciones entre nosotros.

La intercesión de María, Sede de la Sabiduría, oriente hacia Jesús nuestro deseo de vida, para que se realice en plenitud”.

P. Rubén Antonio Macias Sapien sx

Misionero Xaveriano

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