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12 Abril 2026
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La Palabra

II Domingo de Pascua - Ciclo A
P. Rubén A. Macías Sapien SX

“… y para que, creyendo, tengan vida en su nombre”

Jn 20, 19-31

Queridos hermanos nuevamente estamos reunidos para meditar la Palabra de Dios y fortalecer nuestra fe en Cristo Resucitado; seguimos respirando el aroma de la Pascua, de la vida plena, de la resurrección. Hoy también, en este domingo de la misericordia, la Palabra de Dios nos invita a “tener vida en su nombre”. Nos invita a creer en él, pero de esta manera, asumiendo su vida en nuestra propia vida, teniendo una vida nueva en su nombre.

En el evangelio descubrimos a unos apóstoles aún dudosos, como Tomás, temerosos, viviendo de noche, “a puertas cerradas por miedo a los judíos”; ante ellos se aparece Jesús y los invita a creer, a recibir la paz y a asumir la misión que implica creer. “Como el Padre me envió, así los envío yo”; no es posible permanecer más tiempo encerrado, seguir en la noche de la duda, del miedo, “reciban el Espíritu Santo”, vayan y perdonen, anuncien la victoria del amor sobre el odio, de la vida sobre la muerte, todo ello gracias a la presencia del resucitado en medio de ellos, todo ello gracias a la vida nueva que el resucitado les otorga. Los discípulos se sentían inseguros, confundidos, paralizados, y en este contexto aparece Jesús resucitado y les regala su paz, esa que nace de la certeza de su presencia en medio de ellos, capaz de pacificar cualquier corazón y de deshacer cualquier duda y miedo, cualquier temor en el corazón del hombre. 

Y es que el miedo nos quita la paz y nos paraliza, nos quita vida, y esto sigue pasando incluso hoy, en nuestros tiempos; muchos afirman creer en Cristo, pero viven encerrados en sí mismos y por ello no hablan de Jesús, no se comprometen con la Iglesia, ni con la evangelización, y lo más grave es que sus vidas no testimonian a Jesús vivo en sus actividades diarias; tienen miedo de que los excluyan de sus grupos, que los critiquen por su fe, que las cosas ya no sean igual si Jesús toma control absoluto de sus vidas. No hay por qué temer, porque la paz de Cristo es la certeza de que Él está presente; la paz de Cristo significa tener vida en él, independientemente de lo que pase a nuestro exterior; es tomar conciencia de que él vive en nosotros y que su presencia implica una vida nueva. La invitación de Jesús hoy es, pues, a tener vida en él; a llevar adelante nuestra vida, pero en unión con él y esto en los distintos ámbitos donde su presencia es necesaria, esos ámbitos necesitados de resurrección, de luz, de vida.

A este punto de mi reflexión quisiera hacer una pregunta; hoy en día, ante la realidad que estamos viviendo todos los días, ¿cuáles son esos espacios a donde Jesús nos envía a mostrar esa vida nueva gracias a su presencia? ¿Dónde y cómo quiere que mostremos que él está vivo?

A partir de las lecturas de hoy, considero tres realidades en las cuales podemos mostrar que tenemos vida en él, que él está vivo porque vive y actúa en nosotros:

  • En la solidaridad y la comunión fraterna. Jesús se muestra vivo ahí donde el cristiano sabe “vivir unido y tiene todo en común”, donde “lo bienes son distribuidos entre todos, según las necesidades de cada uno”. La primera lectura del libro de los Hechos (Hch 2,42-47) nos enseña que el ideal de comunidad cristiana está en hacer del mundo una “casa común”. Un hogar donde se construya comunión y, por consiguiente, se construyan personas plenas. Que sea lugar de encuentro y no de paso; lugar donde se vive y se siente, donde se comparte, se reza y se celebra. Lugar donde se vive de solidaridad y donde se manifiesta la comunión también material, económica, social. Lugar donde lo más importante es la persona y no lo material, la persona y no la economía, sino la comunión. Ahí, en la comunión, en la solidaridad podemos y debemos mostrar esa vida nueva “en su nombre”
  • En la escucha de la Palabra de Dios, en la fe y en la alabanza a Dios. La primera lectura nuevamente nos lo recuerda; quien vive de Cristo no se deja guiar por ideologías e intereses, sino por el Proyecto de Dios que es la vida en plenitud del ser humano y de toda la humanidad. Solo dándole nuevamente a Dios su lugar en nuestra historia podremos reconstruir nuestro mundo y darles futuro pleno a las nuevas generaciones. “Sin mí, nada pueden hacer” dice el Señor. Solo con la escucha, con fe tendremos esa vida en su nombre.
  • En la lucha por la paz. En tres ocasiones Jesús dirigió estas palabras a los discípulos reunidos: “La paz esté con ustedes”. Que importante hacer resonar esta afirmación en estos tiempos de guerra, de violencia, de inseguridad. La paz que desea Jesús es el fruto de la presencia poderosa de Dios. Con la Resurrección de Jesús ha comenzado la nueva y definitiva etapa de la historia. El Reino ya está aquí. Si los apóstoles se sienten perseguidos y atemorizados, si nos sentimos nosotros de esa manera, no hay razón para ello. La paz de Dios está con nosotros y ella nos da esperanza, nos da fuerza para reconstruir la humanidad bajo el signo de su amor. La paz de Jesús no es la ausencia de conflictos, sino la manifestación y concretización del amor manifestado en la cruz que nos hace vencer el odio con el perdón, la maldad con el bien. Por algo Jesús les muestra las manos y el costado inmediatamente después de saludarlos con estas palabras de Paz. La paz de Cristo es, pues, el amor, el perdón, la misericordia, la bondad. Tener vida en su nombre significa trabajar por una humanidad “pacificada” por este amor.

Estimados hermanos, en este domingo de la misericordia Jesús nos envía a ser constructores de paz, promotores de comunión, artífices de la solidaridad humana, discípulos atentos a su Palabra, amantes de su eucaristía. Creamos en él y llevemos esa vida nueva en su nombre.

¡Felices Pascuas!                                                                   P. Rubén Antonio Macias Sapien sx

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