
“Hijo, actúa con humildad en tus quehaceres…”
Hermanos, las lecturas de hoy, en particular el evangelio, nos ofrece dos enseñanzas centrales que atraviesan la espiritualidad cristiana: la humildad como actitud interior del discípulo, y la generosidad como expresión concreta del amor evangélico.
El texto nos habla de algo muy ordinario y común en cualquier sociedad, Jesús es invitado a comer en una casa, en este caso, se trata de la casa de un fariseo. Ahí Jesús observa las actitudes que rigen a los comensales y aprovecha para darnos una enseñanza fundamental sobre los valores del Reino de Dios. Ante la disputa por ponerse en los primeros lugares, Jesús propone una parábola que denuncia ese mal que invade muchos corazones: la búsqueda de prestigio, de reconocimiento, de poder. Y entonces Jesús propone la humildad, no solo como virtud, sino como estilo de vida. En el Reino de Dios no cuentan las apariencias, los títulos ni los honores; lo que realmente cuenta es el corazón dispuesto a servir, la vida entregada sin pretensiones. El único reconocimiento que debe buscar el discípulo es el reconocimiento de Dios que lo ama y, movido por ese amor, asume el camino de la humildad.
La humildad que propone Jesús es, pues, una actitud interior, fruto de saberse amado gratuitamente por Dios. Es una forma de vivir, no de aparentar. No es algo exterior, sino que es algo que nace de una vida de comunión con Dios. Es el fruto de una libertad interior que no necesita mostrarse o aparentar, porque quien la vive se reconoce hijo o hija de un Padre que lo ama sin condiciones. Esta humildad no es pasividad ni conformismo, sino fortaleza y lucidez ante las cosas: quien es humilde puede vivir sin depender de la aprobación de los demás y puede incluso ocupar cualquier lugar, hasta el más sencillo, con dignidad y paz, porque su dignidad está en saberse amado por Dios.
Una segunda enseñanza aparece aún más exigente y profunda, puesto que rompe de raíz esa lógica de intercambio que tanto condiciona nuestras relaciones humanas. Jesús nos pide una generosidad al vivo ejemplo de la generosidad de Dios Padre que hace caer la lluvia, sobe buenos y malos. “Cuando des una comida, invita a los pobres, a los lisiados, a los cojos, a los ciegos…” Es toda una revolución a nuestra manera de actuar. En general damos siempre esperando algo, un simple “gracias”, una muestra de reconocimiento. Pero Jesús nos invita a dar por amor, por compasión, por justicia, sin condiciones, porque así es como actúa Dios con nosotros: nos da sin que podamos merecerlo, nos ama sin esperar nada, nos invita a su banquete sin que tengamos con qué pagar.
Estimados hermanos y hermanas, lo que Jesús nos pide hoy requiere una conversión profunda, una mirada distinta, una forma nueva de habitar el mundo. Requiere asumir la decisión de actuar según el corazón de Cristo, vivir a la manera como Cristo vive. Jesús nos invita a revisar nuestras prácticas concretas; revisar nuestras intenciones más íntimas. Solo quien ha sido transformado por el amor de Dios puede asumir esta humildad y esta generosidad que Jesús vive. Amar sin interés, servir sin ser visto, ocupar el último lugar con paz… solo es posible cuando dejamos que Dios transforme nuestro corazón. El Evangelio de hoy es una llamada a ese estilo de vida: a amar por amor, a servir por fe, en fin, a vivir como vivió Jesús.
Cada uno de nosotros hagamos nuestro examen de conciencia y asumamos los compromisos que esta conversión requiere. Humildad y amor generoso y gratuito parecen ser los ejes desde los que el Señor nos propone repensar nuestras relaciones humanas. Solo en la medida en que avanzamos en el camino del vaciamiento del yo, haremos un lugar en nuestras vidas para que Dios actúe en nosotros -o a través de nosotros-, en la construcción del banquete de la fraternidad universal.
“Hazte tanto más pequeño cuanto más grande seas y hallarás gracia ante el Señor…” (Ecl 3,18) nos decía la primera lectura. El Papa Francisco, con su peculiar estilo, nos exhortaba al respecto, “también para nosotros, la humildad es el punto de partida, siempre, es el comienzo de nuestra fe. Es esencial ser pobre de espíritu, es decir, necesitado de Dios. El que está lleno de sí mismo no da espacio a Dios,… pero el que permanece humilde permite al Señor realizar grandes cosas.”
Hermanos y hermanas, es necesario que pidamos a Dios estos dones de su gracia, esta actitud interior propia del discípulo y esta expresión concreta del amor evangélico como nos lo ha pedido a todos. Acerquémonos, pues, y aprendamos de él, el enviado del Padre, él quien es manso y humilde de corazón. Es solo al pie de la cruz que podemos comprender estas realidades y llevarlas a cabo en nuestras vidas, como lo hizo San Guido María Conforti. En Cristo crucificado, humilde y humillado, todo recupera un sentido redentor, un sentido salvador, un sentido misionero. Conforti exhortaba a sus misioneros, hablando de la humildad: “Recordemos todo esto en el momento de la prueba y entonces no nos será difícil enfrentarla con calma y con fortaleza cristiana, perfeccionándonos en el ejercicio de aquella virtud que Jesucristo quiere que aprendamos preferentemente de su Corazón divino” (Páginas Confortianas 1334-1335).
Oremos a Jesús, cuya primera enseñanza ha sido esta: «Aprended de Mí, que soy manso y humilde de corazón, digámosle con fe: ¡Oh Jesús!, enséñanos a ser humildes de corazón como tú y generosos en el amar como tú.
P. Rubén Antonio Macias Sapien sx
Misionero Xaveriano

