Skip to main content
24 Agosto 2025
162 vistas

La Palabra

XXI Domingo del Tiempo Ordinario - Ciclo C
P. Rubén A. Macias Sapien SX

“Esfuércense por entrar…”

Lc 13, 22-30

El evangelio de hoy nos pone de frente a uno de los deseos más grandes de todo ser humano: la felicidad; para algunos entendida como la superación de toda dificultad, sufrimiento o insatisfacción en el hoy de sus días; para otros la felicidad entendida también como salvación; una salvación que no se limita al presente, sino que implica un anhelo de eternidad, de plenitud, de vida eterna. En todas las épocas la humanidad se ha preocupado por la salvación, la vida eterna, la otra vida, lo que está más allá de la muerte.

Las lecturas de este domingo vienen a alentarnos en esta búsqueda de eternidad, de plenitud, pidiéndonos antes que nada apertura para escuchar la Palabra de Dios como la palabra de un padre amoroso que, si bien nos corrige, también nos guía y acompaña, su palabra entonces “produce en los que la recibieron, frutos de paz y de santidad”, dice la segunda lectura (Heb 12,5-7.11-13). Es un padre que quiere finalmente nuestra felicidad, nuestra salvación. En esta búsqueda no caigamos en el error de escuchar solo nuestras necesidades, nuestros gustos, nuestras pasiones, como si en la vida camináramos solos; en esa búsqueda legítima y existencial aceptemos la palabra de Dios Padre, como hijos que se saben amados por él, “soportemos” su corrección, dice la segunda lectura, “robustezcan sus rodillas vacilantes, caminen por un camino plano”, continúa aún. Bellas exhortaciones que nos dan esperanza, pero que implican compromiso.

En el evangelio de hoy nos topamos con una persona que, como todos nosotros, también está en búsqueda y plantea a Jesús una pregunta: “Señor, ¿es verdad que son pocos los que se salvan?” Jesús responde no con números, sino indicando más bien cuál es el camino que lleva a la salvación, al que se accede por una “puerta estrecha”. Se trata de optar por Cristo, de comprometerse, de esforzarse por entrar en su Reino. Jesús “pareciera” no responder directamente a la pregunta sobre el número de los salvados. Pero con su respuesta nos da a entender varias cosas aún más profundas e importantes para comprender esa salvación a la que todos aspiramos. Reflexionemos y actuemos al respecto.

Primero: Jesús afirma que hay que esforzarse por entrar en el Reino. Nos dice así: “Esfuércense por entrar por la puerta, que es angosta”. El verbo que se utiliza para decir “esforzarse” tiene el significado de “mantenerse en combate”, “hacer todo el esfuerzo posible”, “intentar lo que parece imposible”. Nadie puede dar por supuesto que está salvado solo por pertenecer a un determinado grupo, como quizá entendía la persona que planteo la pregunta a Jesús. Hay que esforzarse por alcanzar la salvación. Como se nos dice en la parábola del tesoro escondido en el campo, hay que vender todo lo que se tiene para obtener la salvación. Según Jesús, la puerta de la salvación es estrecha, pero no excluyente, está abierta a todos, incluso “vendrán muchos, de Oriente y de Occidente, del Norte y del Sur”. Muchos que quizá no crean tener derecho, entrarán los primeros. Y muchos de los que se creen con derecho, se quedarán fuera.

La salvación no es un asunto exclusivo de los movimientos religiosos ni de las iglesias ni de grupos selectos. La salvación está abierta a toda la humanidad. Lo importante es que se busque la voluntad de Dios con actitudes de justicia, misericordia y solidaridad. Por esto, Jesús exhorta a sus oyentes a que se esfuercen por escoger el camino difícil: la puerta angosta de la justicia, de la fraternidad. Eso es lo que Dios quiere. Eso es lo que nos está pidiendo.

La salvación no es una cuestión de moral, de castigo o de triunfo, sino una cuestión de esfuerzo, de lucha por hacer avanzar el Reino de Dios en nuestras vidas, aun si a veces caemos por nuestras fragilidades, como Pedro, como los apóstoles, Jesús nos quiere en lucha, esforzándonos por cumplir su voluntad y por cambiar este mundo. El cristiano está llamado a transformar su vida entera a tenor de las enseñanzas de Jesús, y desde este cambio suyo, contribuir a la transformación de la sociedad. El cristiano no puede ser pasivo, indiferente, apático, más bien él debe ser esencialmente, agente, uno que hace cosas, que promueve el bien, la justicia, la verdad, la reconciliación universal, el reconocimiento de Dios y de su voluntad en el mundo; es todo lo contrario a un conformista, a uno que espera que las cosas cambien solitas o que sean otros los que impulsen su cambio; él siempre siente como propia la responsabilidad de transformar la sociedad, es un “entrometido” por naturaleza, de modo que dondequiera que exista un sufrimiento, él se siente obligado a hacerse presente e intentar mitigarlo; donde ve una injusticia, él se compromete con la causa de las víctimas; donde descubre la increencia y la desesperación, él se presenta para anunciar la fe y abrir horizontes de esperanza. Es un incansable luchador, que no descansará hasta que el Reino de Dios sea una realidad en todos los hombres. Esto es hacer el “bien”, como dice el evangelio; la pasividad o la renuncia a esta misión que su Señor le ha confiado equivalen a hacer el “mal”; “apártense de mi todos ustedes los que hacen el mal”, dice Jesús en el evangelio a aquellos que comían con él que lo escuchaban en sus enseñanzas, pero que no se comprometían, que no se esforzaban por seguirlo. Porque, para Jesús, el que hace el mal no es solo quien comete un delito o un pecado, sino aquel que no hace nada para evitarlo o para remediar sus funestas consecuencias, es aquel que vive su cristianismo sin compromiso, sin esforzarse.

La palabra de hoy nos invita, pues, a revisar cómo es nuestra relación con Jesús. ¿Qué interés nos mueve al buscarlo? ¿Qué respuesta estamos dando a su invitación a seguirlo? No seamos de los que posponen su respuesta, pues el llamado de Jesús es algo que no puede esperar para mañana, pues esta respuesta es la que nos permite gozar de su amistad y nos permite entrar ya desde ahora en el Reino de los cielos. Ojalá sepamos responder a esta llamada.

Pidamos a Jesús que nos dé esa fuerza y ese ánimo para ser parte de esos muchos que vendrán de oriente y de occidente y participarán en el banquete del Reino.

Rubén Antonio Macias Sapien sx

Misionero xaveriano

¿Te ha gustado este artículo?
¡Compártelo!