
¡Dispuestos siempre a dar las razones de nuestra esperanza!
Queridos hermanos, como cada domingo en este tiempo de Pascua, la Palabra de Dios nos invita a creer, a esperar, a confiar y a comprometernos con nuestra sociedad. También hoy, ¡cuántas palabras de aliento, confianza y promesa llegan a nosotros!
En medio de tantas preocupaciones cotidianas, Jesús nos invita a sentirlo siempre presente, a descubrir que está vivo y nos ama, y que está comprometido con el mundo, con nuestro mundo. Las palabras irrumpen con fuerza desde el Evangelio (Jn 14,15-21): “No los dejaré desamparados, volveré a ustedes […] porque yo permanezco vivo”. Porque nosotros seguimos viviendo, porque hemos de seguir construyendo su Reino. Porque la vida sigue y además queremos transformar nuestra sociedad para hacerla nuevamente “habitable”, “humana”, “espacio vital” para todos, junto con él y con la fuerza de su Espíritu. Queremos transformar el “océano” de incertidumbre social que vivimos en “tierra firme” de seres humanos que no están huérfanos de su Dios y luchan desde abajo por reconstruir el espacio social que compartimos. Por ello, Jesús no nos deja solos, nos invita a recibir “al otro Paráclito (intercesor, defensor) que mi Padre les enviará”; el Espíritu de la verdad que, junto con Jesús, siempre presente y vivo, nos acompañará y guiará en esta enorme tarea que nos espera: construir la nueva civilización del amor.
Me vienen a la mente en este momento aquellas palabras llenas de esperanza que Papa Francisco nos decía: “Es el soplo del Espíritu que abre horizontes, despierta la creatividad y nos renueva en fraternidad para decir presente (o bien, aquí estoy) ante la enorme e impostergable tarea que nos espera. Urge discernir y encontrar el pulso del Espíritu para impulsar junto a otros las dinámicas que puedan testimoniar y canalizar la vida nueva que el Señor quiere generar en este momento concreto de la historia. Este es el tiempo favorable del Señor, que nos pide no conformarnos ni contentarnos y menos justificarnos con lógicas sustitutivas o paliativas que impiden asumir el impacto y las graves consecuencias de lo que estamos viviendo. Este es el tiempo propicio de animarnos a una nueva imaginación de lo posible con el realismo que solo el Evangelio nos puede proporcionar. El Espíritu, que no se deja encerrar ni instrumentalizar con esquemas, modalidades o estructuras fijas o caducas, nos propone sumarnos a su movimiento capaz de «hacer nuevas todas las cosas» (Ap 21,5). (Papa Francisco, «Vida Nueva», 17 de abril de 2020).
Hermanos, la segunda lectura de hoy (1 Pedro 3,15-18) nos pide “dar razones de nuestra esperanza”; la sociedad y el mundo en que vivimos nos pide hacerlo. Para nosotros, nuestra esperanza está en la certeza de la presencia de Jesus y la promesa del envío del Espíritu Santo quien será nuestro defensor, nuestro consolador, nuestra guía en esta tarea de reconstrucción. ¿Y cómo dar razón de esta esperanza? Las lecturas nos muestran el camino: vivir el mandamiento del amor y ser dóciles a la acción del Espíritu que nos es enviado para guiarnos en la transformación de esta realidad, para llevarnos a construir la civilización del amor. “Si me aman, cumplirán mis mandamientos” nos dijo Jesús en el evangelio. El amor es la Palabra más repetida por Jesús, por sus apóstoles, es la que mejor resume todo su mensaje y toda su vida, incluso sirve para describir lo esencial de Dios: «Dios es amor».
El amor del discípulo por Jesús se traduce en una profunda identificación con Él, con su voluntad, con sus opciones radicales, con su ideal llamado “Reino”, con sus sueños de fraternidad y de justicia universal, con su causa de liberación. Amarle y dejarse fascinar por su manera de vivir son todo un solo movimiento del espíritu. Ser cristiano es hacer de Jesús el centro de la propia vida y amarle y amar a los hermanos con la fuerza de su ejemplo y de su espíritu, no es solo cumplir una serie de normas y mandamientos de forma automática, es más bien optar por su estilo de vida caracterizado por el amor, la solidaridad, la verdad, la compasión, la entrega al prójimo, al más necesitado, al ser humano en dificultad. Nuestro mundo está sediento de testigos, y muy cansado de palabras. Dar razón de la esperanza es «vivir las cosas de la vida cotidiana de otro modo», vivirlas al modo de Jesús.
Para no quedarme solo en teoría, quisiera proponer algunos ejemplos concretos: Cuando llega la enfermedad y la aceptamos con entereza, con serenidad, con paz... eso es dar razón de nuestra esperanza. Cuando alguien es capaz de sacar tiempo de entre sus múltiples compromisos y ocupaciones para -por ejemplo- ofrecerse como Catequista... Cuando uno programa su verano, o incluso varios años de su vida, para entregarlos en un País del Tercer Mundo... Cuando uno sacrifica algo de sus ahorros para ayudar a pagar una renta a una persona mayor que no tiene pensión suficiente, ... Cuando se compromete visitar a alguno de los muchos enfermos o ancianos que viven solos, cuando decide no comprarse el último grito de la moda…; (pudiéramos decir más y más) está dando razones de su esperanza, está mostrando que en su vida hay algo distinto. Mejor: que hay Alguien distinto, que es el motivo de su alegría y de su libertad y que le llena el corazón de esperanza.
Hermanos, amemos profundamente “en nuestros corazones a Cristo, el Señor, dispuestos siempre a dar, al que lo necesita, las razones de nuestra esperanza”; nos ha invitado hoy la Palabra de Dios. Vayamos pues y luchemos por un mundo mejor y demos razón de nuestra esperanza.
P. Rubén Antonio Macias Sapien sx
Misionero Xaveriano

