
¡Lázaro, sal de ahí!
Queridos hermanos, estamos casi llegando al final de nuestro camino cuaresmal, estamos en el quinto domingo y hoy nuevamente Jesús nos invita a mirar hacia la Pascua, hacia la nueva vida que él nos da, que él nos trae. Este tiempo de Cuaresma nos ha ido introduciendo en el conocimiento de Jesús. Lo hemos visto tentado, y saliendo vencedor de la tentación; lo hemos visto revestido de gloria, y hemos oído el testimonio del Padre que lo revela como su hijo amado; lo hemos visto como un aguador singular que nos trae el agua viva, la única que puede calmar nuestra sed; lo hemos visto como el portador de la luz, como la luz del mundo que rasga nuestras tinieblas, que abre nuestros ojos. Hoy se revela una dimensión aún más profunda de su persona; él es el Dios de la vida y quiere cumplir el motivo de su misión: darnos vida plena. «Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees esto?
Las lecturas de este quinto domingo de Cuaresma nos sitúan ante esta realidad profunda que tanto cuestionan al ser humano, la realidad del sufrimiento y de la muerte, pero ante ello Jesús nos invita a confiar y creer. Él ha venido para vencer la muerte y darnos vida plena. Nos invita a creer.
El pasaje de la resurrección de Lazaro comienza con esa afirmación de Jesús ante su enfermedad y el sufrimiento que su muerte deja en Marta y María. Todo para Jesús es ocasión para mostrar la gloria de Dios, que no es nuestra muerte, sino nuestra vida. «Esta enfermedad, nos dice hoy, no es para la muerte, sino que servirá para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella». Así es hermanos, estamos llamados a interpretar todo acontecimiento desde la luz de la fe, incluso los acontecimientos más dramáticos y difíciles de nuestra vida y ante ello glorificar a nuestro Dios. Estamos llamados a creer en la cercanía de Dios ante todas nuestras realidades, aun las más difíciles, una cercanía marcada por la compasión y por el amor. A Jesús le importamos, Jesús no duerme, indiferente ante nuestra barca al borde del colapso, Jesús, dice el evangelio de hoy “se conmovió hasta lo mas hondo”. El dolor que Jesús experimenta por la muerte de Lázaro y el sentimiento de intima compasión hacia Marta y María, sumidas en profundo desconsuelo, le arrancan lagrimas también a Él; de hecho, dice el evangelista: “Jesús se puso a llorar”. Nuestro Dios es un Dios cercano, compasivo, que asume nuestro dolor y sufre con nosotros, llora con nosotros.
Pero Jesús no solo asume nuestro dolor, lo redime, lo salva porque él ha venido para que tengamos vida. Ante las lagrimas de Marta, ante nuestras lagrimas Jesús nos dice: “Tu hermano resucitará”. Quizá nosotros, igual que Marta diremos: “Ya sé que resucitará en la resurrección del último día”. Pero Jesús hoy, ante nuestros sepulcros cerrados, ante nuestras realidades de muerte, nos quiere decir de modo tajante: «Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees esto?». Esta pregunta dirigida a Marta también hoy Jesús la dirige a todos nosotros, peregrinos en este camino cuaresmal.
Inmediatamente a la proclamación de fe de Marta Jesús hace algunos gestos por demás significativos: se acerca al sepulcro, pide retirar la losa y llama a Lázaro: “Lázaro sal de ahí”, finalmente pide que lo desaten para que pueda andar. Estos gestos rompen toda lógica y manifiestan el poder salvador de Jesús y el camino que, como cristianos debemos recorrer para traer de nuevo la vida al mundo.
Necesitamos “acercarnos” a todos esos sepulcros donde yace inerte el hombre de hoy, acercarnos a toda realidad de muerte, llorar ante ello, pero tambien comprometernos a “quitar toda losa” que encierra al hombre de hoy en un sepulcro, es decir quitar la losa del egoísmo, de la injustica, de la maldad; quitar la losa del egoísmo que invade al hombre de este siglo, a ese Lázaro que Jesús ama, y que lo ha llevado hasta la enfermedad, hasta el sepulcro. Los sistemas económicos injustos en que vivimos, la sociedad misma y nuestro estilo de vida nos han enfermado hasta la muerte, nos han llevado al sepulcro. Lázaro representa el hombre de este siglo que necesita revenir a la vida, que necesita una nueva oportunidad para “salir” de ese sepulcro y recomenzar de nuevo, teniendo a Cristo y su Palabra como guía en esta nueva vida, aquí, en nuestro mundo, en espera de la resurrección final.
“Lázaro, sal de ahí”; hombre de este siglo, sal de ahí, sal de ese sepulcro, retoma la vida que Jesús te da; Jesús nos invita a salir de la cueva, de la fosa, en la que nos encontramos. Nos invita a reconocer que no tenemos fuerzas para salir nosotros solos. Nos tiende la mano y nos saca a la luz. Jesús manda: «Desatadlo y dejadle andar» (Jn 11,34). La redención nos ha liberado de las cadenas del pecado, que todos padecíamos. Nosotros lo sabemos y lo hemos experimentado, su Palabra nos ha liberado, nos ha “desatado” de nuestros egoísmos. Vayamos y desatemos al hombre de hoy de todas sus ataduras de pecado. Seamos misioneros y desatemos a todos aquellos a quienes Jesús grita: “Lázaro sal de ahí”. Los cristianos estamos llamados, ya en esta tierra, a vivir esta nueva vida sobrenatural que nos hace capaces de dar crédito de nuestro destino: la vida plena en Jesús. Vayamos y démosle la oportunidad al hombre de hoy, de experimentar lo mismo que nosotros: la nueva vida que Jesús nos trae.
¡Vivamos pues de la vida nueva que Cristo nos da!
P. Rubén Antonio Macias Sapien sx
Misionero Xaveriano

