Skip to main content
8 Febrero 2026
238 vistas

La Palabra

V Domingo del Tiempo Ordinario - Ciclo A
P. Rubén A. Macias Sapién SX

“ser sal, luz…, cuestión de identidad”

Mt 5, 13-16

Estimados hermanos y hermanas, después de escuchar el domingo pasado el programa del Reino, es decir: las bienaventuranzas, las lecturas de este día nos sitúan en la vivencia práctica de tal programa. Vivir las bienaventuranzas pone de manifiesto el esplendor del ser cristiano y su misión en el mundo. Esplendor que nos es explicado en el evangelio (Mt 5,13-16) a través del símbolo del sabor y de la iluminación; invitación también -primera lectura- a mostrar tal esplendor por medio de las obras (Isaías 58,7-19), al vivo ejemplo de Cristo, el máximo exponente de las Bienaventuranzas, como lo expresa San Pablo en la segunda lectura (1 Cor 2,1-5).

Hermanos la palabra de Dios que acabamos de escuchar nos invita de nuevo al compromiso. Seguir a Jesús Cristo significa optar por su estilo de vida, expresado claramente en las bienaventuranzas, y esto no se puede limitar a algo personal o espiritual únicamente, no puede quedarse en un simple esfuerzo por y estar bien con uno mismo o un simple deseo moral para llegar a ser buenos. El cristianismo no puede limitarse a una escuela de superación personal. Jesús, en el evangelio, utiliza dos imágenes bien expresivas, cargadas de profundidad y de identidad para el cristiano: “Ustedes SON la sal de la tierra…, ustedes SON la luz del mundo”. No estamos ante una invitación, ni una oferta, ni una meta que debamos plantearnos en nuestra vida; es cuestión de identidad. El Señor ha dejado caer una afirmación tajante sobre algo que va implícito en nuestra condición de discípulos: somos luz y sal. ¿Qué tiene que hacer la sal para salar? Ser lo que es. ¿Qué tiene que hacer una lámpara encendida? Iluminar. ¿Qué tiene que hacer un cristiano en el mundo? Ser lo que es, no perder nuestra identidad, nuestro «ser». Hermanos, sabemos que hemos de ser sal y luz para los demás. Nos lo dice Jesús. Nos lo insinúa nuestra conciencia. Es una necesidad apremiante. ¡Hay tantos a nuestro alrededor tan necesitados del buen sabor que dé sentido a sus vidas! No podemos optar por la indiferencia, no. ¿Seremos valientes para abrir el salero de nuestra vida cristiana allá donde se están cocinando los destinos de nuestra sociedad? ¿Por qué –frecuentemente- preferimos pasar desapercibidos sin dar color cristiano a tantas situaciones que reclaman nuestra opinión o presencia activa como seguidores de Cristo? ¿Por qué?

Permítanme insistir sobre los símbolos que el evangelio nos presenta hoy para entender aún más lo que Jesús nos pide. La sal no se ve, pero se nota; se hace gustar, paladear. La sal se pierde entre el manjar, entre la comida, se desvanece, pero, ella tiene una fuerza interna que potencia finalmente lo mejor que hay en el alimento, le hace exquisito al paladar. Un poco de sal consigue el milagro. Ella es diferente a todos los alimentos y al mismo tiempo indispensable para que estos puedan ser plenamente lo que son. La sal no se deja ver, pero se deja notar en el sabor. Su arte radica en disolverse, en llegar a ser nada, para dar el toque al todo. Hay muchas personas que “no se dejan ver”, pero su presencia no pasa desapercibida, su fuerza interior, su vida cristiana, su fe, se hace de manifiesto, porque no paran de hacer el bien. A su lado se puede paladear la paz, la serenidad, la alegría. Tienen “buena vibra”, tienen esa “presencia de Dios” que, donde están, lo hacen “gustar”, “sentir”, “saborear”.

La fuerza está precisamente en que la sal no es para sí, sino para ser condimento de la comida. Ese es el secreto de ser sal; no vivir para sí, sino para hacer notar todo lo demás, todo lo bueno de lo demás, cuando no se vive desde el egoísmo, del orgullo, del deseo de imponerse sobre los demás, sino que se vive desde la lógica de la donación, de la humildad, del deseo del “disminuir para que él crezca”, es decir, que crezca Jesús en medio de nosotros.

La luz, por el contrario, no se puede esconder. Hay personas que “se las ve de lejos”: Santa Teresa de Calcuta, el Papa Francisco, esa catequista entregada, ese joven que se deja guiar por valores, por su fe, ese padre de familia amoroso y respetuoso…; ellos están “encima del candelero”. Como dice el Evangelio de hoy, «en la cima de un monte» o en «el candelero» (cf. Mt 5,14.15). Y sus obras nos iluminan.

Jesús nos recuerda hoy que un cristiano, por su opción de fe, simplemente es sal y luz del mundo. Pero, sigo insistiendo, ¿qué significa esto en la práctica? El mismo Evangelio nos da ya una pista: significa hacer “buenas obras” porque así todos darán gloria al Padre que está en el cielo. Y ¿cuáles son las buenas obras a que se refiere Jesús?

La primera lectura, nos lo dice con claridad: “Comparte tu pan con el hambriento, abre tu casa al pobre sin techo, viste al que va desnudo”. Son mensajes claros, sencillos, concretos, obras. No es necesaria ninguna interpretación. También nos dice que hay que “desterrar la opresión, el gesto amenazador y la palabra ofensiva”. Y para completar su enseñanza, insiste: “no te cierres a tu propia carne”, no vivas solo desde tu mente, tu visión, ábrete a Dios y al prójimo.  Y todo ello realizado con un solo objetivo: “Que de igual manera brille la luz de ustedes ante los hombres, para que viendo las buenas obras que ustedes hacen, den gloria a su Padre, que está en los cielos”. Nuestra finalidad no es otra que la gloria de Dios. Los cristianos no somos un grupo filantrópico, que hace las cosas para mostrarse o para hacer el bien solamente; todo debe llevar a la gloria de Dios Padre, a anunciar su presencia en el mundo y hacerlo amar, pues, esa es su gloria: “que todos te conozcan a ti, Padre del Cielo”.

Hermanos, el mensaje de Jesús es claro, sus discípulos se distinguen sobre todo por eso: por la luz que dan, por el sabor que ponen en el mundo. No hace falta añadir más, es cuestión de identidad. ERES LUZ, ERES SAL. Sé consciente, alégrate por ello y no renuncies a lo que eres... Seamos cada uno lucecita en el pequeño ambiente en que nos movemos. Seamos luz de cariño y amor. No importa que esa luz sea pequeña. Hagamos nacer cada uno nuestra luz y el mundo entero será luz de mediodía. Enciende lámparas ahí donde caminas, da sabor a la vida de otros con lo que eres, con lo que tienes, con lo que haces, como puedas. Es cuestión de creer o no creer, vivir el Evangelio o no vivirlo, ser o no ser.

P. Rubén Antonio Macias Sapien sx

Misionero Xaveriano

¿Te ha gustado este artículo?
¡Compártelo!