Skip to main content
27 Julio 2025
192 vistas

La Palabra

XVII Domingo del Tiempo Ordinario - Ciclo C
P. Rubén A. Macias Sapien SX

“Señor enséñanos a orar”

Lc 11, 1-13

Las lecturas de este domingo nos invitan a poner nuestra atención en la oración, instrumento necesario para crecer en nuestra fe, instrumento usado en todas las religiones y en todos los tiempos, pero que, en Jesús, adquiere toda otra forma, otra dimensión, otra finalidad. Lo hemos visto en la primera lectura (Génesis 18, 20-32) donde Abraham intercede en favor de su pueblo pidiendo a Dios no castigarlo por sus faltas. En el salmo responsorial (Sal 137) nos hemos unido a la alabanza del salmista que exalta la misericordia de Dios que está atento a nuestra oración: “Cuando te invoqué, me escuchaste, Señor”.

En el evangelio (Lucas 11, 1-13) Jesús manifiesta su voluntad, él quiere que sus discípulos también oren, pero de otra manera, quiere que oren como él ora. De hecho, Jesús «traduce» y sintetiza su experiencia íntima en una oración: el Padrenuestro.

Meditando la página de hoy, me llama la atención, antes que nada, la “solicitud” de los discípulos; “Enséñanos a orar”. Jesús ha estado orando en un lugar recogido, cierto, pero «a la vista» de sus discípulos. Y, al verlo, les han entrado «ganas» de que Jesús les enseñe a orar. Es curioso. No parece que Jesús tomara la iniciativa de enseñarles, como hacían casi todos los profetas y maestros espirituales («como Juan enseñó a sus discípulos»).  No hay páginas del evangelio que digan que Jesús hacía cosas extraordinarias al orar, o que tenía un método llamativo de oración…; sin embargo, algo llama la atención de los suyos, que le piden que «comparta su oración», que les enseñe «su» oración. Primera interrogante que pudiéramos hacernos cada uno de nosotros: ¿Soy atraído por su forma de orar? ¿Me nace querer aprender de él en mi oración?

¿Qué llamaría la atención de los discípulos? Los apóstoles comprueban que Jesús tiene continuamente presente al Padre, que es su «centro» y continua referencia. Que habla de él y actúa en su nombre (como él y de su parte), y que la palabra más significativa para él es que se siente «hijo amado» del Abbá. Deducen que su oración no será tanto a base de «rezos», cuanto una «relación» que se fortalece en esos momentos. Jesús NECESITA escuchar al Padre y leer la presencia del Padre en las cosas de su vida cotidiana y por eso ora continuamente; ellos se dan cuenta de que Jesús encuentra en este diálogo orante con su Padre la fuerza en los momentos de desconcierto y desánimo; de ahí se empapa de esa misericordia que le permite perdonar, acoger y sanar... Discernir continuamente su voluntad, “para que no se haga mi voluntad, sino la tuya”…, en fin, ellos descubren lo importante de su oración en el diario caminar de su vida y por ello le piden: enséñanos a orar.

Y Jesús accede, no dándoles una fórmula, porque estamos ciertos que esta página no corresponde a un librito de catecismo, aun si es una fórmula la que usamos todos los días; pero en ese momento, lo que oyeron los apóstoles no fue una fórmula, fue una actitud de vida, una convicción y una felicidad compartida.

Y lo primero que Jesús les “enseña” es a posicionarse ante quien van a orar. Comienza por situarnos ante Alguien que, es Padre, primera revolución, primer cambio de paradigma a los oídos y mentes de los discípulos; además, Padre de todos, no solo mío. Esto cambia mucho las cosas en la manera de orar. En muchas culturas y en la psicología del hombre orante, lo primero es ir ante el ser supremo para hablarle de los problemas que vivimos, vamos a pedirle, vamos poniendo en primer lugar mi situación. Jesús nos enseña a dejar en segundo término lo mío para poner en primer lugar a Dios mismo, después al otro, mi hermano, pues es “Padre nuestro” y luego vendrá lo mío, pero con actitud distinta. De hecho, las primeras palabras de esta oración van dirigidas al Padre y lo que corresponde a su voluntad. Con esas palabras, alabamos a Dios y expresamos nuestro anhelo de que llegue su Reino hasta nosotros; expresamos, también, nuestras necesidades, tanto espirituales como temporales; pedimos perdón y ofrecemos el nuestro a quienes hayan podido ofendernos. Finalmente, pedimos su fuerza para que nos ayude, especialmente en los momentos de tentación. Concluye con una petición general: que nos libre de todo mal.

Hermanos y hermanas, podríamos seguir hablando aún muchas más cosas sobre la oración y sobre el Padrenuestro, pero más que dilucidar un texto, asumamos las actitudes que Jesús vive al momento de orar. Meditemos las palabras que Jesús nos enseñó, pero sobre todo su actitud y, entonces, verifiquemos nuestro modo de abrirnos a Dios. Y pongámonos en actitud de acogida y apertura para que Dios nos vaya llenando con su Espíritu, en nuestros tiempos de oración. Y todo ello con insistencia, como el «amigo impertinente» de la parábola.

Nosotros necesitamos orar mucho más que Jesús, y —a Dios gracias— sabemos el modo de hacerlo. Que el Padre nos libre de «caer en la tentación» de vivir sin Él, pues es lo peor que nos podría pasar. Vivamos como hijos de Dios y hagamos de nuestra vida una continua alabanza a Dios como Padre y a los hermanos como hijos del mismo Padre.

P. Rubén Antonio Macias Sapien sx

Misionero Xaveriano

¿Te ha gustado este artículo?
¡Compártelo!