
Contra la indiferencia, corazones radiantes de solidaridad.
El domingo pasado la palabra de Dios terminaba con unas palabras de Jesús: “no podéis servir a Dios y al dinero”. Hoy nuevamente la Palabra de Dios, en continuación con lo meditado la semana pasada, nos invita a reflexionar sobre nuestra fe y la actitud que tenemos ante la realidad social que nos rodea.
En la parábola del evangelio nos topamos con dos personajes; uno satisfecho, que sabía vestir bien, además vivía bien, todos los días banqueteaba espléndidamente. Era feliz así. No tenía preocupaciones, no se preocupaba, ni siquiera de quién yacía a su puerta. Vivía “tranquilo” en su mundo. En su puerta estaba un pobre: Lázaro se llamaba. El rico sabía que el pobre estaba allí, lo sabía, pero le parecía normal, sabía incluso su nombre. Y así pasaba la vida de estos dos. Pero, como todos, ambos pasaron por esa ley que a todos llega: morir. Murió el rico y murió Lázaro. Dice el Evangelio que Lázaro fue llevado al Cielo, con Abrahán, en el seno de Abrahán. Del rico solo dice: “Fue sepultado”. Punto. Y se acabó.
Quisiera resaltar algunos detalles para entrar en la enseñanza profunda de esta página del evangelio de Lucas. Primero, el hecho de que el rico supiera que ese pobre existía y que supiera su nombre. Pero no le importaba, le parecía normal. No hizo nada, no se preocupó por él, no se ocupó de él. Estaba enfermo de esa grave enfermedad de nuestro tiempo, decía Papa Francisco, la enfermedad de la indiferencia. Todos nosotros sabemos que en Gaza hay una hambruna querida, impuesta; hoy sabemos que millones de personas mueren de hambre en el mundo, aun si hay alimentos suficientes para alimentar a la población mundial; pero esta gravísima injusticia nos parece normal. Hermanos, este Evangelio no está tan lejos de nuestra realidad, ni nos ha de parecer tan exagerado, porque el drama del hambre sigue siendo una lacra que arrastramos sin solución, y seguimos rodeados de “lázaros” que, con suerte, comen de las migajas que caen de nuestras mesas. En su mensaje para la Jornada Mundial de la Alimentación, hace 21 años, san Juan Pablo II escribió: “¿Cómo juzgará la historia a una generación que cuenta con todos los medios necesarios para alimentar a la población del planeta y que rechaza el hacerlo por una ceguera fratricida?” Rechaza hacerlo por estar enferma de ese cáncer espiritual llamado indiferencia.
Otro aspecto, quizá un diagnóstico de esa enfermedad, decía el papa Francisco, el rico conocía a Lázaro, sabía su nombre, quizá hasta su procedencia, lo veía todos los días a su puerta, pero “las informaciones que tenía este hombre rico no llegaban a su corazón, no sabía conmoverse, no se podía conmover ante el drama de los demás. Ni siquiera intentó llamar a uno de los jóvenes que servían a su mesa y decirle: “Llévale esto, o lo otro...”. El drama de la información que no baja hasta el corazón” (homilía capilla Santa Martha, 12 de marzo de 2020). Eso, hermanos también nos sucede a nosotros, todos sabemos de estas realidades, incluso con nuestros vecinos o personas que rodean nuestras ciudades, lo hemos visto en los periódicos, cuántos niños pasan hambre hoy en el mundo; cuántos niños no tienen las medicinas necesarias; cuántos niños no pueden ir a la escuela. Pero, “esta información no desciende al corazón, y muchos de nosotros, muchos grupos de hombres y mujeres, viven en este desapego entre lo que piensan, lo que saben y lo que sienten: el corazón está separado de la mente. Son indiferentes. Como el rico, era indiferente al dolor de Lázaro. Es el abismo de la indiferencia”. (Ibidem)
Hermanos, Vivir en cristiano significa abrir los ojos para ver más allá de mis intereses y deseos, de lo que me gusta. Vivir en cristiano es interesarme por mi hermano hasta dar la vida por él. Exactamente como Jesús hizo. Si lo que tenemos o somos nos insensibiliza o nos hace perder la capacidad de ponernos al servicio de las demás personas, especialmente de las personas empobrecidas, parece que no hemos entendido demasiado del evangelio que vino a predicar Jesús de Nazaret.
La palabra de hoy es clara, repito. En la primera lectura (Am 6,1.4-7), el profeta Amós nos expresa, en nombre de Dios, este lamento: “Ay de ustedes, los que se sienten seguros, los que se sientan en divanes adornados con marfil…, pero no se preocupan por las desgracias de sus hermanos”. Jesús en el evangelio cuestiona la indiferencia del rico ante el pobre; el tema de la parábola no es la riqueza de uno o la miseria del otro, sino la indiferencia mostrada por aquel que tenía todo lo necesario y de sobra para atender a su hermano y lo abandona ahí en su miseria hasta el día en que, el uno como el otro, experimentan la muerte.
El evangelio, predicado por Jesucristo, nos invita a la fraternidad, a vivir con ojos abiertos, empáticos con todos, haciendo que baje todo al corazón y desde él generar empatía, compromiso, solidaridad. Además, solo tenemos esta vida para hacerlo, porque cuando llegue la muerte “se abrirá un abismo inmenso, que nadie puede cruzar”, dice Abraham. Y todos vamos a morir, ricos y pobres; pero mientras llega ese día, es necesario cortar esos abismos, construir puentes, generar esa solidaridad y construir la fraternidad necesaria para vivir como hijos de Dios.
El diálogo entre el rico Epulón y el padre Abrahán lo dejan bien claro: no hay salvación posible para quienes, encerrados en sí mismos, cierran también sus entrañas a quienes encuentran necesitados por el camino desentendiéndose y pasando de largo, sin la más mínima consideración y respeto hacia ellos. Los bienes recibidos o acaparados, como en el caso de Zaqueo, son para compartirlos generosamente con los empobrecidos (Lc 19,1-10). Ese es el supremo milagro que opera el evangelio en los verdaderos hijos de Abrahán.
Pidamos al Señor la gracia de no caer en la indiferencia, la gracia de que toda la información de los dolores humanos que tenemos baje a nuestros corazones y nos mueva a hacer algo por los demás.
P. Rubén Antonio Macias Sapien sx
Misionero Xaveriano

