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14 Junio 2026
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La Palabra

XI Domingo del Tiempo Ordinario - Ciclo A
P. Rubén A. Macías Sapien SX

“Al ver Jesús a las multitudes, se compadecía de ellas”

Mt 9, 36—10, 8

Estimados hermanos y hermanas, la misericordia es el corazón de Dios. Hace unos días, el viernes celebramos la solemnidad del Sagrado Corazon de Jesus; de su corazón pleno de amor surge la misericordia, la compasión, la entrega por el prójimo. Las lecturas de este domingo nos ponen ante esta realidad del Dios que nos reúne y convoca, es un Dios misericordioso que “murió por los pecadores, aun cuando no teníamos fuerza para salir del pecado” dice la segunda lectura (Rom 5, 6-11); es un Dios que mira la humanidad, siente compasión y se compromete por su redención.

El Papa León, en el Ángelus de hoy nos decía: “El Evangelio de hoy (Mt 9,36-10,8) nos ofrece un gran regalo, porque incluye a todos los que lo escuchan con la mirada de Jesús. Es un relato que testimonia la atención de su vista, además de decirnos qué es lo que observa. Leemos, en efecto, que Cristo «al ver a las muchedumbres, se compadecía de ellas, porque estaban extenuadas y abandonadas» (v. 36). Haciéndose nuestro hermano, el Hijo de Dios mira a la gente, mira a la humanidad: ve la opresión que aplasta y la violencia que quita la fuerza. Ve las heridas de las guerras y el vacío del consumismo. Ve rostros reducidos a máscaras, familias rotas por el mal y jóvenes ilusionados por falsos ideales. Jesús ve y ama. Ama y sufre por nosotros, con nosotros: su compasión expresa no sólo cercanía fraterna, sino voluntad de redención”. (Ángelus 14 junio 2026, Papa León XIV)

Así es hermanos, el Dios de los cristianos no es un dios impasible, indiferente, que pudiese permanecer impávido ante los sufrimientos humanos. Todo lo contrario, el dolor de los pobres lo “conmociona”. Y Él mismo se siente interpelado por dicho sufrimiento.  

Hermanos, creo que es importante hacer una trasposición a nuestro presente, al hoy de nuestra historia, porque Jesús sigue vivo en ella; preguntémonos: ¿Qué sentirá el Señor ante las multitudes de hoy? ¿Qué pasa en el interior de Jesús ante nuestro pueblo “extenuado” por la violencia cotidiana, “desamparado” ante la crisis de las instituciones y de la sociedad? Ciertamente Jesús sigue sintiendo compasión y sigue dando su vida para que tengamos vida en él (Segunda lectura: Romanos 5,6-11). Y así como lo hizo frente a los doce, conmoviéndose y enviándolos a la misión, hoy Jesús nos envía a nosotros pidiéndonos mostrar esa misma “conmoción” y ese mismo compromiso por el bien de los demás. Hermanos es importante hoy hacernos esta pregunta: ¿Y cómo vemos nosotros a las multitudes hoy en día? ¿Qué sentimos en nuestro interior ante las multitudes “extenuadas y desamparadas” de nuestro México?

Estimados hermanos, nuestra respuesta no puede ser la indiferencia sino la misericordia. Es determinante para la Iglesia y para la credibilidad de su anuncio que ella viva y testimonie en primera persona la misericordia. Así nos lo ha pedido también hoy el papa León, “¿Cuál es el trabajo que deben realizar? – se pregunta el papa- Llevar el consuelo de Dios a los que sufren: llevar caridad donde hay miseria, esperanza donde hay aflicción, fe donde hay desconfianza”. Su lenguaje y sus gestos deben transmitir misericordia para penetrar en el corazón de las personas y motivarlas a reencontrar el camino de vuelta al Padre. La primera verdad de la Iglesia es el amor de Cristo manifestado al mundo en la misericordia.

Me llama mucho la atención las palabras que Jesús dirige a sus discípulos al enviarlos a ser misioneros compasivos, pastores que dan la vida por el pueblo. En primer lugar, Jesús nos pide mostrar una actitud orante ante los problemas que enfrentamos: “La cosecha es mucha y los trabajadores, pocos. Rueguen, por lo tanto, al dueño de la mies que envíe trabajadores a sus campos” (Mt 9, 37-38). La lucha contra la indiferencia inicia ante el sagrario, con actitud orante y reconociendo que la salvación de nuestra humanidad es obra de Dios. De igual manera, la apremiante necesidad de tener vocaciones al servicio del mundo y de la Iglesia no se resuelve en las oficinas parroquiales sino de rodillas ante el Sagrario.

Ademas de la oración, primer deber de todo cristiano y de todo misionero, Jesús añade: “Vayan y proclamen por el camino que ya se acerca el Reino de los cielos” (v. 7). No se vale que sigamos siendo cristianos “mudos”, “temerosos” incapaces de dar esperanza a estas multitudes extenuadas, agobiadas, somos enviados como “misioneros de la esperanza”, como “portadores de la consolación de Dios” (Papa Francisco); ante tanta miseria, hermanos proclamemos, anunciemos la cercanía de Dios. “Curen a los leprosos y demás enfermos” (v. 8), el cristiano está llamado a mirar de frente las situaciones de miseria e injusticia imperantes en la sociedad y a empeñar sus propios talentos, su riqueza personal y su creatividad para aliviar esos sufrimientos y para contribuir a la transformación de la sociedad. “Resuciten a los muertos y echen fuera a los demonios” (v.8). El discípulo tiene la capacidad y está obligado a expulsar de la historia toda realidad “endemoniada”, es decir expulsar el “espíritu inmundo” de la indiferencia y del egoísmo; el que comparte sus bienes con los pobres arroja lejos el demonio de la avaricia y del egoísmo; quien opta por la verdad, aunque la verdad a veces cueste caro y obligue a enfrentar consecuencias, vence al demonio de la mentira; quien denuncia los atropellos de los poderosos y se pronuncia a favor de los pequeños, exorciza al demonio del poder tiránico y de la injusticia.

Estimados hermanos, “la tarea de evangelizar nace del don de Dios que en Cristo se vuelve perdón para el mundo, servicio a los más pequeños y más pobres, compromiso por la justicia. Pidamos el auxilio de la Virgen María, llena de gracia, para que respondamos con gozo y valentía a la misión a la que Jesús nos llama”. (Papa León XIV) Que Dios nos ayude a “aliviar” los sufrimientos de tantas personas y a “expulsar” todo aquello que no viene de Dios, que no refleja su corazón, que no nos lleva al amor fraterno y universal.

¡Buena misión!

P. Rubén Antonio Macias Sapien sx

Misionero Xaveriano

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