
“Vimos surgir su estrella y hemos venido a adorarlo”
Queridos hermanos y hermanas, la liturgia de hoy nos invita a vivir de nuevo la Navidad, hoy desde la perspectiva del Dios que se manifiesta, eso significa “EPIFANÍA”. El 25 de diciembre celebramos la Encarnación del Hijo de Dios, hoy celebramos su Manifestación como salvador de todos los pueblos. Vivamos esta fiesta litúrgica con toda su profundidad espiritual, el 6 de enero tendremos tiempo para lo demás, eso que comercialmente nos ocupa y, quizá, nos distrae de lo esencial: regalos, rosca de reyes, fiesta, etc.
En este día de la «Epifanía del Señor» la liturgia se centra en la revelación de Dios a los que no pertenecen al pueblo judío, a los que no son del pueblo de la Alianza. El profeta Isaías (1ª Lectura: Is 60, 1-6) dice que «los pueblos caminarán a tu luz», san Pablo en la carta a los Efesios (2ª Lectura: Ef 3,2-3.5-6) dice que «los gentiles son coherederos de la misma herencia, miembros del mismo cuerpo y participes de la misma promesa» y en el Evangelio (Mt 2,1-12) son unos Magos de Oriente los que emprendieron un largo camino, buscaron, preguntaron y finalmente llegaron y «adoraron al niño», siendo así ellos, los coherederos, miembros y partícipes del Reino iniciado por este niño. Todo ello nos habla, por un lado, de la universalidad de la salvación: Jesús, el Mesías, ha venido para todos los pueblos, pero también de la importancia de ponernos en camino, en búsqueda, para ir, encontrar y adorar al Salvador que nos ha nacido y así, a nuestro turno, convertirnos en herederos, miembros y partícipes del Reino.
Hermanos, hermanas, el ser humano es, por naturaleza, un peregrino que va por la vida en busca de sentido. En su peregrinar, hay señales biológicas, históricas, psicológicas y espirituales que van marcando su itinerario de vida; de hecho, su madurez, su plenitud de vida, su misma felicidad depende de la comprensión e interpretación de todos esos signos, de su historia, de su caminar. Una primera reflexión sobre los personajes de la fiesta de hoy radica en esto, su sensibilidad, su apertura, su búsqueda de sentido; ante la estrella, ante ese signo, se ponen en movimiento y todos los lleva a encontrar al niño y adorarlo. Estos magos, hombres de ciencia y de fe, están atentos a los signos de los tiempos para buscar signos divinos. He ahí una primera enseñanza para nosotros, cristianos de estos, nuestros tiempos, vividos a la carrera, sin sentido, sin reflexiones, sin búsquedas de sentido. Al igual que los sabios de Oriente, debemos recuperar primero una profunda sensibilidad en nuestra vida para poder reconocer las manifestaciones de Dios y su paso por nuestra existencia. Esto es, identificar la presencia del Reino del Dios en el mundo. Y, en segundo lugar, responder a los desafíos y oportunidades que presenta nuestra época, de modo que, al igual que ellos, nos pongamos en camino, proclamemos y adoraremos al Señor.
Una segunda reflexión va en ese sentido, ponernos en camino; ante los signos de Dios, ponernos en movimiento, arriesgar, salir, dejar nuestras comodidades para ir a adorar al Dios que nos ha nacido. En efecto, ser seguidores de Jesús, el Cristo, es estar en camino; desde los primeros tiempos del cristianismo, a los discípulos de Cristo así se les denominó “los del camino”. Ponerse en camino implica desprendimiento, salir de uno mismo y dejar las comodidades, el poder. Ser cristianos en camino requiere la desinstalación de nuestras seguridades para fiarse más en Dios; superar nuestros miedos para confiar en la providencia de Dios, aceptar la sorpresa y la novedad que Jesús nos pueda ofrecer, porque será Dios mismo quien se nos haga el encontradizo. Concurrir con Él en el camino será la mayor alegría que el ser humano pueda experimentar.
Quisiera proponer algunas repercusiones concretas en nuestra vida espiritual, a partir de los personajes de la fiesta de hoy, los magos. De ellos quisiera resaltar dos actitudes que nos preparan a la misión: a) El ser capaces de levantar la mirada hacia lo alto, ver más allá de aquello inmediato que llena la vida (ocupaciones, pequeñas cosas de cada día, profesión, apegos, familia,...); y ser capaces de distinguir la luz de Dios entre todas las luces que brillan… b) El poner en su vida una buena dosis de valentía como para ponerse en camino siguiendo esa luz-estrella, confiando en su guía, desprendiéndose de seguridades y costumbres que les atan, y abriéndose a las gentes y pueblos que el camino les ofrece.
Los magos manifiestan esa actitud de “desprendimiento”: hay que dejarlo todo para partir en búsqueda del verdadero rey y al encontrarlo, repartir para anunciarlo. Ellos levantan la mirada hacia lo alto y se deshacen de todo, el desprendimiento que nos enseñan significa ya no considera más las cosas como la fuente de nuestras vidas, como la garantía de nuestra seguridad y, por lo tanto, que no nos aferramos a ellas; que ellas no nos poseen a nosotros, ni determinan lo que somos ni lo que anhelamos; que son solo superfluas o secundarias. Ante ellas, libertad y libertad para ir hacia él, encontrarlo, adorarlo y anunciarlo. Segunda cosa, pues, los magos representan la aceptación de cualquier riesgo con tal de dar con Jesús. Ellos emprenden el camino y es en el riesgo que implica el caminar que ven la luz, se alegran y la siguen.
El misionero está llamado, pues, a emprender el camino, a arriesgarlo todo con tal de dar con ese Jesús, y al encontrarlo, adorarlo, darle el tesoro más grande que es su vida misma, para entonces ir y proclamarlo, así como lo hicieron los magos venidos de Oriente.
“Queridos amigos, -cito a nuestro Padre General Fernando García-misionero xaveriano -, el principal fruto de la verdadera adoración a Dios es el don diario de uno mismo, poniéndose íntegramente y con gran alegría a su servicio. Juntos, con cordialidad, generosidad y gratitud a Dios, dejémonos guiar día a día por la estrella divina, llevando a cabo su proyecto de amor por todos nosotros: ¡Hacer del mundo una sola familia!”
P. Rubén Antonio Macias Sapien sx
Misionero Xaveriano

