
«Anda y haz tú lo mismo».
El evangelio de hoy nos presenta una parábola bellísima, bien conocida por todos, la parábola del Buen samaritano. Una parábola que nos invita a reflexionar sobre el amor a Dios concretizado en el amor al prójimo, sobre todo en el caído, en el desvalido, en el excluido de nuestro tiempo.
El texto comienza con una pregunta hecha a Jesús de parte de un doctor de la ley. Esta pregunta es clave para entender la profundidad del mensaje de Jesús: ¿Maestro que debo hacer para conseguir la vida eterna? Quisiera detenerme un poco en esta pregunta, que de hecho estamos llamados hoy a preguntárnosla, hoy nosotros. Quizá es necesario comenzar por ahí: Perdón, ¿es que tu quieres conseguir la vida eterna? En el mundo de hoy ya nadie se pregunta algo así, somos el fruto de una sociedad educada a lo inmediato, a vivir el hoy, a querer gozar el presente. Si le hiciéramos esa pregunta a un joven de hoy, él no te haría ni caso, pues eso no está en sus objetivos. Somos hijos de una sociedad del presente, además una sociedad caracterizada por la indiferencia, como es el caso de la parábola, donde dos personas ven al hermano caído, y pasan de largo. Una pregunta como esta, pues hoy en día merita ser replanteada de manera justa. Para ello es importante comprender el mensaje central de Jesús. Discúlpenme, pero Jesús no vino a enseñarnos como íbamos a vivir allá en la ultratumba, allá en el otro mundo, allá en la eternidad, la vida que Jesús nos propone es una vida plena, para ser vivida aquí y ahora. ¿Qué debo hacer para conseguir la vida en plenitud, ahora, aquí, en este momento de mi vida? He ahí la pregunta que Jesús quiere responder al hombre de hoy, a ti, a mí, a los jóvenes; pues eso es lo que quiere Jesús, que tengamos vida plena en el amor. Hoy, aquí. Tú, yo, todos nosotros.
En la parábola dice que “un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó”, Jesús nos invita a vivir nuestro cristianismo “de bajada”; no se trata de mirar al cielo, de ir hacia arriba; para vivir nuestra fe, nuestro amor a Dios necesitamos emprender un camino de bajada, ir hacia las realidades de miseria, de pobreza, donde se encuentra mi hermano desvalido, marginalizado, golpeado. ¡No pasar de largo! De hecho, eso es lo que hizo Jesús, él bajó del cielo para acercarse a nuestra humanidad, él no pasó de largo, él se detuvo, él lavó con su sangre derramada en la cruz, las heridas de la humanidad, se acercó a nosotros y nos salvó. El es el buen samaritano, que lavó las heridas de ese hombre; él es nuestro modelo de toda plenitud, dice la segunda lectura.
En realidad, Jesús está replanteando nuestra relación con Dios en esta parábola. Mucho más importante que el culto oficial y litúrgico del templo, es la cercanía al hermano necesitado; nuestra fe no consiste en mirar hacia arriba. Mucho más valioso que ofrecer sacrificios y oraciones, es adorar a Dios en el hermano o hermana que sufren por la razón que sea. Jesús no es sacerdote, sino profeta. Jesús se aleja del templo, de Jerusalén lugar del templo y bajó a Jericó, dice la parábola; Jesús se aleja de ese modo de vivir la fe y nos invita a vivir nuestra relación con Dios en el encuentro diario, habitual, a pie de calle, con nuestros hermanos y hermanas, mostrando compasión, palabra clave también de esta parábola. Ahí es donde se juega nuestra relación con Dios, ahí es donde se “consigue la vida eterna”; es ahí donde se vive la vida en plenitud. En la compasión hacia el otro. Solo si somos capaces de amar así, podremos decir que amamos a Dios. Porque, como dice Juan, el que dice que ama a Dios y no ama a su hermano, es un mentiroso. Ni más ni menos.
En su comentario sobre esta parábola, papa Francisco nos enseñaba así: “Y aquí la parábola nos ofrece una primera enseñanza: no es automático que quien frecuenta la casa de Dios y conoce su misericordia, sepa amar al prójimo. ¡No es automático! Tú puedes conocer toda la Biblia, tú puedes conocer todas las normas litúrgicas, tú puedes conocer toda la teología, pero del conocer no es automático el amar: el amar tiene otro camino, el amor tiene otro camino. (Yo añadiría, un camino de bajada) El sacerdote y el levita ven, pero ignoran; miran, pero no proveen. Ni siquiera existe un verdadero culto si ello no se traduce en servicio al prójimo. No lo olvidemos jamás: ante el sufrimiento de tanta gente agotada por el hambre, por la violencia y la injusticia, no podemos permanecer como espectadores. ¡Ignorar el sufrimiento del hombre, ¿qué cosa significa? ¡Significa ignorar a Dios! Si yo no me acerco a aquel hombre, a aquella mujer, a aquel niño, a aquel anciano o aquella anciana que sufre, no me acerco a Dios”.
Termino mi reflexión insistiendo en la pregunta final que Jesús pone al doctor de la ley: ¿Cuál de estos tres te parece que SE PORTÓ como prójimo del hombre que fue asaltado por los ladrones? Jesús no quiere que definamos quién es el prójimo, ni mucho menos que establezcamos una lista de aquellos que consideramos como prójimos: Jesús quiere que nos comportemos como prójimos de los otros, sobre todo del que necesita la compasión y la misericordia, pues eso es lo que Jesús hizo con nosotros, él el Buen Samaritano. Portarse como prójimo del otro, significa tomar el camino de bajada, de la humildad y llevar la misericordia al otro; ser portador de la misericordia de Dios al que más la necesita, eso es portarse como prójimo. Así lo hizo Jesús.
La conclusión es muy sencilla: “Anda y haz tu lo mismo”. Eres cristiano, vives tu fe, buscas la vida eterna, quieres conseguir la vida eterna, he ahí el camino: “Anda y haz tu lo mismo”.
P. Rubén Antonio Macias Sapien sx
Misionero Xaveriano

