Skip to main content
2 Noviembre 2025
195 vistas

La Palabra

Conmemoración de Todos los Fieles Difuntos - Ciclo C
P. Rubén A. Macias Sapien SX

“Orar por los difuntos es una acción santa y conveniente”

2 Mac 12,43-46; Lc 23, 44-46. 50. 52-53; 24,1-6

Estimados hermanos, hoy domingo dos de noviembre la liturgia nos invita a recordar desde la fe a nuestros fieles difuntos. Y creo que hay razones que podemos entender y justificar exactamente gracias a nuestra fe en la resurrección. Como una primera razón diría: celebramos esta fiesta, porque los fieles difuntos también son Iglesia o cuerpo espiritual de Jesucristo, que han entrado ya en ese mundo sin dolor ni muerte; de ese mismo cuerpo son ellos y nosotros; es decir, seguimos unidos. Una segunda razón, porque los fieles ya difuntos cuando caminaron en este mundo, sembraron en favor nuestro lo mejor que tenían, y es natural que demos gracias por su vida en la tierra y celebremos nuestra confianza en que, por la misericordia de Dios, hayan vencido a la muerte. Hacemos de este día, pues, un recuerdo que nos da paz, nos hace crecer y madurar en la fe. Un tercero, porque nos recuerdan nuestra vocación cristiana: en el agua del bautismo fuimos simbólicamente sepultados para resucitar a una vida nueva donde han entrado ya definitivamente nuestros hermanos difuntos. Por lo tanto, también nosotros debemos y podemos caminar en esa vida nueva. La fiesta de hoy debe ser una fiesta de esperanza.

Meditando las lecturas de hoy, retomo en primer lugar la primera lectura; ella terminaba con esta afirmación exhortativa: “En efecto, orar por los difuntos para que se vean libres de sus pecados es una acción santa y conveniente”. Nuestros antepasados mexicas lo sabían y, aun antes de la evangelización, ya celebraban esta vida de nuestros difuntos. Ciertamente, hoy nos reunimos, pero no solo como mexicanos que recuerdan una tradición ancestral, prehispánica, por lo tanto, anterior a nuestro conocimiento de Cristo, sino más bien, como un acto de fe en él y en su resurrección. De hecho, pensar en la muerte sin Cristo siempre será insuficiente, como en las tradiciones ancestrales, aun si son positivas, como la nuestra mexicana o negativas, por ejemplo, como aquella que me tocó vivir en Burundi, o como la tradición que en algunos lugares de esta ciudad de México se tiene en el culto de lo que llaman, “la santa muerte”.

Para nosotros cristianos, como decía anteriormente, esta es una conmemoración desde la fe en el Dios de la vida. El Dios de Jesucristo que dio su vida en rescate por la humanidad, dándonos a sí la certeza de la inmortalidad. La vida en plenitud. Desde esta perspectiva, la muerte ya no tiene sentido verla desde el miedo, o como una realidad impuesta de modo fatídico; no debemos vivir muriendo, vivir sabiendo que la muerte nos alcanza, sino “morir” cada día, para dar vida, para generar vida, para alcanzar la vida en plenitud. Entregarse, darse, “morir” en el servicio al prójimo, dando vida como camino para alcanzar finalmente esta plenitud de vida.

El cristiano no puede tener una mentalidad fatalista ante la realidad de la muerte, la muerte es la puerta que nos abre el cielo y el cielo, es la vida eterna vivida en plenitud frente a Dios y al lado de quienes más nos importan y amamos. El cristiano no teme la muerte porque sabe que existe la vida plena, la vida perfecta que no acaba ni se agota. Jesús ve la vida eterna como un banquete en el que todos gozamos de la presencia y cercanía de Dios que nos atiende y sirve los mejores manjares, por eso la Eucaristía, como comida, banquete y convivió, es un anticipo del cielo, pero el pan ya no lo ofrecerá el sacerdote sino Jesús mismo. Fíjense que hermoso esto que acabo de decir; sí, este banquete que nos da vida es hermoso, pero se vive de la mano de un sacerdote, como un anticipo; cuando llegue ese día será Jesús mismo que te ofrecerá este banquete.

En cuanto al evangelio, me llama la atención, en primer lugar, la actitud de Jesús cuando está enfrentando su muerte, violenta, injusta, trágica, la peor de las muertes en tierra, él dice: “Padre, en tus manos, encomiendo mi espíritu”. Jesús, al confiarse incluso en un momento tan dramático, sabe que el Dios a quien se confía es el Dios de la vida; es el Dios que no es vencido por la muerte. Recordemos que cuando Jesús corregía a los saduceos sobre su visión de la vida después de la muerte, les dice: "No es un Dios de muertos, sino de vivos, porque para él todos viven". Jesús nos enseña, de este modo, algo esencial: la vida es lo único que Dios quiere y da; por eso Jesús decía "He venido para que tengan vida y la tengan en abundancia", refiriéndose a esta vida que vivimos en el cuerpo, pero también en previsión de la vida eterna. Es por eso que Jesús al morir se confía aún más, si lo hizo día a día, más aún el día de su muerte.

La muerte no es el final; es decir, para el ser humano no todo termina con la muerte, para los que vivimos en Cristo, para quienes le hemos aceptado por el bautismo, estamos llamados a una vida que no termina ni acaba, una vida plena y perfecta, lo que llamamos la vida eterna. Al celebrar a quienes han muerto confiando en la misericordia de Dios, queremos confesar que confiamos en que esa aspiración humana a la vida perfecta, se realiza como don de Dios con la resurrección de Jesús, que es el anticipo de la nuestra propia resurrección.

Aquí me resuenan fuerte esas palabras dichas a los apóstoles de parte de esos varones con ropas resplandecientes: “¿Por qué buscan entre los muertos al que está vivo? No está aquí. Ha resucitado”. Entonces, si Jesús ya nos abrió las puertas para esa vida plena, ¿por qué seguir ocupándose de cosas que solo nos traen muerte? ¿Por qué seguir buscando la vida en caminos, actitudes y comportamiento que solo nos traen muerte? La muerte y todo lo que genera o trae muerte no puede ser una opción para ninguno que se dice cristiano y busca seguir al maestro Jesús.

Para concluir, nuevamente los invito a orar por nuestros difuntos desde esta visión de fe y esperanza. Oremos por ellos, pues llegará el tiempo en que también nosotros necesitaremos de su oración. Ahora nos sentimos peregrinos con la esperanza de la vida eterna, y por eso oramos por todos nuestros difuntos en la comunión de los santos. ¡Qué ellos intercedan por nosotros, así como hoy intercedemos por ellos! Que todos busquemos ser purificados por el amor, pues para Dios todos estamos vivos.

P. Rubén Antonio Macias Sapien sx

Misionero xaverano

¿Te ha gustado este artículo?
¡Compártelo!