
“…una es la esperanza a la que habéis sido llamados”
Estimados hermanos y hermanas, la celebración de este tercer domingo ordinario se empata con la conclusión de la semana de oración por la Unidad de los Cristianos. Las lecturas son por demás elocuentes, pues nos invitan a la conversión y al seguimiento, como lo escuchamos en el evangelio de hoy (Mt 4,12-23). En la segunda lectura (1 Cor 1,10-13.17) san Pablo exhorta a los corintios: “en nombre de nuestro Señor Jesucristo, a que todos vivan en concordia y no haya divisiones entre ustedes, a que estén perfectamente unidos en un mismo sentir y un mismo pensar”. Su exhortación mantiene hoy por hoy toda su vigencia.
Hermanos, la unidad, más que un simple ideal, es un mandato divino que está en el centro de nuestra identidad cristiana. Representa la esencia de la llamada de la Iglesia a reflejar la unidad armoniosa de nuestra vida en Cristo, en la diversidad. Esta unidad divina es fundamental para nuestra misión y está sostenida por el profundo amor de Jesucristo, que nos ha destinado a un mismo fin. Como afirma el apóstol Pablo en su carta a los Efesios: «Uno solo es el cuerpo y uno solo el Espíritu, como una es la esperanza a la que habéis sido llamados» (4,4). Este versículo bíblico, elegido para este año, encierra la profundidad teológica de la unidad de los cristianos y nos exhorta a buscar verdaderos caminos de conversión que nos reubiquen de nuevo en el seguimiento de Jesús y no en doctrinas o ideologías meramente humanas.
Recordemos hermanos que Jesús, en su oración en el Getsemaní pide por los creyentes, para que sean uno como el Padre y Él son uno, demostrando que nuestra unidad se basa en nuestra relación con Cristo y en nuestra misión común de compartir la Buena Nueva. El mandamiento fundamental de Jesús de amarnos unos a otros como Él nos ha amado (Juan 13,34-35) refuerza que este amor es la esencia de nuestra unidad. Este amor sacrificado y desinteresado es a la vez el vínculo de nuestra comunidad y el testimonio primordial de nuestro seguimiento. La oración de Jesús al Padre pidiendo para que nuestra unidad sea un testimonio ante el mundo (Juan 17,23) se convierte en un testamento que prolonga su misión divina ahora continuada por nosotros cada vez que buscamos construir unidad.
Esta es la luz que necesitamos poner en todo lo alto en nuestros días, Jesús es esa luz que se enciende para que sea puesta, no debajo de la cama, sino en el candelabro, en lo alto y nos dejemos iluminar por ella y podamos retomar el camino hacia ese mundo de paz, de unidad que tanto necesitamos. La tierra de “Zabulón y Neftalí”, no es solo un lugar geográfico, sino toda realidad humana, como la nuestra, donde Jesús se levanta como esa luz que resplandece, que trae alegría y que pide apropiarnos de ella. Hoy, pues, estamos llamados a ser ese pueblo que ve en Jesús esa gran luz. No nos acostumbremos a la oscuridad, ni a escuchar siempre a los pregoneros de tinieblas, a quienes anuncian siempre el mal, “el pueblo que yacía en tinieblas vio una gran luz”.
La presencia de esa Luz, Jesucristo, pide a los que se dejan envolver por ella, dos actitudes fundamentales: La conversión y el seguimiento. “Conviértanse, porque ya está cerca el Reino de los cielos”. La llegada del Reinado de Dios representa la transformación más radical de valores que jamás se haya podido anunciar. Aceptar la luz de Cristo implica convertir, cambiar, renovar todos nuestros esquemas, nuestras conductas, nuestras maneras de vivir para instaurar esas nuevas conductas basados en el amor fraterno, en el reconocimiento de Dios como Padre de todos que nos invita a la fraternidad, a la justicia, a la paz, a la unidad.
Además, la conversión pide una continuidad, un renacer de nuevo siguiendo a Jesús para recuperar nuestra humanidad perdida por el pecado, es un seguimiento que nos trae una nueva vida. Mateo, en el evangelio de hoy, señala cuatro acciones de Jesús que describen ese seguimiento que se nos es pedido hoy:
Jesús “andaba por toda Galilea”; lo primero es ponernos en movimiento; no podemos seguir viviendo un cristianismo pasivo, “sentados”; es necesario caminar detrás de Jesús, aceptar, cambiar, aceptar, ir, salir, moverse hacia donde él nos lleva. Segundo, Jesús andaba…, “enseñando en las sinagogas…”; necesitamos aprender de él, necesitamos recuperar nuestra realidad de discípulos que se ponen a su escucha; no podemos seguir viviendo nuestra fe desde la costumbre, desde lo siempre dicho; hay que buscar comprender, profundizar, entender nuestra fe para vivirla con más convicción. Los tiempos que vivimos exigen cristianos convencidos en su fe, “capaces de dar razón de su fe. Y pues, si estamos convencidos y somos conscientes, tercer paso, ser cristianos que “proclaman la buena nueva del Reino de Dios”. Conocer y comprender la Palabra de Jesús provoca en nosotros las ganas de anunciarla, de proclamarla, como los discípulos de Emaús. Y, por último “curando a la gente de toda enfermedad y dolencia”. Seguir a Jesús en la construcción del Reinado de Dios no es algo sentimental, teórico, para nada, nuestra fe nos debe llevar a la transformación de realidades, al compromiso por los más pobres, “a curar” toda realidad donde la dignidad del ser humano sea pisoteada, donde se niegue la fraternidad, donde se viva bajo el “cáncer” del odio, de la injusticia, de la desigualdad, de la división.
Hermanos, al terminar la Semana de oración por la unidad de los cristianos, retomemos el paso en nuestro camino de conversión, impliquémonos en la tarea de proclamar la Buena Nueva y de llevar el consuelo a todos, trabajemos por la unidad de quienes creemos en Cristo y pongamos a Jesús en el centro de nuestras vidas, de nuestras comunidades, en fin, al centro de nuestra fraternidad.
P. Rubén Antonio Macias Sapién sx
Misionero Xaveriano

