
Humildad y perseverancia/misión y oración
Estamos concluyendo este mes particular dedicado a las misiones, es nuestro último domingo de octubre; la palabra de Dios, el domingo pasado, nos invitaba a la oración, decíamos, parafraseando al Papa Francisco en su mensaje para el DOMUND: “Los misioneros de esperanza son hombres y mujeres de oración, porque “la persona que espera es una persona que reza”. Hoy nuevamente la palabra de Dios nos invita a reflexionar sobre la oración, pero no en el sentido de enseñarnos como formular una oración, sino como fortalecer aquellas actitudes justas y necesarias para encontrarnos con Dios y renovar en nosotros el compromiso misionero, dos actitudes sin las cuales no podemos abrirnos ni a Dios ni a los otros, ni tampoco trabajar por su salvación, estas actitudes son la humildad y la perseverancia.
En el Evangelio Jesús nos presenta una parábola que describe claramente esta primera actitud, la humildad. Solo quien es capaz de “olvidarse” de sí mismo puede abrirse a la misericordia de Dios, y solo quien se deja “tocar” por esa misericordia es capaz de pensar en sus hermanos de manera positiva y disponible para ir a su encuentro. Cuando el orgullo llena el corazón, la persona orgullosa vive centrada en sí misma, haciendo incluso de Dios y de la religión, un objeto para satisfacer su propio egoísmo. El evangelio de hoy es un ejemplo claro.
Insisto, hermanos, en la manera como vivas, se reflejará también en la manera como oras. Dicen que tal como se vive, así se ora, así se reza y no al revés. El fariseo y el publicano del evangelio no son solo son dos personas que oran descritas por Jesús, son dos formas de vivir, dos posturas de fondo y no simples gestos de dos feligreses en un templo; son dos sensibilidades ante Dios por la manera de relacionarse con él y dos sensibilidades en la relación con los demás. Otra máxima: dime como oras y te diré en qué Dios crees.
En su mensaje para este mes misionero, el Papa Francisco nos recordaba otro aspecto importante de la oración: “Rezando, mantenemos encendida la llama de la esperanza que Dios encendió en nosotros, para que se convierta en una gran hoguera, que ilumine y dé calor a todos los que están alrededor, también con acciones y gestos concretos inspirados por esa misma oración”. Así es hermanos, la oración nos debe llevar hacia Dios, sí, pero también hacia el prójimo para que sea una auténtica experiencia del Dios de Jesucristo, y esta experiencia, en lugar de centrarnos en nosotros mismos y en nuestra santificación, nos lanza al hermano, sobre todo el pobre, el alejado de Dios, el pecador, el que no lo conoce, con toda la intención de compartirle la alegría del Dios misericordioso. La parábola de hoy termina con esta afirmación: “Pues bien, yo les aseguro que éste bajó a su casa justificado y aquél no”. El humilde bajó a su casa contento y proclamando la misericordia de Dios, anunciando a los demás lo que Dios había hecho con él, cumpliendo entonces su misión de testigo, de artesano de esperanza, bajó siendo un misionero de esperanza. El fariseo, por el contrario, bajó a su casa hablando aún más de sí mismo y juzgando a los demás.
Es importante, pues, desarrollar en nosotros la virtud de la humildad y mostrarla en nuestros momentos de oración. Recuerdo al estar en la misión de Burundi, la oración me ha acompañado siempre y me ha fortalecido, sobre todo cuando tenía que enfrentar la realidad de un pueblo que estaba descubriendo a Jesús, por lo tanto, sus actos estaban aún lejanos del evangelio; una oración humilde me ayudaba a no juzgarlos y a sentir el deseo de seguir ahí presentándoles el Dios misericordioso de Jesús. Cuando me topaba con realidades como la violencia, las actitudes de injusticia entre ellos o de discriminaciones fruto de una ausencia de valores cristianos, recurría a la oración y me tranquilizaba y buscaba como poder llevarlos a lo que yo estaba experimentando, es decir la misericordia de Dios que me tenía ahí, en ese país africano, anunciando su palabra. Solo sintiéndome pecador perdonado, podía orar justamente y salir al encuentro de mi hermano para compartir mi fe.
Una segunda actitud necesaria para renovar en nosotros el compromiso de anunciar el evangelio es la Perseverancia. En la segunda lectura escuchamos al campeón de las misiones, al apóstol de los gentiles, San Pablo, que nos dice con claridad: “He luchado bien en el combate, he corrido hasta la meta, he perseverado en la fe, ... el Señor estuvo a mi lado y me dio fuerzas para que, por mi medio, se proclamara claramente el mensaje de salvación y lo oyeran todos los paganos”. El misionero, capaz de vivir en humildad, es capaz también de reconocer esa presencia que lo fortalece, y unido a esa presencia, persevera. La vida misionera se vive en un continuo combate, en un continuo caminar, es una peregrinación hacia la eternidad y en ella se alcanza la meta sabiéndose sostenido por ese Dios. Perseverar en la fe, esa es la actitud necesaria para vivir la misión. Las realidades son difíciles en los países de misión, hoy en día, incluso aquí, podemos caer en la tentación de pensar que nada es posible, que todo está tan difícil, que el mal es tan fuerte, que no hay nada que hacer; esa no es la mentalidad del misionero. El misionero es un luchador, un combatiente del Reino, un hombre de esperanza, consciente de aquel que lo fortifica y consciente de esa corona que le espera: la vida eterna. “Ahora solo espero la corona merecida, dice san Pablo, con la que el Señor, justo juez, me premiará en aquel día, y no solamente a mí, sino a todos aquellos que esperan con amor su glorioso advenimiento”.
Pidamos hermanos en esta eucaristía, esos dones al Señor, imitemos la oración del pecador, con humildad pidamos el don de la perseverancia en la fe y la fuerza para salir al encuentro del hermano, anunciándole la misericordia que Dios ha tenido con nosotros. Bajemos a nuestras casas con esa certeza que nos lanza a la misión: Dios es bueno y misericordioso con todos los que lo aman.
P. Rubén Antonio Macias Sapién sx
Misionero Xaveriano

