
¡UNO DE ELLOS REGRESÓ, SE POSTRÓ A LOS PIES DE JESÚS!
La palabra de Dios nuevamente nos invita a reflexionar sobre nuestra fe, y en particular sobre la relación entre la fe y la salvación; para ello nos presenta dos extranjeros como modelos que, por su fe son salvados; interesante meditar estos ejemplos en el contexto del mes de octubre, mes dedicado a las misiones.
Lo primero que quisiera resaltar es la importancia de tener una “fe viva”, diría nuestro Santo fundador San Conforti, es decir, una fe profunda, que no se queda en la superficialidad; tanto en la experiencia de Naamán, primera lectura (2 Re 5,14-17), como en la del samaritano del evangelio (Lc 17,11-19), los dos extranjeros, ante su enfermedad y la oportunidad de salvación se muestran dispuestos a vivir procesos de fe, a profundizar y buscar en la obediencia a Dios su salvación. Nos dice el evangelio que diez leprosos “salieron al encuentro de Jesús” pero, añade, “se detuvieron a lo lejos” y entonces a gritos le dicen: “Jesús, maestro, ten compasión de nosotros”. Resalto este hecho: “se quedan lejos”. Reconocen a Jesús, pero no van más allá, viven su fe, pero desde una “cierta distancia”, desde una superficialidad, no se arriesgan a acercarse, no se postran ante Jesús. Van al templo, pero no adoran a Dios; van al encuentro del sacerdote, pero no se acercan y se postran ante el Dios que los salva. Es cierto que su piel quedó “limpia”, pero sus corazones quedaron como antes, sin salvación. En el caso del samaritano, es todo lo contrario, “regresó alabando a Dios en voz alta, se postró a los pies de Jesús y le dio gracias”. No solo su piel quedo limpia, su corazón quedó salvado: “Tu fe te ha salvado”. Esta misma experiencia sucede con Naamán; al inicio vive desde la superficialidad su deseo de ser curado, va con el profeta Eliseo, pero no está dispuesto a obedecer lo que Dios le pedirá, solo piensa o espera un rito mágico, un gesto exterior. Como leemos en el texto, el profeta ni siquiera sale a saludarlo; Naamán se enoja, quiere regresarse a su país, no acepta hacer proceso, no acepta profundizar en su fe; pero finalmente, siendo humilde, aceptando el consejo de sus sirvientes hace ese acto de fe y obediencia a lo que Dios le pidió, se baña siete veces y Naamán se curó no solo de la lepra corporal sino también de la del alma. Del paganismo pasa a la fe en el único Dios. Entra al agua, se sumerge “siete veces” en lo profundo del río, es todo un simbolismo para expresar la necesidad de “sumergirse” de manera plena (el número siete), en las cosas de Dios, en nuestra fe.
La primera enseñanza, pues, de esta experiencia, es vivir nuestra fe desde la profundidad, desde la cercanía con Jesús, desde la necesidad de “postrarnos ante él”, de “sumergirnos siete veces” en las cosas de Dios. Una vivencia cristiana superficial solo nos limpiará la lepra de nuestros actos exteriores, dejándonos el corazón con sus males, sus egoísmos, sus soberbias, en fin, corazones leprosos. Podemos ser curados de esas “lepras exteriores” y a pesar de ello vivir sin cambiar nuestro corazón. Entonces me pregunto ¿de qué sirve tener un cuerpo sano y un corazón enfermo?
Una segunda enseñanza tiene que ver con el agradecimiento: para que la fe sea la auténtica puerta de salvación es necesario dar el paso del agradecimiento. Al ponerse en camino, los leprosos son “curados” ciertamente, pero aún falta algo para ser plenamente “salvados”. Solamente el samaritano, que volverá agradecido alabando a Dios por su acción amorosa recién experimentada, sentirá en sus oídos la palabra que culmina el proceso: “Tu fe te ha salvado”. Jesús reconoce al hombre que se muestra agradecido, que no se cree merecedor de nada, que vive abierto a la sorpresa, al estupor y por ello es siempre sensible a lo que le es dado como don gratuito. Es la gratitud, la acción de gracias, lo que culmina el proceso de salvación del hombre. Porque es la única experiencia que mantiene al hombre en su justo centro, como creatura que todo lo recibe, a cada instante, de su creador y, por ello, le vive agradecido, en reconocimiento gozoso de su permanente intervención a su favor. Así también lo vive Naamán: “Ahora sé que no hay más Dios que el de Israel. A ningún otro dios volveré a ofrecer más sacrificios”. La salvación es haber encontrado al Señor, haber encontrado el auténtico eje de la vida, haber encontrado el punto de referencia y haber encontrado la vida que va hacia el bien y no va “a tientas ni a ciegas”. Esto depende de la gratitud, depende de haber escogido el verdadero significado de los beneficios recibidos.
Hermanos, la fe de estos extranjeros, Naamán y el samaritano, nos es presentada como modelo de nuestra fe; seamos capaces de reconocer nuestra necesidad de salir al encuentro de Jesús, reconociendo nuestras “lepras” y dispuestos a acercarnos, a profundizar, a escuchar su palabra y encontrar en él nuestra salvación. Salgamos de nuestra inconsciencia y vayamos al encuentro de Jesús que quiere, no solo curarnos, sino salvarnos; entremos en proceso de escucha y abandono, confiados en su Palabra y agradezcamos ese amor que nos purifica y nos salva. ¡Levántate, tu fe te ha salvado!
P. Rubén Antonio Macias Sapien sx
Misionero xaveriano

